Capítulo 5 · ~5 min
Escape fallido
Daniela escuchó pasos afuera de la habitación. Se apartó de la cama de Gael, que dormía con el rostro tenso y pálido. El reloj en la pared marcaba las dos de la madrugada. Sentía los nervios en la punta de los dedos, lista para correr o pelear si hacía falta.
La puerta se abrió despacio. Doña Inés asomó la cara, sus ojos fríos y calculadores como siempre. Llevaba un abrigo gris y el cabello recogido. Daniela apretó los puños, esperando un regaño o una amenaza.
—Ven conmigo —dijo Doña Inés, sin levantar la voz.
Daniela dudó un instante. Miró a Gael, que seguía inconsciente, y después a la mujer. No tenía opción. Caminó detrás de ella, cruzando el pasillo en silencio. La casa olía a desinfectante y miedo. Nadie más se veía por los corredores.
En la cocina, Doña Inés se detuvo y se giró. Abrió una gaveta y sacó una pequeña linterna, que ofreció a Daniela junto a una llave dorada.
—Por aquí puedes salir. Pero si te atrapan, no me nombres —susurró, mirando por encima del hombro.
Daniela sintió un escalofrío. Tomó la linterna y la llave, sin entender por qué la ayudaba. Por un momento pensó que era una trampa, pero la urgencia era mayor que la duda. Empujó la puerta trasera y salió al patio, donde el aire era frío y olía a tierra mojada.
Cruzó el césped, avanzando rápido entre los árboles bajos. La linterna apenas iluminaba el camino. Daniela pensaba en su hermano, en la amenaza sobre su vida, en Gael inconsciente. Cada paso la acercaba a la libertad, pero también al peligro de ser descubierta.
Llegó a la barda del fondo. Probó la llave en la puerta de metal. Encajó a la primera. Empujó despacio, sin hacer ruido. El portón chirrió apenas, pero bastó para activar una alarma silenciosa que ella no notó.
Del otro lado, el callejón estaba vacío. Daniela se asomó, buscando algún auto o una sombra sospechosa. Todo parecía en calma, pero el corazón le martillaba el pecho.
Empezó a caminar pegada a la pared, respirando agitada. Avanzó unos metros cuando una luz la deslumbró por la espalda. Se giró en seco.
—¿Adónde crees que vas? —La voz de Bruno retumbó fuerte, a pocos metros.
Daniela sintió el pánico subirle por la garganta. Retrocedió, pero Bruno la alcanzó en tres zancadas. La agarró del brazo con fuerza.
—¿Pensaste que sería tan fácil? —le susurró al oído, apretando más.
Daniela forcejeó, pero Bruno era más fuerte. Le quitó la linterna y la llave de un tirón. Después la empujó hacia el interior del callejón, donde una camioneta negra esperaba con el motor encendido.
—No me hagas daño. Gael necesita que lo cuide —dijo Daniela, intentando sonar firme.
Bruno rió, seco y sin humor.
—Eso lo decide la señora —respondió, señalando hacia la casa.
Daniela se quedó quieta mientras Bruno llamaba por radio. Minutos después, Doña Inés apareció en el portón. Caminó despacio hasta donde estaban, sin mostrar sorpresa ni enojo.
—Te lo advertí, Daniela. Aquí nadie puede escapar —dijo con calma.
Daniela la miró, buscando alguna señal de compasión. No la encontró. Doña Inés hizo una seña y Bruno la soltó de golpe.
—Vuelve adentro. Termina tu trabajo. Si Gael muere, tú también —ordenó la señora, sin cambiar el tono.
Daniela tragó saliva. El miedo se mezclaba con rabia y vergüenza. Miró la puerta abierta y supo que no había salida fácil. Caminó hacia la casa, sintiendo la mirada de ambos en la espalda.
Una vez dentro, Daniela subió las escaleras con paso lento. El pasillo estaba en silencio total. Se detuvo frente a la habitación de Gael y apoyó la frente en la puerta cerrada. El peso de la amenaza era real, más fuerte que nunca.
Por un segundo pensó en rendirse. Pero recordó la cara de Tomás y el dolor de perderlo. No podía dejarse vencer. Entró al cuarto, revisó a Gael y cambió el vendaje. El pulso del hombre era débil pero constante. Daniela respiró hondo y se sentó junto a la cama, sin apartar la vista de la puerta.
La noche seguía afuera, pero adentro todo era silencio y tensión. Daniela sabía que cualquier error podía costarle la vida. Empezó a repasar mentalmente los nombres y rostros de las personas en la casa. Buscaba pistas, algo que le permitiera salvarse y descubrir la verdad sobre su hermano.
Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos. Era Doña Inés otra vez. Entró sin pedir permiso y se acercó a la cama de Gael, observando sus heridas con una expresión dura.
—Recuerda lo que te dije. No intentes nada más. Aquí nadie es lo que parece —susurró, tan bajo que apenas se escuchaba.
Daniela no respondió. Solo la miró, intentando adivinar si podía confiar en ella o si todo era un juego cruel.
Doña Inés se giró para salir, pero antes de irse, dejó una pregunta en el aire:
—¿Sabes guardar un secreto, Daniela? —La miró directo a los ojos, como si esperara una confesión.
Daniela no contestó. El silencio se volvió pesado. Sabía que, a partir de ahora, cada movimiento sería observado, cada palabra contada.
Doña Inés la entregó de vuelta. Afuera, el eco de la amenaza seguía flotando en la casa, mientras Daniela sentía que el encierro apenas comenzaba.