Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
  • 20 capítulos
  • 103 lecturas
  • Completada

+13

21

~5 min de lectura

Capítulo 2 · ~5 min

Secuestrada y vigilada

Daniela apenas sentía las piernas mientras la llevaban a rastras por un pasillo largo. Olía a cloro y a perfume caro. Dos hombres armados la empujaron hasta una sala. Gael iba en una camilla, pálido, con la herida cubierta y el suero colgando de la mano. Al fondo, una mujer de mirada dura los esperaba, de pie junto a una mesa de mármol.

Uno de los hombres habló en voz baja con la mujer.

—Aquí está, Doña Inés. La enfermera.

Doña Inés asintió sin mirarla. Daniela notó que tenía las uñas perfectas y un anillo grande en la mano. Sin pedir permiso, la mujer se le acercó y le levantó el mentón.

—¿Sabes quién es él? —preguntó con voz fría.

Daniela tragó saliva. No respondió.

—Haz tu trabajo. Si se muere, tú también. ¿Entendiste?

Daniela asintió sin apartar la vista de los ojos grises de la mujer. Dos hombres la dejaron sola con Gael y Doña Inés. Gael apenas movía los párpados. Tenía la boca seca, la piel sudada. Daniela revisó la vía del suero con manos temblorosas.

Doña Inés no se fue. Observaba cada movimiento. Daniela limpió la herida, cambió el apósito y revisó el suero. La aguja estaba bien puesta, pero el líquido bajaba lento. Gael la miró de reojo.

—¿Por qué tú, Daniela? —susurró él de pronto.

Ella no contestó. Se obligó a no mirarlo a los ojos. Solo pensaba en salir viva de esa casa.

—¿Me reconoces? —insistió Gael, con la voz ronca.

Daniela apretó los labios, luchando por no decir nada. Doña Inés interrumpió:

—No hay tiempo para tonterías. Hablen después. ¿Va a sobrevivir, enfermera?

Daniela se inclinó sobre la camilla.

—Si nadie lo mueve y sigue el suero, sí. Pero necesita antibiótico y reposo.

Doña Inés giró hacia la puerta.

—Que traigan lo que pida. Nada de errores.

Gael la miraba fijo. Daniela sintió el corazón en la garganta. Se obligó a revisar todo otra vez, buscando algo fuera de lugar. El suero tenía un color raro, apenas perceptible. Lo levantó contra la luz. Dudó un segundo, pero no dijo nada. Necesitaba estar segura.

La puerta se abrió de golpe. Un hombre entró con una caja de medicamentos y botellas de agua. Daniela tomó lo que necesitaba y preparó la inyección. La tensión llenaba el aire. Nadie hablaba. Daniela limpiaba la piel de Gael, pinchaba la vena y sentía el sudor en la frente.

Gael la observó. Su voz era un susurro cansado.

—¿Por qué no me odias? —dijo, casi para sí.

Daniela lo miró por fin, directo a los ojos.

—No te confundas. Solo quiero salir de aquí viva. Después, que te pudras.

Gael soltó una risa corta, amarga. Cerró los ojos. Daniela terminó de colocarle los medicamentos. El monitor de signos vitales marcaba estable, pero el pulso subía y bajaba de golpe. Algo no cuadraba. Miró el suero otra vez.

Doña Inés regresó al cabo de unos minutos. Traía un teléfono en la mano. Se lo mostró a Daniela.

—Cualquier cosa que pase, llamo aquí y te borran del mapa. No lo olvides.

Daniela asintió, tragando saliva. Doña Inés salió sin más. La puerta se cerró con seguro. Solo quedaron Gael y Daniela en la habitación.

Daniela aprovechó para revisar la bolsa del suero más de cerca. Había una línea de burbujas pegadas al plástico, algo extraño. Abrió el paquete nuevo que le habían traído y lo comparó. El color era distinto. Le temblaron las manos.

Gael la miró, con la voz apagada.

—¿Qué pasa?

—Nada. —Daniela trató de sonar tranquila, pero no podía dejar de mirar el suero.

Gael se incorporó un poco, gimiendo de dolor.

—No mientas. ¿Me vas a matar?

Daniela negó con la cabeza. Volvió a revisar la aguja y el gotero.

—Alguien cambió esto. No sé qué le pusieron, pero no es suero normal.

Gael apretó la mandíbula. Intentó moverse pero no tenía fuerza.

—¿Quién fue?

Daniela negó con la cabeza otra vez. Su mente iba a mil. Si decía la verdad en voz alta, tal vez la mataban. Si no hacía nada, Gael moriría y ella también. Buscó una jeringa limpia y sacó un poco del líquido del suero, lo olió. Tenía un olor raro, como a medicamento fuerte.

—Voy a cambiar la bolsa. —dijo en voz baja—. Si preguntan, digo que se acabó.

Gael la miró, desconfiado. Daniela desconectó la bolsa sospechosa y puso la nueva. El monitor marcó mejoría en los minutos siguientes. Ella respiró un poco más tranquila, pero el miedo seguía ahí, pegado a la piel.

Gael apoyó la cabeza en la almohada.

—¿Sabes qué pasa si muero aquí, verdad?

Daniela lo miró de frente.

—Sí. Me matan. Pero antes averiguo quién te quiere muerto.

Gael la estudió en silencio. El sudor le corría por la frente. Daniela limpió el sudor, sin mirarlo directamente. Sentía un nudo en el estómago, pero no podía flaquear. No ahora.

Se escuchó un golpe suave en la puerta. Una voz masculina habló desde afuera.

—¿Todo bien ahí?

Daniela respondió rápido:

—Sí, ya está más estable. No molesten.

Silencio. Daniela se inclinó hacia Gael y murmuró muy bajo:

—No confíes en nadie aquí. Ni en tu propia madre.

Gael apenas asintió, con los ojos cerrados. Daniela se quedó junto a la camilla, vigilando el monitor y el suero nuevo. Afuera, pasos iban y venían. Nadie entraba. El miedo no se iba. Alguien había intentado matarlo, y si ella fallaba, la mataban a ella también.

Daniela apretó el puño. No iba a morir allí. Ni hoy, ni mañana. No sin pelear.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 6:39

Siguiente lectura