Historia Abierta
Portada de Muerte en Los Almendros
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Capítulo 1 · ~5 min

Chaleco con apellido

—No se acerque más, señorita. Ya llamé a la Policía.

Diana Niño no se detuvo. Había una sombra en el suelo, al pie de la rampa, y la sombra tenía zapatos. Levantó el celular y encendió la linterna.

Hernando Ochoa estaba boca arriba contra el pilar del segundo piso. Las gafas de marco marrón colgaban de una oreja. Un maletín de cuero seguía junto a su mano, cerrado.

—Hernando —dijo ella, y el nombre le salió bajito—. Me llamó dos veces y no le contesté.

Se mordió el labio. Luego hizo lo que sabía hacer: fotos del pilar, de la rampa, de la sangre seca en el cemento, del reloj del muerto. El flash saltó seis veces. Era un reloj de pulsera, y marcaba las once y cuarenta.

Un ruido metálico sonó arriba, en la curva de la rampa. Diana giró la linterna. Un hombre con chaleco verde estaba parado a medio camino, con la mano en la boca y los ojos clavados en el cadáver.

—¿Usted vio qué pasó? —gritó ella.

El hombre dio un paso atrás. Se mordía la uña del pulgar, rápido, como quien arranca algo que no sale.

—Yo no vi nada, perdón. Yo no estaba, perdón.

—Está parado ahí. Estaba.

El cuidador dejó caer un llavero. Ni lo miró. Bajó dos escalones de la rampa, tropezó con una cadena y siguió bajando, y Diana le apuntó con el celular. La luz le dio en el pecho. Era un chaleco verde fosforescente, con letras bordadas en hilo blanco.

VARGAS.

Diana grabó el apellido antes de entenderlo. El hombre pasó a su lado sin mirarla, olía a cigarrillo y a sudor frío, y corrió hacia el fondo del parqueadero, donde estaba el camión de basura.

—¡Oiga! —gritó ella—. ¡Espere!

No la esperó. Diana cruzó la linterna hacia la entrada. Unos pasos firmes venían por el carril de los carros, sin prisa y sin miedo. Reconoció la gorra antes que la cara.

—Apague eso —dijo Camilo Vargas.

—Buenas noches a usted también, investigador. Qué rápido llegó la Policía. Yo creí que tardaban más.

Camilo no contestó. Miró el cuerpo, luego el pilar, luego la rampa. Se agachó y le tocó el cuello a Hernando con dos dedos, aunque era evidente que no hacía falta.

—¿Quién más estaba aquí? —preguntó.

—Un cuidador. Salió corriendo hace diez segundos. Si usted entra más rápido, lo alcanza.

—No voy a alcanzar a nadie. —Se levantó—. Muéstreme las fotos.

—No.

—Señorita Niño.

—Diana. Seis años y todavía me dice señorita Niño delante de los muertos.

Camilo se quitó la gorra y se la volvió a poner. Diana lo notó. Lo había notado en Kennedy, hacía seis años, cada vez que un policía le preguntaba algo y él respondía con una media verdad.

—Necesito que borre las fotos —dijo él—. Todas. Ahora.

—Es un hombre muerto en un parqueadero a las doce de la noche. Con un golpe en la nuca que no se hace una caída sola. Y usted quiere que las borre.

—Fue un accidente.

—Usted llegó hace dos minutos y ya firmó. Eso es velocidad, investigador.

—Yo no he firmado nada.

—Todavía.

Él la miró con esa cara seca que no regalaba nada. Abrió la boca, la cerró. Diana dio un paso atrás y guardó el celular en el bolsillo de la chaqueta, con la mano encima.

—Si las borro, ¿qué gano yo? —preguntó.

—Que mañana no tenga a un coronel llamando a su editora.

—Ah. Entonces ya hay coronel. Y yo que pensaba que esto era un accidente tranquilo.

Camilo apretó la mandíbula. Se acercó un paso y bajó la voz, como si el muerto pudiera oírlos.

—Usted no sabe lo que está tocando.

—Tampoco usted sabe lo que yo tengo. Ni una foto del pilar, ni de la hora, ni del chaleco de ese hombre. Del apellido que llevaba en el pecho.

El rostro de Camilo no se movió. Pero la mano derecha se fue sola al bolsillo del abrigo, y sacó la placa. La sostuvo abierta entre los dos, con el escudo hacia ella, como si eso fuera una respuesta.

—Esto es una escena de la Policía —dijo—. Usted está contaminando evidencia. Entrégueme el celular.

—Dos fuentes o nada. Eso dice mi editora. Y yo tengo una sola: mis ojos. Pero usted acaba de darme la segunda.

—¿Cuál?

—Su cara.

Un silencio corto, de camión lejano y goteras. Camilo guardó la placa a medias y la sacó otra vez, sin saber qué hacer con ella. Atrás, entre las columnas, un motor de camión tosió y se apagó.

—Ese que salió corriendo es Jairo, mi hermano —dijo por fin, sin mirarla—. Y usted no va a publicar nada.

Diana sacó el teléfono del bolsillo, vio la última foto del chaleco, y volvió a guardarlo sin borrar nada. Camilo se quedó junto al pilar con la placa en la mano. Jairo ya había desaparecido detrás del camión de basura.

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