Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
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Capítulo 12 · ~5 min

La llegada de Rocío

Daniela revisó por quinta vez la cerradura de la puerta trasera. Llevaba horas esperando la señal de Tomás, con el corazón apretado y los nervios a flor de piel. Gael dormía en la habitación, bajo los efectos de los calmantes que ella misma le administró, pero cada ruido en el pasillo la hacía girar la cabeza con miedo. No podía confiar en nadie y la casa parecía una trampa lista para cerrarse en cualquier momento.

De pronto, escuchó un golpeteo suave en la ventana de la cocina. Se acercó despacio, sin encender la luz. Una sombra movió la mano desde el otro lado. Daniela tragó saliva y se armó de valor. Con cuidado, levantó la cortina y reconoció los ojos de Rocío, abiertos como platos.

—¿Rocío? ¿Qué haces aquí? —susurró Daniela, apenas abriendo la ventana.

—¡Déjame entrar, por favor! Me enteré de todo, Dani. No podía quedarme en casa —respondió Rocío, temblando por el frío o el miedo, no supo cuál.

Daniela miró hacia el pasillo y luego de vuelta a su amiga. Dudó un segundo, pero el miedo a estar sola pesó más. Abrió la ventana y ayudó a Rocío a entrar, con torpeza y urgencia. La abrazó fuerte, sintiendo por fin un poco de consuelo.

—¿Alguien te vio llegar? —preguntó Daniela, soltando a Rocío de golpe y revisando la ventana.

—No. Me bajé antes de la esquina y entré por el patio. Vi a un tipo raro en la reja, pero creo que no me siguió —dijo Rocío, bajando la voz y mirando alrededor como si esperara que saliera alguien de las sombras.

Daniela la llevó a la despensa, donde podían hablar sin que el sonido se filtrara por toda la casa. Cerró la puerta y se apoyó contra ella. Su voz salió rota:

—No debiste venir. Aquí no es seguro, Rocío. No tienes idea de lo que está pasando.

—Sí tengo. Leí los mensajes que me mandaste. Y luego llamaron a mi mamá diciendo que si te buscaba, nos metíamos en problemas. Pero no podía quedarme cruzada de brazos. ¿Dónde está Gael? ¿De verdad te obligan a cuidarlo?

Daniela asintió, sin fuerzas para explicar todo. Sintió los ojos llenos de lágrimas, pero no lloró. Se sentó en una caja y miró a Rocío, que caminaba de un lado a otro, inquieta.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Rocío, frenando de golpe frente a ella.

—Tomás… está vivo. Me llamó. Dice que viene por mí esta noche, pero no sé si confiar. Todos mienten, Ro. Aquí nada es lo que parece.

Rocío se agachó a su lado, le tomó la mano con fuerza.

—Vámonos juntas. No tienes por qué cargar sola con esto. Si te quedas, te pueden hacer daño. Nadie merece vivir así, Dani.

—No puedo. Si Gael muere, yo muero. Me lo dejaron claro. Y ahora, con mi hermano en medio…

Un golpe seco en el techo las hizo sobresaltarse. Daniela apagó el pequeño foco colgante y ambas se quedaron en silencio, escuchando. Pasaron varios segundos antes de que Rocío hablara otra vez.

—¿Y si salimos por el patio trasero? Conozco una salida por el jardín del vecino, por donde entré. Nos vamos y nadie se entera.

Daniela negó con la cabeza.

—Están vigilando todo. Y Tomás dijo que espere. Si salgo antes, puede ser peor.

Rocío frunció el ceño, apretando los labios como cuando algo no le gusta nada.

—¿Confías en Tomás, después de todo?

Daniela dudó. Miró a su amiga, buscando una respuesta en su cara, pero solo encontró preocupación.

—No lo sé. Es mi hermano… pero siento que no me dice toda la verdad. Y Gael tampoco. Aquí todos ocultan algo, Ro.

El silencio se hizo pesado. Rocío se puso de pie y fue hasta la puerta. La abrió apenas y miró al pasillo.

—No veo a nadie. Si quieres, me asomo primero. Tú prepara lo que necesites y salimos rápido si hay peligro.

Daniela asintió y fue a la habitación de Gael. Lo encontró medio despierto, con el rostro bañado en sudor y los labios apretados. No le habló, solo revisó los vendajes y se aseguró de que la herida no sangrara más. Cuando terminó, escuchó un grito ahogado desde la cocina.

Corrió de regreso y vio la silueta de Bruno, enorme en la puerta, sujetando a Rocío por el brazo. Ella forcejeaba, pero él la sostenía como si fuera una muñeca.

—Qué sorpresa, enfermerita. ¿Recibiendo visitas? —dijo Bruno, con una sonrisa torcida y los dientes apretados.

Daniela se puso delante de Rocío, tapándola con su cuerpo.

—Déjala ir, Bruno. Ella no tiene nada que ver.

—¿Seguro? —Bruno miró a Rocío de arriba abajo—. En esta casa, nadie es inocente. Y tú, Rocío, te acabas de meter en un problema muy grande.

—No le hagas daño —dijo Daniela, con la voz temblorosa pero firme.

Bruno soltó una risa seca. Empujó a Rocío hacia la puerta trasera, mientras la mantenía bien sujeta.

—Tú te quedas aquí, Daniela. Si intentas algo, la próxima vez no será tan fácil. Me la llevo de paseo. A ver si así te portas bien.

Rocío la miró desesperada, luchando por soltarse.

—¡Dani, no dejes que me lleve!

Daniela intentó avanzar, pero Bruno sacó su pistola y la apuntó al pecho. La amenaza era clara. Rocío gritó, pero Bruno tapó su boca y la arrastró hacia fuera. Daniela se quedó paralizada, con el corazón latiendo tan fuerte que sentía que iba a romperle el pecho.

La puerta se cerró de golpe. Daniela corrió tras ellos, pero solo alcanzó a ver la silueta de Bruno arrastrando a Rocío por el pasillo trasero. No había nadie más en la casa. El silencio era absoluto, roto solo por el eco de los pasos de Bruno y los gritos apagados de su amiga.

Daniela cayó de rodillas en la cocina. Sabía que Bruno no era de los que daban segundas oportunidades. Si quería salvar a Rocío, tendría que actuar rápido, antes de que la amenaza se hiciera real.

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