Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
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Capítulo 3 · ~5 min

Veneno descubierto

Daniela tomó la bolsa de suero con las manos temblorosas. Revisó la etiqueta, la pinchó con una aguja limpia y dejó caer una gota en un vaso. El líquido era ligeramente más turbio de lo normal. No era solo su imaginación. Recordó el olor raro, como a químico, cuando lo conectó a la vía de Gael.

Se acercó a la cama con el corazón latiendo fuerte. Gael tenía el rostro pálido y sudaba. Sus labios apenas se movían.

—¿Qué me diste? —susurró él, con los ojos entrecerrados.

Daniela le tomó el pulso. Estaba acelerado pero débil. Checó la vía y la desconectó de inmediato.

—Te están envenenando. Necesito otro suero, ahora.

Gael intentó levantarse, pero el dolor lo obligó a quedarse quieto. Daniela buscó en la caja de insumos a un lado de la cama. Había otra bolsa, sellada, pero igual de sospechosa. Dudó. No podía confiar en nada de lo que estaba ahí.

Se asomó a la puerta. El pasillo estaba vacío. A lo lejos escuchó pasos, voces. Su tiempo se acababa. Corrió a la cocina, abrió la nevera. Encontró agua embotellada, tomó una y regresó rápido. Con manos expertas, preparó una solución casera: agua y sal. No era lo ideal, pero era mejor que nada.

Conectó la vía de Gael a la nueva solución improvisada. Él la miró fijamente.

—¿Por qué me ayudas?

Daniela apretó los labios. No tenía una respuesta clara. Solo sabía que, si él moría, ella también. Y todavía no le creía nada.

—No me interesa salvarte —dijo, sin mirarlo a los ojos—. Quiero salir viva de aquí, nada más.

Gael soltó una risa apagada.

—Claro. Y tú crees que yo maté a tu hermano.

Daniela lo ignoró. Revisó los signos vitales en silencio. Gael dejó de hablar, pero no apartó la vista de ella.

Un portazo la hizo saltar. Bruno apareció en la puerta, con su camisa arrugada y la mirada fría. Se detuvo al ver a Daniela junto a Gael.

—¿Qué haces? —preguntó, acercándose—. ¿Qué le pusiste?

Daniela sintió cómo se le helaba la sangre. Mantuvo la voz firme.

—El suero estaba contaminado. Lo desconecté antes de que pasara a mayores.

Bruno la miró como si no le creyera. Se acercó a la cama y revisó el brazo de Gael. Luego tomó la bolsa que Daniela había dejado sobre la mesa. Olfateó el líquido y frunció el ceño.

—Esto no huele normal —dijo, levantando la bolsa—. ¿De dónde salió?

Daniela no bajó la mirada.

—Estaba en la caja de insumos. Yo no la traje. Ustedes me la dieron.

Bruno la observó unos segundos, callado. Luego, levantó la voz para que lo escucharan los que estaban en el pasillo.

—¡Vengan todos! ¡Aquí hay un problema!

Un par de hombres armados se asomaron por la puerta. Bruno les mostró la bolsa.

—La enfermera intentó matar a Montenegro. Le puso veneno en el suero.

Daniela sintió que le temblaban las piernas. Gael intentó sentarse, pero gruñó de dolor. Se aferró a la sábana, furioso.

—Bruno, fue ella quien me salvó. Desconectó esto antes de que me pusiera peor.

Bruno soltó una carcajada seca.

—¿Y por qué estaba ella sola con el suero? ¿Quién garantiza que no lo trajo escondido?

Daniela lo miró directo.

—¿Por qué haría eso sabiendo que si él muere, yo muero?

Bruno se encogió de hombros, sin dejar de mirarla.

—Quizá es una fanática. O quiere venganza por su hermano. No sería la primera.

Los hombres del pasillo cuchichearon entre ellos. Uno de ellos, alto y con tatuajes en el cuello, entró y tomó la bolsa que Daniela había preparado.

—¿Qué es esto? —preguntó, agitando la botella improvisada.

—Solución salina —respondió Daniela—. No confío en sus insumos. Prefiero hacer algo seguro.

El hombre miró a Bruno, esperando una orden. Gael intervino, con voz ronca pero firme.

—Dejen a Daniela en paz. Si no fuera por ella, estaría muerto.

Bruno no se movió. Se acercó un paso más, tan cerca que Daniela sintió su aliento en la cara.

—¿Sabes qué creo? Que fingiste salvarlo para ganarte su confianza. Pero no eres tan lista. Alguien tiene que pagar por esto.

Daniela apretó los puños. Sabía que no podía retroceder.

—Si tienes pruebas, muéstralas. Si no, cállate.

Un silencio incómodo llenó la habitación. Bruno la miró con rabia, pero no respondió. Gael soltó un suspiro y cerró los ojos, agotado.

Por un momento, nadie habló. El hombre de los tatuajes salió, murmurando algo por la radio. Daniela aprovechó para revisar la vía de Gael una vez más. Sus signos vitales mejoraban poco a poco.

Bruno salió de la habitación, pero antes de irse, lanzó una última amenaza:

—Voy a averiguar la verdad. Y si encuentro algo, lo pagarás caro.

Daniela no respondió. Sabía que, aunque había salvado a Gael, ahora todos dudaban de ella. El aire se sentía pesado, como si una bomba pudiera estallar en cualquier momento.

Cuando la puerta se cerró, Gael abrió los ojos y la miró largo rato.

—No confíes en nadie aquí —murmuró—. Ni siquiera en mí.

Daniela no contestó. Se sentó junto a la cama, sin soltar el frasco improvisado. Afuera, las voces seguían discutiendo.

Sabía que la acusación de Bruno no iba a terminar ahí. Ahora era ella la que estaba en peligro, tanto como Gael. Y no tenía a nadie de su lado.

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