Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
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Capítulo 15 · ~4 min

Conflicto cara a cara

Daniela se quedó de pie, con el pecho apretado y la respiración agitada. Tomás bajó las escaleras del sótano, el arma todavía en la mano, la mirada fija en ella. Nadie más se movía. Afuera, no llegaba ningún ruido. Solo ellos dos, en ese pasillo que olía a encierro y sudor.

—No dispares —dijo Daniela, levantando las manos—. Soy yo, Tomás. Soy tu hermana. Escúchame, por favor.

El cañón del arma apuntaba directo a su pecho. Tomás no parpadeó. Tenía la cara más flaca, con una barba que no recordaba, y los ojos llenos de cansancio.

—No te acerques —le ordenó, con la voz ronca—. No confío en ti, Dani. No después de todo esto.

A Daniela le temblaban las piernas, pero no retrocedió. Dio un paso más cerca, despacio. Miró a Tomás como cuando eran niños y ella intentaba calmarlo después de una pelea.

—¿De verdad crees que puedo traicionarte? —le preguntó—. Todo lo que he hecho fue por ti. Por encontrarte, por entender qué pasó esa noche.

Tomás no bajó el arma. Sus nudillos se pusieron blancos de tanto apretarla.

—¿Por mí? ¿Eso crees? —soltó una risa amarga—. Estás con Montenegro. Te vi cuidándolo. ¿Desde cuándo te importan más ellos que tu propia sangre?

Daniela tragó saliva. No quería llorar. Si lloraba, Tomás iba a pensar que era débil o que estaba mintiendo.

—Gael está herido por tu culpa —contestó, sin apartar la mirada—. Pero si él muere, yo también. Me amenazaron, Tomás. No tenía opción.

Tomás bajó el arma apenas unos centímetros, dudando. Sus ojos se movieron rápido, como buscando a alguien más.

—¿Quién te amenazó? —preguntó, ahora más bajo—. ¿Fue Bruno? ¿Fue mamá?

Daniela negó con la cabeza.

—Todos. Bruno, Inés, y hasta tú, sin quererlo. Estoy atrapada, Tomás. Si no mantengo vivo a Gael, me matan a mí. Si te ayudo a escapar, me matan igual. ¿Qué hago?

Tomás apretó la mandíbula. Por primera vez, parecía no tener una respuesta lista. Bajó la mirada, pero solo un segundo. Subió de nuevo el arma, tembloroso.

—¿Cómo sé que no eres parte de esto? —dijo—. ¿Cómo sé que no me entregaste tú a Montenegro?

Daniela no sabía si reír o gritar. Dio dos pasos más hasta quedar cerca del cañón del arma.

—¿Tú me crees capaz de entregarte? ¿Después de todo lo que sufrí por tu muerte?

Tomás respiraba rápido. La mano le temblaba, pero el arma seguía apuntando.

Por un momento no hablaron. Solo se escuchó el goteo de una tubería y el zumbido de la nevera vieja en el fondo. Daniela sintió que el tiempo se estiraba, pesado, y cada segundo era una amenaza.

De repente, Tomás bajó el arma y la pegó contra su pierna. Se pasó la mano por la cara, desesperado.

—Dani, no sabes lo que hice para sobrevivir —dijo, casi un susurro—. No te imaginas las cosas que vi. No hay salida para ninguno de los dos.

Daniela sintió un nudo en la garganta. Quería abrazarlo, pero no se atrevió. Dio un paso más, ahora a menos de un metro.

—¿Por qué no confías en mí? —preguntó, bajando la voz—. Soy tu hermana. Si me dices la verdad, podemos salir de esto juntos. Pero necesito que bajes esa pistola y me mires como antes.

Tomás la miró, pero sus ojos estaban diferentes. Ya no era su hermano mayor, fuerte y protector. Ahora era un hombre roto, acorralado.

—No puedo, Dani. No puedo confiar en nadie. Si supieras lo que sé, también me odiarías —murmuró, dando un paso atrás.

Daniela se arriesgó. Avanzó un poco más, hasta quedar casi frente a él.

—Dímelo. Lo que sea. Prefiero la verdad a seguir con miedo. ¿Por qué todos creen que tú mataste a Gael? ¿Por qué estás aquí, Tomás? ¿Qué es lo que no entiendo?

Tomás abrió la boca, pero no dijo nada. Apuntó otra vez el arma, ahora directo a la cabeza de Daniela. Ella no se movió. Si iba a morir, quería saberlo de frente.

—No fue como crees —dijo Tomás, con un hilo de voz—. Yo no quería disparar esa noche. Me obligaron. Todo esto es culpa de ellos. De Bruno, de mamá, de Montenegro. Todos tienen sangre en las manos.

Daniela no parpadeó. Sintió que las piernas le fallaban, pero se mantuvo firme.

—¿Me vas a matar tú ahora? ¿Vas a hacer lo que no pudiste con Gael?

Tomás la miró, furioso y triste al mismo tiempo. El arma temblaba más. Se oyó un ruido arriba, como una puerta cerrándose. Tomás giró la cabeza, nervioso.

—No me obligues, Dani —dijo, suplicante—. No me obligues a elegir entre tú y mi vida.

Daniela tragó saliva. No tenía respuestas. Solo preguntas y miedo. El cañón seguía apuntando a su frente, frío y directo. No había vuelta atrás.

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