Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
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Capítulo 4 · ~5 min

La acusación y la verdad

Gael abrió los ojos con esfuerzo. El dolor le ardía en el costado y sentía la camiseta pegada por el sudor. Se obligó a sentarse, aunque cada músculo protestaba. La habitación olía a alcohol y a miedo. Daniela estaba de pie junto a la cama, los brazos cruzados, la mirada fija en él.

Recordó el grito de Bruno y la acusación. Detrás de la puerta se filtraban murmullos, pasos cortos, alguien tosía. Bruno no se alejaba. Gael sintió la boca seca. No pensaba mostrar debilidad delante de Daniela. Le sostuvo la mirada, buscando algún gesto que lo traicionara.

—¿Por qué cambiaste el suero? —preguntó en voz baja, la garganta áspera.

Daniela no titubeó. Su voz salió firme, casi desafiante.

—El tuyo estaba envenenado. Si seguías con esa bolsa, te morías en menos de una hora. No vine aquí a matarte, Montenegro.

Gael apretó la mandíbula. Analizó cada palabra. La vio pasar una mano temblorosa por el cabello, dejar marcas brillantes en la frente. No parecía una asesina, pero tampoco confiaba en nadie.

—¿Y cómo sé que no eres tú la que quiere matarme? Bruno dice que te vio cambiando el suero. Nadie más tocó esa bolsa.

Daniela dio un paso hacia él. Tenía los labios secos y los ojos rojos. Hablaba sin bajar la voz.

—¿En serio crees que vine a matarte aquí? Si hubiera querido, nada me detenía. Pero no lo hice. Te estoy salvando la vida, aunque no lo merezcas.

Gael tragó saliva. El cuerpo le pesaba, le costaba respirar sin que el costado le punzara. Se obligó a mirarla. Nunca pensó verse así, herido y dependiendo de alguien más, y menos de una Paredes.

—¿Por qué no huiste? Pude verte irte, pero te quedaste.

Daniela bajó los brazos y los dejó caer a los costados. Tenía la voz ronca, pero no retrocedió.

—Porque si tú mueres, yo muero. Me lo dejaron claro. No confío en nadie aquí, tampoco en ti. Pero no pienso morir por algo que no hice.

Gael notó marcas moradas bajo sus ojos. El cabello pegado a la frente. Ella buscó algo en la mesa, revisó frascos con movimientos torpes. Él se acomodó en la cama y miró la bolsa improvisada de suero. Era una botella de agua y una aguja. No era lo que haría un traidor. Pero la duda seguía ahí, clavada.

—¿De verdad crees que yo maté a tu hermano? —dijo de pronto, sin suavizar el tono ni bajar la mirada.

Daniela se tensó. Lo miró como si le hubiera lanzado una piedra.

—¿Y tú qué crees? Estabas ahí. Disparaste. Eso dijeron todos.

Gael apretó la sábana. El recuerdo le golpeó la cabeza. Pero la versión de Daniela no era la suya. Sabía que alguien había manipulado esa escena, igual que ahora intentaban matarlo en su propia casa.

Se obligó a mantener la calma. Si levantaba la voz, perdería el control. Necesitaba que Daniela confiara, aunque solo fuera un poco.

—Si te digo que no fui yo, ¿me creerías? ¿O ya tienes tu sentencia?

Daniela bajó la mirada. Tocó el borde de la mesa con los dedos, luego se pasó la mano por el cuello.

—No lo sé. Quiero pruebas. No palabras.

Gael asintió. Por dentro sentía rabia. Nadie le creía, ni cuando decía la verdad. Pero no podía culparla. Él mismo dudaba de todos.

Se incorporó un poco más. El dolor le arrancó una mueca, pero la disimuló. Tenía que mostrarse fuerte, aunque por dentro estuviera al límite.

—Te voy a dar pruebas —dijo—. Pero primero necesito sobrevivir. Y tú también.

Daniela lo miró con desconfianza. Se acercó a la mesa y revisó un frasco, luego otro, con manos temblorosas. No dijo nada unos segundos. Gael escuchó su respiración rápida, los pasos de Bruno del otro lado de la puerta.

—¿Quién crees que puso el veneno? —preguntó Daniela, bajando la voz, casi un susurro.

Gael pensó en Bruno, en Doña Inés, en todos los que decían ser leales. Nadie era inocente. Pero no podía lanzar nombres sin pruebas. Eso los pondría en peligro a ambos.

—No lo sé todavía. Pero si quieren matarme, también pueden querer matarte a ti.

Daniela frunció el ceño. Tomó un trapo y limpió la mesa con movimientos cortos. Gael la miró mientras trabajaba. Cada movimiento era tenso, como si esperara que alguien entrara de golpe.

—¿Tienes idea desde cuándo intentan matarte? —preguntó ella, sin mirarlo.

—Desde antes de que llegara al hospital. El disparo no fue casualidad. Alguien me quiso fuera.

Daniela dejó el trapo en la mesa. Respiró hondo, luego se giró hacia él.

—Y ahora quieren que yo cargue con la culpa si pasa algo.

Gael asintió. Vio cómo Daniela se sentaba en la silla junto a la cama, sin dejar de mirarlo. Parecía agotada, pero no le temblaba la voz.

—No soy tu enemiga, Montenegro. Pero tampoco confío en ti. No después de lo que pasó con Tomás.

—¿Y si te demuestro que yo no disparé? —preguntó Gael, bajando un poco la voz.

Daniela no respondió. Se quedó quieta, apretando los puños sobre las rodillas. Gael vio cómo se le marcaban los nudillos blancos.

El ruido de la puerta hizo que ambos miraran hacia allí, pero nadie entró. Solo era Bruno pasando cerca, escuchando. Gael supo que no tenía tiempo. Si no convencía a Daniela, la próxima vez que entraran sería para matarlos a ambos.

—Daniela —dijo, y su voz sonó más suave—. No maté a tu hermano.

Ella lo miró de frente, los ojos brillando. No contestó. El aire en la habitación se sentía espeso. Gael sostuvo la mirada, esperando una reacción, cualquier señal de que lo escuchaba. Afuera, los pasos se detuvieron. Nadie habló. Nadie respiró.

La pregunta quedó flotando, lista para romper todo lo que venía después.

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