Capítulo 2 · ~4 min
Cierre del viernes
Camilo Vargas empujó la puerta de la caseta con el hombro y la encontró abierta. Dentro olía a cigarrillo viejo y a café frío. Jairo estaba sentado en el banco, con las rodillas pegadas al pecho y el chaleco verde todavía puesto.
—Perdón —dijo Jairo, antes de que Camilo abriera la boca—. Perdón, Camilo. Me quedé aquí toda la noche, perdón.
Camilo cerró la puerta. Afuera ya había luz gris sobre los carros, y el camión de basura seguía donde lo había dejado la noche anterior. Se quitó la gorra y la volvió a poner.
—Quítese el chaleco.
—¿Qué?
—Que se lo quite. Tiene su apellido bordado en el pecho. Hay una periodista con su foto en el celular.
Jairo se mordió la uña del pulgar. Luego se sacó el chaleco por la cabeza, despacio, y se lo entregó. Camilo lo dobló en cuatro. Pesaba poco para lo que valía.
—Siéntese derecho y míreme —dijo Camilo—. ¿Qué vio?
—Nada. Perdón. Yo no...
—Jairo.
El hermano bajó la mirada hacia el piso de cemento. Tenía las botas desamarradas. Camilo recordó que de niño también las dejaba así, y que él se agachaba a atarlas antes de ir al colegio.
—Vi a don Gerardo —dijo Jairo, tan bajito que Camilo tuvo que acercarse—. Subía con don Hernando por la rampa. Iban hablando. Y con ellos iba otro hombre.
—¿Cuál hombre?
—No le vi la cara. Tenía chaqueta de la Policía, la azul, con letras. Perdón. Se quedó atrás, contra la pared.
Camilo sintió que la caseta se hacía más chica. Miró el tablero de llaves, las cuarenta argollas colgadas, el termo sucio sobre la mesa. Habló con la voz seca, como en un interrogatorio.
—¿Y después?
—Don Gerardo lo agarró del brazo. Don Hernando dijo algo de unas cifras. Dijo catorce, ochocientos mil, algo así. Entonces don Gerardo lo empujó. Un solo empujón, Camilo. Y se oyó el golpe contra el pilar.
—¿El hombre de la chaqueta también lo tocó?
—No. Solo miró. Después bajó por las escaleras, rápido.
Camilo apretó el chaleco con las dos manos. Esperó a que la rabia se le pasara por los brazos, porque si hablaba ahora iba a gritar. No gritó.
—¿Por qué corrió anoche?
—Porque lo vi todo. Y porque usted me consiguió este puesto. —Jairo levantó la cara. Tenía los ojos rojos—. Si me meto en esto, don Gerardo me bota. Y usted... usted ya me sacó de una. Perdón.
Un año preso. Camilo no dijo la palabra, pero estaba ahí, entre los dos, desde hacía años. Se sentó en la silla del cuidador y miró el tablero de llaves.
—¿Le contó esto a alguien más?
—A nadie. Pero hay otra cosa. —Jairo metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un USB negro, pequeño, con la tapa rota—. Las cámaras de la rampa graban en el computador de la oficina. Yo sé la clave porque don Gerardo me la dio una vez para cambiar el turno. Anoche, antes de que llegara usted, copié el video de las once y media.
Camilo se quedó mirando el USB. Le brillaba un poco bajo el bombillo.
—¿Lo vio?
—No me atreví. Perdón. Pero ahí está todo.
—Guárdelo —dijo Camilo, y su voz le sonó rara—. Métalo en el bolsillo y no lo saque. No se lo muestre a nadie. A nadie, Jairo. Ni a don Gerardo, ni a la periodista, ni a mí.
—¿Ni a usted?
—Yo no quiero saber dónde está.
Jairo guardó el USB. Se tocó el bolsillo dos veces, como para comprobar que seguía ahí. Camilo se levantó, abrió la bolsa de plástico que había sacado del carro y metió el chaleco dentro.
—Si pregunta alguien, usted dejó el chaleco en la casa. Se lo lavó. ¿Entendió?
—Entendí.
—Dígalo.
—Lo lavé. Está en la casa. Perdón.
Camilo anudó la bolsa. En ese momento el celular le vibró en el abrigo, y la pantalla mostró un número que conocía de memoria. Eran las siete en punto. Miró a su hermano, que dejó de morderse la uña.
—Vargas —dijo la voz de Álvaro Pineda, sin prisa, sin subir el tono—. Buenos días. Hablé anoche con el fiscal.
—Mi coronel.
—Quiero el cierre listo para el viernes catorce, Vargas. Accidente. Sin rodeos y sin periodistas en el medio. ¿Me entiende?
—Entiendo, mi coronel.
Hubo una pausa. Camilo oyó el roce de una manga contra un escritorio.
—Una cosa más, Vargas. Su hermano ya aparece en mi escritorio, en la lista de testigos. Piénselo bien antes de mover un dedo.
Camilo guardó el chaleco en la bolsa de plástico. Jairo seguía sentado en la caseta, con el USB en el bolsillo del pantalón. Pineda colgó sin esperar respuesta.