Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
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Capítulo 10 · ~5 min

Los secretos de Doña Inés

Daniela se sentó al borde de la cama, con el celular escondido bajo la almohada. Miraba la pantalla apagada, repasando la foto de Tomás y Bruno en su memoria. Afuera, el ruido de una licuadora llegaba apagado, recordándole que la casa seguía en movimiento aunque todo ahí adentro se sintiera detenido. Gael dormía, la respiración profunda y algo irregular. Daniela se levantó y fue al baño pequeño de la habitación. Se enjuagó las manos y se miró en el espejo: ojeras marcadas, el pelo recogido mal, la camiseta arrugada y manchada. Sacó el celular, revisó la puerta y volvió a mirar la galería, buscando otra pista. Nada. Guardó el teléfono y salió justo cuando escuchó un golpe seco en la puerta.

La abrió despacio. Doña Inés esperaba en el umbral, vestida de azul oscuro, el cabello perfectamente recogido. No saludó.

—Ven conmigo —dijo, seca, y se dio media vuelta.

Daniela la siguió por el pasillo. Sus pasos sonaban fuerte sobre la madera. Un guardia en la esquina fingía mirar el celular, pero la pistola en la cintura no la disimulaba nadie. Al pasar, Daniela bajó la mirada y apretó el celular en el bolsillo.

Llegaron al despacho. Doña Inés empujó la puerta y entró primero. Olía a perfume fuerte y café frío. La luz del día entraba por la ventana a la derecha, iluminando el escritorio lleno de papeles y una taza vacía. La señora se sentó, cruzó las piernas y señaló la silla enfrente.

Daniela se sentó despacio. Apoyó las manos sobre las rodillas para que no se notara lo mucho que le temblaban.

Doña Inés la miraba fijo, sin pestañear. Dejó a un lado una hoja cualquiera y fue directa:

—Sé que viste la foto de Tomás. Aquí nada se esconde demasiado tiempo.

Daniela apretó los labios. Jugó con la costura del pantalón.

—¿Usted sabía que estaba vivo? —preguntó, apenas audible.

La señora sonrió leve, pero los ojos seguían fríos.

—Por supuesto. Tomás nunca supo esconderse. Solo quería que tú también lo supieras, para que dejaras de buscar respuestas donde no hay.

Daniela bajó la vista. Sus dedos tocaron un llavero de cristal sobre el escritorio. Lo giró entre los dedos, sin saber si era una invitación o una advertencia.

—¿Y ahora qué espera de mí?

Doña Inés se inclinó hacia adelante. El perfume se volvió más intenso.

—Espero que dejes de hacerte la inocente. Sé que tienes el celular de Gael y que viste más de lo que debías. No quiero sorpresas. Si colaboras, podrías salir de aquí. Si no, nadie escuchará tu versión de nada.

Daniela soltó el llavero y se frotó las manos. Miró la ventana abierta, buscando una vía de escape. El jardín estaba vacío, salvo por dos hombres armados junto a una camioneta.

—¿Por qué no le dijo la verdad a Gael? —preguntó, sin mirarla.

La señora soltó una risa seca.

—Gael confía demasiado. Necesitaba aprender que ni su familia ni sus aliados son leales siempre. El dolor enseña más que las palabras. Y yo aún lo necesito vivo, pero no ingenuo.

Daniela tragó saliva. Apoyó los codos en las piernas y miró una carpeta de cuero sobre el escritorio. La empujó con un dedo, sin abrirla.

—¿Y Tomás? ¿Qué planea hacer con él?

Doña Inés se levantó y fue hasta la ventana. Se quedó mirando el jardín en silencio, como si pesara la respuesta.

—Eso depende de ti —dijo sin girarse—. Si haces lo que te pido, tal vez lo vuelvas a ver. Si no, lo perderás otra vez.

Daniela se puso de pie. Se acercó al escritorio, apoyó las manos en la madera y la miró directo.

—¿Quiere que traicione a Gael?

La señora se encogió de hombros.

—Quiero que tomes partido. Aquí nadie es inocente, Daniela. Tu hermano cruzó la línea hace tiempo. Gael también. Solo falta que decidas para quién trabajas.

Un golpe lejano retumbó en la puerta del fondo. Daniela se sobresaltó y metió la mano al bolsillo. Sacó un papel arrugado: la receta de los medicamentos de Gael, manchada de tinta. Lo sostuvo firme, como si le diera seguridad.

—¿Y si decido irme con Tomás?

Doña Inés rodeó el escritorio y se puso junto a ella, tan cerca que olía el café en su aliento.

—Puedes intentarlo, pero no irías lejos. Nadie sale sin mi permiso. Ni tú ni Tomás. Incluso Gael lo sabe.

Daniela apretó los dientes. Guardó la receta y se giró hacia la puerta.

—¿Va a matarlo si no hago lo que pide?

La señora negó con la cabeza.

—No necesito hacerlo. Aquí el que se equivoca se elimina solo. Pero si fallas, no tendrás segundas oportunidades.

Daniela abrió la puerta. Antes de salir, se detuvo y giró despacio. Doña Inés la miraba desde el escritorio, la barbilla en alto y las uñas impecables.

—Cuide lo que hace, señora —dijo Daniela, bajito—. La gente desesperada hace cualquier cosa.

Doña Inés sonrió de lado.

—Y la gente asustada también. Recuerda: yo siempre sé más de lo que crees.

Daniela cerró la puerta tras de sí. Apoyó la frente en la madera un segundo. El pasillo estaba vacío. Caminó directo a la habitación de Gael, el celular pegado a la pierna. Al entrar, se acercó a la ventana y corrió la cortina apenas dos dedos, lo justo para ver a los hombres armados junto a la camioneta. Se sentó en la silla, sacó el celular y revisó los mensajes. Nada nuevo, ningún aviso de Tomás. Guardó el teléfono y se quedó mirando la puerta, contando los segundos en voz baja. Sabía que ahora Doña Inés la vigilaba más de cerca.

Mientras acariciaba la cicatriz en su brazo, la frase de la señora le daba vueltas: "Yo sabía que Tomás estaba vivo". No tenía escapatoria fácil. Si quería sobrevivir y salvar a su hermano, tendría que moverse con cuidado. Y confiar en alguien era el mayor riesgo de todos.

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