Capítulo 14 · ~5 min
La traición aparente
Daniela bajó las escaleras con el corazón acelerado, mirando a todos lados como si el simple hecho de pisar ese suelo la hiciera más vulnerable. Cada sombra le parecía una amenaza. No escuchaba a Rocío. Solo el eco de sus propios pasos y el rumor lejano de voces apagadas en el sótano.
Se detuvo frente a la puerta del despacho. Dudó si entrar, pero una voz la hizo sobresaltarse.
—¿Buscas a alguien? —Gael estaba parado a medio pasillo, apoyado en la pared, respirando con dificultad, pero con la mirada firme—. No deberías estar sola.
Daniela dudó un segundo antes de contestar.
—¿Dónde está Rocío? ¿Y Bruno?
Gael bajó la voz y se acercó con pasos lentos.
—Bruno quiere el intercambio. No tenemos tiempo.
—¿El intercambio? —Daniela sintió que se le secaba la boca—. ¿Vas a entregarme?
Gael la miró directo, sin pestañear.
—No voy a dejar que te pase nada. Pero necesito que confíes en mí. Hay un plan. No puedo contarte todo, pero tienes que seguirme la corriente. Si Bruno sospecha, se va todo a la mierda.
Daniela se mordió el labio. No quería confiar, pero tampoco tenía otra opción. Asintió sin decir palabra. Gael le hizo una seña y avanzaron juntos hacia la cocina, donde una puerta al sótano esperaba abierta. El olor a humedad le llenó la nariz. Bajaron despacio, Gael primero, ella detrás, apretando los puños para no temblar.
Al llegar al fondo, Bruno los esperaba junto a Rocío, que estaba sentada en una silla con las manos atadas. Tenía la cara sucia y los ojos enrojecidos, pero al ver a Daniela, se enderezó y le lanzó una mirada de esperanza.
—Llegaron justito —dijo Bruno, sonriendo con sarcasmo—. Me alegra ver que cumplen los acuerdos.
Gael se adelantó un paso, manteniendo la voz fría.
—Suelta a Rocío y tienes a Daniela. Es lo que pediste.
Bruno negó con la cabeza, disfrutando el momento.
—Primero quiero verlos cruzar la puerta. Nadie juega conmigo, Montenegro. Dame a la enfermera y tu amiguita se va.
Daniela miró a Gael buscando alguna señal de que todo estaba bajo control. Él apenas asintió con los ojos. Bruno sacó su pistola y apuntó directo al pecho de Gael.
—Muévete, Daniela. Cruza. O aquí se acaban las negociaciones.
Rocío sollozó, pero mantuvo la cabeza alta.
—No lo hagas, Dani. No vale la pena.
Daniela tragó saliva, dio dos pasos hacia Bruno y paró justo antes de cruzar la línea invisible que él había marcado con la mirada. Se giró hacia Gael, esperando que dijera algo, que hiciera un gesto. Pero él solo la miraba, tenso, sin moverse.
Bruno se impacientó y empujó a Rocío al suelo. Daniela quiso correr hacia ella, pero Bruno la detuvo con un grito.
—¡Quietas las dos! Nadie se mueve hasta que yo diga.
En ese instante, un ruido seco sonó en la escalera. Todos voltearon. Un hombre apareció detrás de Gael, encapuchado y armado. Daniela tardó medio segundo en reconocer la voz.
—Nadie se mueve. Suelten a mi hermana.
Tomás. Vivo. Daniela sintió que el mundo giraba. Se le aflojaron las rodillas, pero no cayó. Gael se quedó inmóvil, sorprendido. Bruno alzó el arma hacia Tomás, dudando.
La tensión se volvió insoportable. Daniela no podía dejar de mirar a su hermano, tembloroso pero decidido, apuntando a todos con el arma en alto.
—Tomás… —susurró ella, dando un paso hacia él—. ¿Eres tú?
Tomás no bajó el arma.
—Dani, aléjate de Montenegro. No confíes en nadie aquí. Él me traicionó.
Gael apretó los dientes.
—Eso no es cierto. Tú sabes quién te vendió, Tomás. No fui yo.
Bruno aprovechó la confusión. Se movió rápido, empujó a Daniela hacia Tomás y agarró a Rocío por el cabello.
—¡Basta! Aquí mando yo —gritó, apuntando a Tomás con la pistola temblorosa—. O bajas el arma, o le vuelo la cabeza a la amiga.
Tomás dudó. Daniela se colocó entre Rocío y Bruno, levantando las manos.
—Nadie va a disparar. ¡No más sangre! —gritó, con la voz quebrada, pero firme.
Gael dio un paso hacia Tomás, lento, con la mano levantada.
—Escucha, Tomás. Si disparas, todo esto se acaba. No vine a entregarte. Vine a sacarnos de aquí.
Tomás no parecía escuchar. Sus ojos iban de Gael a Bruno, de Daniela a Rocío, buscando una salida. Nadie se atrevía a moverse.
Bruno, sudando, apretó el gatillo, pero Rocío le dio un codazo y se soltó de golpe. El arma de Bruno se disparó, pero la bala se perdió en la pared. Daniela se lanzó hacia Rocío y la cubrió, mientras Gael aprovechaba para arrebatarle la pistola a Bruno en un forcejeo breve pero violento.
Tomás, viendo la escena, salió de su parálisis y corrió hacia Daniela. Pero en ese momento, Gael tropezó con Bruno y ambos cayeron al suelo. La pistola rodó hasta los pies de Tomás. Él la recogió y se la guardó en el pantalón, mirando a todos con furia.
—Se acabó el juego —dijo Tomás, jadeando—. Nadie sale de aquí hasta que yo lo decida.
Daniela lo miró, sin entender, mientras Rocío la abrazaba y sollozaba en su hombro. Gael, en el suelo, levantó la cabeza y lo miró con rabia.
—Te estás equivocando, Tomás. Estás arruinando todo.
Tomás no respondió. Solo se quedó de pie, con la pistola en la mano, temblando, mientras el silencio llenaba el sótano y todos sabían que nada volvería a ser igual.