Capítulo 11 · ~5 min
La noche que cambió todo
Tomás recordaba cada paso de esa noche. El callejón olía a humedad y basura vieja. Caminaba pegado a la pared, la pistola en el bolsillo y el paquete oculto bajo la chamarra. No podía dejar de pensar en Daniela. Si algo salía mal, ella pagaría las consecuencias. Eso lo empujó hacia adelante, por más que todo gritara que debía escapar.
En la esquina, Bruno fumaba y lo esperaba con la cara tensa. Tenía los ojos rojos y el cabello pegado a la frente. Tomás aflojó la mano, intentando parecer tranquilo, pero el sudor ya había empapado la empuñadura del arma.
—Te tardaste, Tomás —dijo Bruno, tirando el cigarro al suelo—. Pensé que no ibas a venir.
—No podía salir antes. Hay patrullas por todos lados —respondió Tomás, sin acercarse demasiado.
Bruno levantó la barbilla, mirándolo de arriba abajo. El silencio entre los dos era incómodo. Tomás sacó el paquete de la chamarra y lo mostró, sin soltarlo.
—¿Dónde está Montenegro? —preguntó Tomás, sin apartar la vista.
Bruno sonrió, pero la sonrisa no le alcanzó los ojos.
—Ya viene. Le gusta llegar cuando todo está listo, ¿no?
Tomás tragó saliva. Miró a sus lados, buscando una salida. El auto negro estacionado a media cuadra parecía abandonado, pero sabía que no debía confiarse.
Bruno se acercó un paso, bajando la voz.
—¿Sabes por qué estás aquí, verdad?
Tomás asintió. No hacía falta que se lo dijeran. Si Bruno lo había citado solo, era porque nadie más debía escuchar lo que pasaría ahí.
Las luces del coche se encendieron de golpe. Tomás se tensó. La puerta trasera se abrió y Gael Montenegro bajó despacio. Venía con la cara dura, las manos medio ocultas en las bolsas de la chamarra. Caminó directo hacia ellos, sin decir palabra.
—¿Trajiste el paquete? —preguntó Gael, con voz seca.
Tomás levantó el paquete. Gael se detuvo a menos de un metro, mirándolo de frente. Bruno se movió al costado, abriendo espacio. El aire se puso pesado.
Tomás tragó otra vez, buscando palabras. Sabía que no podía confiar en ninguno de los dos, pero quedarse callado era peor.
—Quiero que dejen a mi hermana fuera de esto —dijo al fin—. Yo cumplo, pero Daniela no es parte de nada.
Gael ni se inmutó. Parecía más cansado que enojado. Sus ojos estaban fijos en el paquete, pero su mano no soltaba el arma bajo la chamarra.
—No tienes derecho a pedir nada —respondió, cortante—. Tú cruzaste la línea.
Bruno se adelantó, la pistola ya visible.
—No le hagas caso, Montenegro. Este tipo ya eligió. Sabía lo que hacía.
Tomás apretó el arma en su bolsillo, listo para cualquier cosa. El eco de los pasos de Gael sobre el pavimento retumbaba en su cabeza.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Gael, sin levantar la voz.
Tomás dudó. Podía mentir, pero de todas formas no le creerían.
—No era contra ustedes. Tenía miedo —dijo, bajando la vista—. Me amenazaron. No me dejaron otra opción.
Bruno se rió, seco.
—Siempre hay opción, Tomás. Lo que pasa es que eres cobarde.
Gael no lo miró. Solo extendió la mano, esperando el paquete. Tomás lo sostuvo un segundo más, sin soltarlo. El dolor en el pecho era peor que el miedo. Sabía que si entregaba eso, nada lo salvaría.
—Dámelo ya —exigió Gael.
La tensión creció. Bruno levantó la pistola unos centímetros. Tomás sintió que el sudor le corría por la espalda. Los tres estaban atrapados en ese momento. Nadie quería ser el primero en mover un dedo.
Un ruido lejano, tal vez un auto pasando, lo sacó del trance. Tomás miró a Bruno. Vio ese brillo de traición en sus ojos. No podía esperar más.
Sacó la pistola y disparó. No pensó, solo actuó. El tiro fue rápido, directo a Gael. La detonación rebotó en las paredes, le zumbó en los oídos. Gael saltó hacia un lado, la bala le rozó el hombro.
Gael respondió al instante. El disparo le pegó a Tomás en el brazo. El dolor fue tan fuerte que casi soltó el arma. Tropezó hacia atrás, el paquete cayó al suelo y la sangre empezó a mancharle la manga.
Bruno gritó algo, pero Tomás solo vio manchas oscuras y rostros borrosos. Gael se acercó, apuntándole mientras cojeaba.
—Levántate —ordenó, la voz ronca.
Tomás intentó moverse, pero el brazo no le respondía. Vio a Bruno agacharse, tomando el paquete y guardándolo rápido. El auto negro seguía con las luces encendidas, esperando.
El sonido de una sirena a lo lejos puso nervioso a Bruno.
—Ya estuvo, vámonos —le dijo a Gael.
Gael no apartó la vista de Tomás. Tenía los labios apretados, la mirada dura, pero no había odio. Parecía casi resignado.
Tomás logró hablar, la voz temblorosa.
—Si le pasa algo a Daniela, voy a encontrarte, Montenegro.
Bruno soltó una carcajada breve.
—¿Aún crees que puedes amenazar aquí? Mejor quédate callado, nadie más quiere oírte.
Gael se agachó un poco, susurrando solo para Tomás.
—Esto nunca fue solo por ti. Hay gente arriba que decide más que yo.
Tomás quiso preguntar, pero el dolor lo venció. La vista se le nubló. Vio que Bruno abría la puerta del coche y lo empujaban dentro. La cabeza le daba vueltas, la sangre seguía goteando por su brazo.
El viaje en el auto fue un borrón. Voces, luces, frenazos. Lo siguiente que recordaba era la camilla y unas manos con guantes, cortándole la manga y limpiando la herida. No preguntaron su nombre ni le dijeron nada. Alguien murmuró que se quedara quieto y le inyectaron algo para el dolor.
Horas después, solo en una cama fría, Tomás entendió que nadie preguntaría por él. No saldría en las noticias. Para el mundo, estaba muerto. Cerró los ojos, repitiéndose la escena en el callejón. Recordaba el disparo, el ruido, el miedo. Sabía que había sido él. Había disparado primero aquella noche. Y ahora esa verdad era lo único que le quedaba.