Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
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Capítulo 7 · ~5 min

La llamada inesperada

Daniela se quedó sentada junto a la cama, mirando el celular en su mano. Las fotos seguían frescas en su cabeza: Tomás vivo, sonriendo al lado de Bruno. El miedo y la rabia no la dejaban pensar con claridad. Afuera del cuarto se oían pasos, pero nadie entraba. Gael dormía, con la respiración pesada y la cara llena de moretones. Daniela se levantó y revisó el suero improvisado, sus manos temblaban. No encontró nada raro, pero le costaba fiarse de lo que veía.

Empezó a caminar de un lado a otro, contando los segundos. Era muy temprano para pedir ayuda; Doña Inés podía aparecer en cualquier momento. Se acercó a la ventana, apartó un poco la cortina y miró el patio. Estaba vacío. El portón seguía cerrado con llave y todo parecía igual que siempre, pero Daniela sentía que la observaban desde algún rincón.

El celular vibró de repente. Daniela lo agarró rápido y vio un número desconocido. Dudó un segundo, pero contestó en susurros, mirando de reojo a Gael.

—¿Hola?

Nadie respondió. Daniela apretó el teléfono contra la oreja, la respiración entrecortada. Iba a colgar cuando una voz la detuvo. Era baja, gastada, pero inconfundible para ella.

—Dani. Soy yo. No digas nada, por favor.

El cuarto se volvió más pequeño. Daniela cerró los ojos. Le sudaban las manos.

—¿Tomás? ¿Dónde estás? ¿Por qué no avisaste antes?

—No puedo hablar mucho. Tienes que escucharme. No confíes en Gael. No confíes en nadie ahí, ¿entendiste?

Daniela tragó saliva y caminó hasta la puerta. La cerró con cuidado y volvió al rincón, lejos de la cama.

—¿Qué está pasando? Vi la foto con Bruno. ¿Tú trabajas con ellos?

La voz de Tomás bajó aún más.

—No es lo que piensas. Todo se complicó. Gael no es tu enemigo, pero tampoco es tu amigo. Bruno tampoco. Hay gente peor detrás. Inés también juega su propio juego.

Daniela apretó los labios. Quiso gritar, pero solo murmuró:

—¿Me mentiste todo este tiempo, Tomás? ¿Por qué?

Tomás suspiró. Se oyó un ruido, como si cambiara de lugar.

—No podía decírtelo antes. No era seguro. Escucha, Dani, tienes que salir de ahí. Si Gael se entera de esto, te va a usar. Todos quieren algo de ti, pero nadie quiere ayudarte de verdad.

Daniela miró a Gael, que seguía dormido, y luego al teléfono. Sus piernas temblaban.

—¿Tú mataste a alguien? ¿Por qué te escondes?

—No. No maté a nadie. Solo quiero que sobrevivas. No creas lo que Gael diga. Él te necesita pero no te va a proteger si las cosas se ponen feas.

Se asomó otra vez a la ventana. El patio seguía vacío, pero la sensación de peligro no se iba. Daniela bajó la voz.

—¿Cómo salgo? La casa está cerrada. Doña Inés me tiene vigilada. Bruno también.

Tomás habló rápido:

—Esta noche, a las diez. Te llamo y te explico. Cuando te diga, sales por la puerta trasera. Yo voy a estar ahí afuera. No le digas nada a nadie. Si te equivocas, te matan. ¿Entiendes?

Daniela se apoyó en la pared. El miedo la hacía temblar. Dudó antes de contestar.

—¿Y si tú también me estás usando, Tomás? ¿Si todo esto es una trampa?

La línea quedó en silencio unos segundos. Tomás parecía cansado.

—No confíes en nadie, Dani. Ni en mí, si no puedes. Pero si te quedas, no sales viva. Hazme caso sólo esta vez. Por favor.

Un golpe leve sonó en la puerta. Daniela guardó el celular bajo la almohada justo cuando Gael se movía.

—¿Daniela? —dijo Gael, la voz ronca—. ¿Con quién hablabas?

Ella se giró en seco. Tomó aire y trató de sonar tranquila.

—Con nadie. Solo revisaba tu teléfono. Tenía curiosidad por saber si funcionaba.

Gael la miró con una ceja levantada. Se sentó con dificultad.

—¿Por qué tienes mi celular?

Daniela lo sostuvo en la mano, dudando.

—Lo encontré en el suelo. Pensé que podía servir para pedir ayuda si pasaba algo. No tiene señal afuera, sólo aquí adentro.

Gael no pareció convencido. Se acomodó en la almohada, sin dejar de mirarla.

—No lo uses sin permiso. Este cuarto no es seguro para nadie.

Daniela asintió y volvió a guardar el celular en el cajón. Después le acomodó la sábana a Gael y revisó el suero otra vez. Él cerró los ojos, agotado. Parecía querer decir algo, pero no lo hizo.

El pasillo volvió a quedarse en silencio. Daniela apoyó la frente en la pared. Se sentía atrapada. Pensó en Tomás, en la foto, en la voz que acababa de escuchar. ¿De verdad podía confiar en él? ¿O era otra jugada más de esa familia enferma?

La puerta se abrió de golpe. Doña Inés entró, con su andar lento, los ojos duros.

—¿Todo en orden, Daniela?

Daniela se obligó a sonreír.

—Sí, señora. Gael está estable. No ha tenido fiebre ni sangrado. Sólo duerme.

Doña Inés inspeccionó la habitación. Sus ojos se detuvieron en el cajón, pero no dijo nada. Se acercó a Gael, le tocó la frente y luego miró a Daniela unos segundos. Parecía buscar algo en su cara.

—Esta noche nadie sale ni entra. Bruno está en la entrada. Si necesitas algo, háblame a mí, ¿queda claro?

—Claro, señora.

Doña Inés salió igual de callada que entró. Daniela se sentó al borde de la cama. Miró el cajón donde estaba el celular y sintió un peso en el pecho. Quería gritar, pero se obligó a quedarse quieta.

El celular vibró otra vez, esta vez un solo mensaje: "A las diez. No falles. Si él muere, tú mueres".

Daniela leyó la pantalla y supo que esa noche todo podía cambiar. No sabía si confiar en Tomás o en nadie, pero tampoco tenía otra opción. Las horas se alargaban, y cada minuto la acercaba más a la llamada que podía decidir su suerte.

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