Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
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Capítulo 1 · ~5 min

El disparo y la amenaza

Daniela no había terminado de limpiar la camilla cuando la puerta de urgencias se abrió de golpe. El ruido la hizo saltar. Dos hombres entraron arrastrando a otro. El herido tenía el brazo cubierto de sangre y la cara tan blanca que parecía a punto de desmayarse.

—¡Aquí! —gritó uno de los hombres—. ¡Se está desangrando!

Daniela reaccionó de inmediato. Se puso los guantes, corrió hacia la camilla y revisó la herida del recién llegado. Era una bala, entrada limpia en el costado. El hombre apretaba los dientes, casi sin moverse, pero sus ojos buscaban algo más allá del dolor.

—¿Cómo se llama? —preguntó Daniela, sin dejar de presionar la herida.

Nadie respondió. El acompañante más bajo la miró con nerviosismo. El otro, el que parecía jefe, se le acercó tanto que sintió su aliento.

—No hagas preguntas. Solo sálvalo.

Daniela tragó saliva. Sabía lo que eso significaba. Había escuchado historias de pacientes así: llegaban sin nombre, sin preguntas, y a veces no salían vivos. Pero en ese momento solo pensó en la sangre que no paraba de brotar. Pidió ayuda a la otra enfermera, pero ella se quedó paralizada al ver la pistola asomando bajo la chaqueta del jefe.

—Voy a necesitar su suero, gasas y que despejen la sala —ordenó Daniela, intentando que no le temblara la voz.

El jefe asintió. Sacó el celular y marcó un número.

—Ya está. Nadie entra —dijo, y colgó.

Daniela empezó a limpiar la herida. El dolor hizo que el paciente —que hasta ese momento no había dicho palabra— apretara el puño con fuerza y murmurara algo. Daniela lo escuchó, pero no entendió bien. Se inclinó más cerca, buscando su rostro. Entonces lo reconoció: Gael Montenegro.

Sintió cómo se le helaba la sangre. Había visto esa cara en periódicos y noticieros desde hace años. El hombre que, según todos, había matado a su hermano Tomás.

Un sudor frío le bajó por la espalda. Quiso salir corriendo, pero no podía. Si dejaba de atenderlo, lo mataban a él… o a ella.

—¿Qué pasa? —preguntó la otra enfermera, en voz baja.

Daniela no respondió. Solo movió la cabeza, negando. No podía arriesgarse a que la escucharan. Pidió el bisturí y comenzó a trabajar, manos firmes aunque por dentro temblaba. Sabía bien cómo detener una hemorragia, pero nunca había hecho esto bajo una amenaza tan directa.

El jefe se inclinó sobre ella y susurró:

—Escucha bien, enfermera. Si él muere aquí, tú también mueres.

Por un segundo todo el ruido del hospital desapareció. Daniela sintió que le costaba respirar. Miró la herida, vio el músculo desgarrado y el hilo de sangre que no cedía. Tenía que concentrarse. Si cometía un error, ambos estaban muertos.

Hizo una seña a la enfermera para que preparara una inyección de anestesia local. La otra chica temblaba tanto que casi tira la bandeja. Daniela la sujetó por el brazo y le susurró:

—Tranquila. Haz lo que te digo y salimos vivas.

En ese momento, el celular de Daniela vibró en su bolsillo. No podía contestar. La llamada se cortó y volvió a vibrar. El jefe del grupo la miró con ojos duros.

—Nada de teléfonos.

Daniela asintió. Ni siquiera intentó sacarlo. Pidió pinzas y buscó la bala. No podía dejarla adentro. Se inclinó más, sudando, mientras el paciente respiraba cada vez más rápido. De repente, él abrió los ojos y la miró fijo. Había algo raro en esa mirada. No era solo dolor. Era rabia… y miedo.

—No fui yo —susurró Gael, casi sin voz.

Daniela se quedó helada. ¿Qué quería decirle? ¿Por qué justo ahora, cuando estaba a punto de desmayarse, le soltaba eso?

—Cállate —dijo el jefe, apretando el hombro de Gael—. Concéntrate en respirar.

Daniela siguió trabajando. Sacó la bala con cuidado y la dejó caer en la bandeja de metal. El sonido fue seco y metálico, como un disparo más. Por un momento, nadie habló. Daniela respiró hondo, cosió la herida y preparó el suero. El jefe la vigilaba sin pestañear. Sabía que no podía equivocarse.

Cuando terminó, miró al jefe y habló lo más firme que pudo:

—Necesito que alguien lo vigile. Si se mueve, puede abrir la herida.

El jefe asintió, pero no se movió. Daniela limpió el sudor de su frente y revisó los signos vitales. Gael seguía despierto, pero apenas se mantenía consciente.

—¿Está bien? —preguntó la otra enfermera, ahora más tranquila.

—Por ahora sí —respondió Daniela.

El jefe se acercó a ella y le habló al oído, con voz fría:

—Ahora vas a venir con nosotros. Él no puede quedarse aquí. Tú tampoco.

Daniela sintió una punzada de terror. Quiso protestar, pero el hombre ya la sujetaba del brazo. Miró a la otra enfermera y le susurró:

—Llama a seguridad cuando me lleven.

No hubo tiempo para más. El grupo la rodeó y la empujó hacia la salida, con Gael en una camilla improvisada. Todo fue tan rápido que apenas pudo agarrar su bolsa y el teléfono.

En la ambulancia, el silencio era tan denso que se podía cortar. Daniela revisó a Gael cada minuto. El jefe la miraba por el retrovisor, siempre atento. Nadie hablaba. Solo se escuchaba el sonido de la respiración agitada de Gael y el golpeteo del motor.

Cuando llegaron, la sacaron casi a rastras a una casa grande, desconocida. Daniela entró con el corazón desbocado. Sabía que estaba atrapada, pero no tenía opción.

Dejaron a Gael sobre una cama. Daniela preparó todo para seguir atendiéndolo. Revisó el suero, comprobó la herida, y se sentó a su lado. El jefe le lanzó una última advertencia:

—Recuerda lo que te dije. Si él muere, tú mueres.

Daniela asintió, sin mirarlo. Se quedó junto a Gael, sin parpadear, esperando cualquier cambio. El silencio era total.

De pronto, Gael abrió los ojos. La miró fijamente y murmuró:

—Daniela…

No pudo moverse. ¿Cómo sabía su nombre?

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