Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
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Capítulo 13 · ~6 min

El canje peligroso

Gael no había dormido ni media hora cuando el chirrido de la puerta lo obligó a incorporarse, con el cuchillo apretado bajo la almohada. El dolor seguía punzando en su costado, pero no era nada comparado con la tensión que le recorría todo el cuerpo. Escuchó pasos pesados en el pasillo. Reconoció a Bruno antes de verlo.

Bruno entró sin avisar, el rostro duro y la pistola en la mano. Llevaba el cabello revuelto y una mancha de sangre seca en la manga. Cerró la puerta tras de sí, dejando la habitación en un silencio denso.

—Tengo a tu enfermera— soltó Bruno, sin rodeos.

Gael no parpadeó. Sabía que Bruno había cruzado el límite, pero no podía mostrar debilidad. Se sentó despacio, sin dejar de vigilar la pistola.

—¿Y qué quieres?

Bruno sonrió, pero no había nada de simpatía en ese gesto. Se acercó hasta la cama, apuntando directo al pecho de Gael.

—Un canje. Tú me das a Daniela y yo te regreso a tu amiguita. Fácil.

Gael apretó la mandíbula. No tenía ni idea de qué había hecho Rocío para meterse en esto, pero ya no importaba. Bruno había dejado claro que había cambiado las reglas.

El silencio se hizo pesado. Gael pensó rápido. Si Bruno tenía a Daniela, estaba perdido. Si aceptaba el canje, podía ganar tiempo, pero quedaría a merced de su traidor.

—¿Dónde está Rocío?— preguntó, midiendo cada palabra.

Bruno ladeó la cabeza, disfrutando del poder por primera vez.

—La tengo en el sótano. Atada, pero viva. Si haces una tontería, la mato. Si llamas a alguien, mato a las dos.

Gael miró el reloj en la pared. Quedaba poco margen. Intentó sentarse más derecho, ignorando el dolor.

—Quiero verla primero. Si está bien, hacemos el intercambio.

Bruno negó con la cabeza.

—No eres tú el que pone las condiciones, Montenegro. O aceptas, o mañana hay dos cadáveres más en esta casa.

Gael apretó el cuchillo bajo la sábana. Sabía que no podía atacar a Bruno en ese momento, no con la herida abierta y la pistola apuntando. Tenía que ganar tiempo para pensar. Miró a Bruno, buscando alguna señal de duda, pero encontró puro desprecio.

—¿Por qué te molestas en negociar? Ya tienes lo que querías. —La voz de Gael era baja, controlada—. Si me matas, la familia se parte en dos y tú solo no vas a durar ni una semana.

Bruno se inclinó sobre él, acercando la pistola al rostro de Gael.

—No te preocupes por mí. Yo sí sé cómo sobrevivir. Tú preocúpate por tu enfermera.

Gael tragó saliva. No podía dejarse vencer, ni siquiera ahora. Tenía que proteger a Daniela, aunque eso significara perder a Rocío.

—¿Y si te entrego a Daniela, cómo sé que no vas a matarla igual? No eres precisamente confiable, Bruno.

Bruno soltó una carcajada seca.

—Me subestimas, jefe. Tal vez por eso estamos aquí. Yo cumplo mis tratos si la otra parte no me traiciona. Te doy mi palabra.

Gael no respondió. Sabía que la palabra de Bruno valía poco, pero tampoco tenía opciones. Miró la ventana, buscando una salida, pero estaba demasiado alto para saltar. El dolor en el abdomen le recordaba cada segundo que no estaba en condiciones de pelear.

Bruno empezó a caminar por la habitación, como un animal enjaulado.

—Tienes una hora para decidir. Si no aceptas el canje, la amiga de tu enfermera muere primero. Y después Daniela. No te hagas el héroe, Montenegro. Ya no puedes salvarte solo.

Gael sintió una rabia helada. No podía confiar en Bruno, pero tampoco podía arriesgar la vida de dos inocentes. Se obligó a pensar como líder, no como víctima. Sabía que Bruno necesitaba a Daniela viva para negociar, pero también quería hundirlo por completo.

Bruno se detuvo en la puerta y le lanzó una última amenaza:

—Una hora, Gael. Si quieres despedirte de alguna, ya sabes dónde encontrarme.

La puerta se cerró con fuerza. Gael se quedó solo, respirando hondo. El dolor le nublaba la cabeza, pero tenía que concentrarse. Se levantó como pudo y revisó los cajones buscando algo útil: una jeringa, vendas, cualquier cosa que pudiera usar como arma improvisada si Bruno intentaba algo más.

Pensó en Daniela, en su cara de susto la última vez que la vio. Sabía que ella no confiaría en él, pero tal vez eso jugara a su favor. Si lograba convencerla de que el canje era la única salida, podría preparar algo para sorprender a Bruno.

Se asomó por la ventana. Afuera no se oía nada, pero sentía la tensión flotando en el aire. La casa, que antes era su refugio, ahora era una trampa. Cada rincón podía ocultar a otro traidor.

Gael regresó a la cama, con el cuchillo en la mano. Miró el teléfono, pero sabía que cualquier llamada sería rastreada. No podía pedir ayuda a nadie. Solo quedaba actuar con cuidado.

Repasó mentalmente lo que sabía: Bruno tenía a Rocío y podía matarla en cualquier momento. Daniela seguía viva, pero solo porque Bruno quería presionarlo. Doña Inés no iba a intervenir. Y Tomás… esa era otra amenaza, pero por ahora debía centrarse en sobrevivir la noche.

Pensó en el pasado, en todas las veces que Bruno se había sentido relegado. Ahora pagaba el precio de haberlo subestimado. Pero no iba a caer sin pelear.

La hora pasaba lento. Gael se obligó a moverse, a planear cada paso. Si aceptaba el canje, debía encontrar la forma de revertir la situación en el último segundo. No podía confiar ni en su propia sombra.

El reloj marcó la hora. Gael se incorporó, con el cuchillo oculto en la manga y la herida apretada con vendas improvisadas. Caminó hacia la puerta, listo para enfrentar a Bruno y negociar el destino de Daniela y Rocío.

La decisión estaba tomada. Si tenía que arriesgar su vida para salvar a Daniela, lo haría. Pero no iba a hacerlo a ciegas. Salió al pasillo con la cabeza en alto, dispuesto a aceptar el canje, pero con la mente lista para cualquier traición.

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