Capítulo 8 · ~5 min
Verdades enfrentadas
Gael abrió los ojos al sentir un cosquilleo en el brazo vendado. El dolor era constante, pero no lo dejaba fuera de juego. Escuchó pasos cerca de la cama. Daniela estaba de pie, con la mirada pegada al teléfono. No era el suyo. Gael reconoció la funda negra en la mano de ella: el celular que creía guardado bajo la almohada.
Se incorporó con esfuerzo y soltó una tos seca.
—¿Buscando algo, enfermera?
Daniela bajó el aparato, se giró rápido y lo ocultó tras su espalda.
—Solo revisaba tus mensajes, por si alguien de los tuyos preguntaba por ti —dijo, sin mirarlo a los ojos.
Gael alzó las cejas. No tenía energía para discutir, pero tampoco era tonto. Sabía cuando alguien mentía.
—¿Y encontraste algo interesante?
Daniela se encogió de hombros. Dejó el celular sobre la mesa, demasiado cerca para su gusto.
—Nada que me sirva. Solo mensajes de Bruno y tu mamá.
Gael se apoyó en la cabecera. Observó a Daniela moverse de un lado a otro, inquieta. Había algo raro en su forma de sostener el teléfono, como si temiera que él lo tomara.
—No vuelvas a tocarlo sin permiso —dijo, con voz baja, pero firme.
Ella no respondió. Se dirigió al baño y cerró la puerta. Gael aprovechó para agarrar el celular y revisar las últimas aplicaciones abiertas. Nada fuera de lugar. Pero una carpeta de fotos estaba marcada como reciente, y eso bastó para levantarle la sospecha. No alcanzó a revisar más porque escuchó el seguro del baño destrabarse.
Daniela salió y lo miró de reojo, pero no dijo nada. Se acercó con una jeringa y alcohol. Gael tensó el brazo.
—No necesito calmantes —gruñó.
—Es antibiótico. Si no quieres que la herida se infecte, coopera.
Ella pinchó con habilidad, sin mirarlo. Gael apretó la mandíbula. El silencio se hizo incómodo. No soportaba estar en ese estado, tan vulnerable. Necesitaba respuestas.
—Háblame claro —dijo—. ¿Por qué realmente revisaste mi celular?
Daniela lo miró directo por primera vez en el día. Sus ojos tenían un brillo extraño, mezcla de miedo y terquedad.
—Busco pruebas de lo que le pasó a mi hermano. Tomás. Quiero saber si tú lo mataste o no.
Gael sintió que el aire se espesaba. La herida en el costado ardió más fuerte. Había escuchado ese nombre demasiadas veces desde que todo comenzó.
—Te lo dije: yo no disparé. Tomás no murió por mi culpa. Si quieres pruebas, tienes que confiar en lo que te muestro, no en lo que encuentras en un teléfono.
Daniela negó con la cabeza, casi con rabia.
—No confío en nadie aquí. Ni en ti, ni en Bruno, ni en la señora Inés. Solo quiero salir viva y saber la verdad.
Gael la estudió. Durante años había aprendido a leer la mentira en los gestos pequeños. Daniela estaba asustada, pero también decidida. No era de las que se quiebran fácil.
De pronto, el celular vibró sobre la mesa. Un mensaje nuevo. Gael extendió la mano, pero Daniela fue más rápida y lo tomó.
—Dámelo —ordenó Gael.
Daniela dudó. El teléfono vibró de nuevo. Gael la miró fijo, sin parpadear.
—No hagas tonterías. Si ocultas algo, lo voy a descubrir.
Ella soltó el teléfono sobre la cama, pero se giró hacia la ventana para evitar su mirada. Gael desbloqueó el aparato. El mensaje era solo una alerta del sistema de seguridad. Pero lo que le inquietó fue la conversación anterior. Había una llamada realizada apenas una hora antes. El número no estaba guardado.
—¿A quién llamaste? —preguntó, sin levantar la voz.
Daniela apretó los puños.
—A nadie. Solo revisé fotos. No llamé a nadie.
Gael no insistió. Cerró la galería y notó la carpeta con el rostro de Tomás, sonriente y vivo, al lado de Bruno. Tragó saliva. No era momento de hablar de eso con ella, no todavía.
En ese momento, la puerta se abrió bruscamente. Tomás apareció en el umbral. Llevaba la misma ropa de la foto. Gael se incorporó, alerta. Daniela se paralizó.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Gael, con voz dura.
Tomás ignoró la pregunta y clavó los ojos en su hermana.
—Daniela, no le creas nada —dijo, con los labios tensos—. Él fue quien me quiso muerto. Y ahora te tiene aquí de rehén.
Gael apretó los dientes. Se sentía débil, pero no iba a dejar que Tomás lo culpara otra vez.
—Eso es mentira. Bruno organizó todo. Yo intenté ayudarte, pero me traicionaron igual que a ti.
Tomás soltó una risa amarga.
—¿Ahora resulta que eres víctima? Nadie te cree. Daniela, vete de aquí. Yo me encargo de Montenegro.
Daniela miró a ambos, sin saber a quién acercarse. Gael vio el temblor en sus manos. Había odio y miedo en ese cuarto, mezclados con la urgencia de sobrevivir.
—No puedo irme —dijo Daniela, apenas en un susurro—. Si él muere, yo muero. Eso dijeron todos.
Tomás se acercó dos pasos, con la mandíbula tensa.
—No pienses en eso. Tengo un plan. Solo confía en mí, ¿sí?
Gael intervino:
—No hagas caso. Él solo te va a meter en más problemas. Si sales ahora, Bruno te va a atrapar. Y te aseguro que no va a ser amable.
Tomás miró a Gael, furioso.
—Tú cállate. Tú no tienes derecho a dar órdenes aquí.
Gael mantuvo la mirada. No iba a ceder. Daniela tenía que elegir. El ambiente se volvió más pesado. Nadie hablaba. Solo se oía el zumbido del aire y el sonido del teléfono, que volvió a vibrar.
Daniela respiró hondo. Miró a su hermano, luego a Gael. Dio un paso atrás, pegando la espalda a la pared. El teléfono seguía en la cama, a la vista de todos.
Gael lo tomó y lo guardó en su bolsillo, sin apartar la vista de Tomás.
En ese momento, supo que Daniela le había mentido. Y, a pesar de todo, sentía que esa mentira lo ponía en peligro más a él que a ella.