Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
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Capítulo 9 · ~5 min

Traición y protección

Gael despertó con el cuerpo adolorido y la boca seca. Se sentó despacio en la cama, cuidando de no abrir más la herida en el costado. Daniela estaba ahí, con el celular en la mano, pero no hacía ruido. Tenía la mirada fija en la pantalla, los labios apretados.

—¿Buscas algo mío? —preguntó Gael desde la cama, con la voz áspera.

Daniela guardó rápido el celular en el cajón. No contestó, solo se pasó una mano por el cabello y evitó mirarlo. Gael la observó unos segundos. No necesitaba palabras para notar que ella estaba nerviosa, incómoda. Ese movimiento rápido y su silencio lo decían todo.

Gael se acomodó la almohada en la espalda. Cada vez que respiraba hondo, sentía que la herida quemaba.

—Si viste algo, dilo de una vez —insistió Gael, sin dejar de observarla.

Daniela sacó una venda del botiquín y fingió revisar los frascos. El ambiente se puso tenso. Por la ventana cerrada solo entraba el ruido lejano de la casa, pero dentro de esa habitación, el aire pesaba más.

Gael se inclinó y alcanzó el vaso de agua. Bebió un poco, sin apartar la vista de Daniela. Ella se movía de un lado a otro, pero no lo miraba. Gael tragó saliva. Sabía que ella había visto la foto de Tomás, aunque no lo dijera.

De pronto, unos pasos fuertes resonaron en el pasillo. Gael sintió que el cuerpo se le ponía alerta. Daniela se quedó quieta, con el frasco de alcohol en la mano.

La puerta se abrió de golpe. Bruno apareció, con la pistola levantada. Tenía la camisa remangada y el rostro sudado.

—¡Muévete, Daniela! —ordenó Bruno, apuntando directo a ella.

Daniela reaccionó tarde, pero retrocedió dos pasos. Gael se levantó de la cama como pudo y se interpuso entre Bruno y Daniela. El dolor lo hizo apretar los dientes.

—¿Ahora qué quieres? —dijo Gael, con los ojos clavados en Bruno.

Bruno no contestó. Avanzó hasta quedar a un metro de ellos. El cañón de la pistola brillaba bajo la luz. Daniela se pegó a la pared, pero no gritó ni pidió ayuda.

Gael levantó una mano, tratando de mantener la calma.

—Bájala, Bruno. No es momento para esto —dijo, con voz firme.

Bruno lo miró con desprecio.

—Te crees intocable, Montenegro. Pero ya no eres nadie aquí —respondió Bruno, sin bajar el arma.

Gael sintió un sudor frío en la nuca. Notó que Daniela se agachaba, buscando algo en el botiquín. Bruno la vio y apuntó hacia ella.

—No te muevas, enfermera. Esto es entre Montenegro y yo —advirtió Bruno.

Daniela se quedó quieta, pero sin bajar la mirada. Gael aprovechó el momento y se lanzó sobre Bruno, empujándolo contra la puerta. El disparo se escuchó fuerte, pero la bala se incrustó en la pared. Gael cayó de rodillas, soltando un quejido por el dolor de la herida.

Daniela corrió hacia él y se agachó a su lado. Le puso la mano en la espalda, buscando la sangre. Gael apretó la mandíbula. Sabía que no podía moverse más sin desmayarse.

Bruno los miró con rabia. Apuntó otra vez a Gael, pero en ese instante la voz de Doña Inés sonó desde el pasillo.

—Basta, Bruno. Deja ese arma —ordenó ella, entrando a la habitación sin prisa.

Doña Inés vestía de blanco y no mostraba miedo. Caminó directo hacia Bruno, le quitó la pistola de un tirón y la guardó en el bolsillo. Bruno se quedó inmóvil, sin atreverse a mirar a los ojos a la mujer.

—Sal de aquí. Ahora mismo —dijo Doña Inés, fría.

Bruno obedeció. Cerró la puerta con fuerza, dejando la habitación en silencio. Gael se dejó caer de lado en la alfombra. Daniela buscó gasas y presionó la herida.

—Te estás abriendo la herida. No seas terco —le dijo Daniela, sin mirarlo.

Gael respiró hondo y trató de relajarse. Miró a su madre, que revisaba la pistola como si fuera cualquier cosa.

—¿De qué lado estás? —preguntó Gael, con la voz débil.

Doña Inés lo observó unos segundos, en silencio. Cerró el seguro del arma y la puso sobre la mesa de noche.

—Del lado que mantiene a la familia viva —respondió ella, y salió de la habitación sin mirar atrás.

Daniela terminó de vendar la herida y se limpió las manos con alcohol. Gael la miró, notando el temblor leve en sus dedos.

—¿Por qué no huiste cuando pudiste? —preguntó Gael, bajando la voz.

Daniela guardó los materiales en el botiquín y le respondió sin mirarlo.

—Porque si te matan, me matan a mí también. Eso es todo —dijo Daniela. Su tono era cortante pero honesto.

Gael asintió. No necesitaba más explicaciones. El trato era simple y cruel.

Durante varios minutos, nadie habló. Se oía ruido de pasos y voces afuera. Gael se acomodó contra la pared, con el cuchillo pequeño que Daniela había dejado sin querer sobre la mesa. Lo tomó y lo escondió bajo la sábana.

Daniela se sentó en la silla junto a la cama, con la espalda recta y la mirada atenta a la puerta.

—No te duermas. Si pierdes el sentido, no puedo ayudarte —advirtió ella.

—No pienso dormir. No ahora —contestó Gael, con los ojos fijos en la puerta.

El silencio era tenso. Afuera, la voz de Doña Inés se mezclaba con el murmullo de otros hombres. Gael solo pudo distinguir una frase, dicha por alguien al fondo.

—El ataque fue ordenado por alguien de la familia —susurró una voz desconocida, antes de que la puerta principal se cerrara.

Gael miró a Daniela, apretó el cuchillo bajo la sábana y supo que, desde ese momento, nadie era de fiar en esa casa.

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