Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
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Capítulo 6 · ~6 min

La foto reveladora

Daniela despertó sin haber pegado el ojo. Cada ruido en la casa la ponía alerta. El sol apenas entraba por la ventana, pero ella no podía esperar más. Se levantó despacio, con cuidado de no hacer ruido. Gael seguía dormido, con la cara pálida y la respiración pesada. Daniela miró la puerta y luego el escritorio. Recordó el celular de Gael. Tenía que encontrarlo.

Se acercó al escritorio y empezó a revisar los cajones, rápido pero sin desordenar nada. Solo encontró papeles, un par de pastillas y una pluma sin tinta. Buscó entre los libros, debajo de una pila de notas. Nada. Miró a Gael, asegurándose de que seguía dormido. Caminó hacia el lado de la cama y se agachó. Metió la mano debajo del colchón. Sintió algo: una camiseta enrollada. Dentro, el celular.

Daniela lo sacó con cuidado. Su mano temblaba, pero el miedo no la detuvo. Miró a Gael otra vez. Él no se movía. Daniela desbloqueó el teléfono con su huella. Gael, medio sedado la noche anterior, le había permitido registrar su dedo, por si tenía que avisar a los demás. Ahora, ese detalle le salvaba.

Abrió la galería de fotos. Había cientos de imágenes: fiestas, reuniones, armas sobre una mesa, autos lujosos. Daniela pasaba las fotos rápido, buscando algo que pudiera servirle. De repente, vio una carpeta diferente, llamada "Recientes". Entró.

Las primeras fotos eran de la casa: pasillos, un perro que no conocía, una sala llena de humo. Luego aparecieron caras. Algunas borrosas, otras medio conocidas. Siguió pasando hasta que una imagen la hizo detenerse. En la pantalla, Bruno sonreía, con el brazo sobre el hombro de un hombre con gorra y barba. El rostro estaba medio tapado, pero Daniela reconoció los ojos y la cicatriz cerca de la ceja.

Amplió la foto. El corazón le saltó. Era Tomás. No podía ser. Tomás estaba muerto, lo había enterrado hacía dos años. Pero ahí estaba. Vivo, junto a Bruno, y en la misma casa.

El celular se le resbaló de las manos y cayó sobre la alfombra. Daniela se quedó un segundo sin moverse. Tragó saliva y se cubrió la boca con la mano. No podía gritar. Miró otra vez la foto en la pantalla. Era su hermano. No había duda. La barba lo hacía ver mayor, pero la cicatriz y los ojos eran de Tomás. Bruno tenía la mano sobre su hombro, como si fueran amigos de toda la vida.

—¿Qué estás haciendo? —la voz de Gael la hizo saltar.

Daniela se giró rápido. Gael estaba medio incorporado, pálido y con los ojos fijos en ella. Miró el celular en el piso y luego a Daniela. No preguntó de nuevo. Esperaba respuesta.

—Buscaba algo para limpiar tu herida —dijo Daniela, apretando los labios. Sabía que él no le creía, pero no pensaba soltar el celular.

Gael no desvió la vista de la pantalla. Su cara cambió. Un segundo de sorpresa y luego otra vez frío.

—Dame el teléfono —ordenó. Su voz era áspera.

Daniela recogió el celular, pero no se lo entregó.

—¿Por qué hay una foto de Bruno con mi hermano? —preguntó, la voz baja pero firme—. ¿Por qué Tomás está vivo?

Gael tardó en responder. Se acomodó contra la cabecera y miró a Daniela, como calculando cuánto decir.

—No tengo idea de quién tomó esa foto. Bruno no me ha dicho nada de Tomás.

Daniela negó con la cabeza. Se acercó dos pasos, sosteniendo el celular como si fuera un escudo.

—¿Vas a decirme la verdad, o sigo buscando?

Gael no contestó de inmediato. Miró la puerta, luego a Daniela.

—Si tu hermano está vivo, tienes que tener cuidado. Alguien más juega sucio aquí.

Daniela sintió que el aire se hacía más pesado. Bajó la vista a la foto. La cicatriz, la mirada. Era Tomás. Gael no decía toda la verdad. Estaba segura.

Un golpe en la puerta los sobresaltó. Daniela ocultó el celular en el bolsillo de su bata y miró a Gael. Él negó con la cabeza, breve. Daniela abrió la puerta apenas unos centímetros.

—¿Qué pasa? —la voz de Bruno era fuerte, impaciente.

—Nada. Gael acaba de despertar, le estoy revisando la herida —respondió Daniela, fingiendo tranquilidad.

Bruno la miró con desconfianza. Sus ojos se movieron rápido por la habitación. Parecía buscar algo más que una curación.

—La señora Inés quiere saber si Gael puede ponerse de pie —dijo Bruno, empujando la puerta para entrar.

Daniela se hizo a un lado. Bruno inspeccionó la habitación. Se detuvo en Gael, luego en la cama, después en los muebles. Sus ojos se fijaron en el bolsillo de Daniela.

—¿Ese celular? —preguntó.

Daniela apretó el aparato en el bolsillo.

—Es mío. Lo uso para medir el pulso —mintió.

Bruno no se convenció, pero Gael intervino, la voz seca.

—Déjala. Si pasa algo, tú serás el primero en enterarte.

Bruno apretó la mandíbula. Dudó, pero terminó por salir, cerrando la puerta con fuerza.

Daniela respiró hondo. Sacó el celular y volvió a mirar la foto. Amplió la imagen, buscando detalles: la pared del fondo, una mesa, una botella de agua. Todo era actual. Tomás estaba ahí, junto a Bruno, y parecía cómodo. No había señales de miedo en su cara.

Gael la observaba en silencio. Daniela no levantó la vista. Pasó a la siguiente foto: era la misma bodega, Tomás y Bruno hablando con alguien más de espaldas. No lograba ver la cara, pero la ropa era de Doña Inés. Daniela tragó saliva.

—¿Sabías que Tomás está vivo? —preguntó sin mirarlo.

Gael negó despacio.

—No. Pero ahora sé que Bruno y tu hermano están juntos en esto. Y eso es peor de lo que pensaba.

Daniela cerró la galería y guardó el celular. Sentía un nudo en el estómago. Todo lo que creía saber se venía abajo. Miró a Gael, que seguía observándola, serio.

—Necesito respuestas —dijo Daniela.

—No eres la única —respondió él, bajando la mirada.

Un ruido en el pasillo los hizo callar. Daniela se acercó a la puerta, atenta. Luego volvió al lado de la cama, sin soltar el teléfono. Ahora tenía una prueba. Una foto. Tomás vivo, junto a Bruno. Y una verdad que podía cambiarlo todo, si lograba salir viva de esa casa.

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