Capítulo 16 · ~5 min
Decisión crítica
Gael se apoyó en la pared, respirando con dificultad. El dolor en el costado le quemaba cada vez que intentaba moverse. Escuchó los pasos de Bruno acercándose por el pasillo. Daniela estaba de pie, a dos metros de él, con los ojos clavados en Bruno y las manos temblorosas. Nadie hablaba. El silencio pesaba más que el plomo.
Bruno levantó el arma y apuntó directo al pecho de Daniela. Sonreía con esa mueca torcida que a Gael siempre le había dado mala espina.
—Vas a entregármela, Montenegro. Ya estuvo suave de juegos.
Daniela no retrocedió. Gael sintió el impulso de gritarle que huyera, pero ella ni parpadeó. Bruno avanzó dos pasos más.
—No tienes que hacer esto —dijo Gael, forzando la voz. La boca se le llenó de sangre al hablar—. Podemos arreglarlo. Suéltala, y yo...
Bruno lo interrumpió con un bufido.
—¿Tú? Ya no mandas aquí. Dame a la enfermera y te dejo seguir respirando un rato más. Si no...
El cañón del arma bajó, pero solo un segundo. Gael notó el temblor en la mano de Bruno. No era miedo. Era odio. Bruno no iba a negociar nada. Había tomado su decisión desde antes de entrar.
Daniela dio un paso al frente. No se le veía asustada, solo cansada. Gael buscó su mirada y ella asintió apenas.
—No voy a dejar que le hagas daño —dijo Daniela, la voz baja pero firme.
Bruno soltó una carcajada seca.
—Siempre tan valiente. No entiendes en qué lío te metiste. Si Montenegro no me entrega algo, tú y tu amiga se mueren aquí mismo.
Gael sintió cómo todo se reducía a ese momento. Tenía una sola bala en el arma, oculta bajo la camilla al lado izquierdo. Si la tomaba, podía derribar a Bruno, pero Daniela quedaba expuesta. Si intentaba distraerlo, Bruno podía disparar a cualquiera. No había salida limpia.
Bruno levantó el arma hacia Gael.
—¿Y bien? ¿A quién quieres más, Montenegro? ¿A ti mismo o a la enfermera?
Gael apretó los dientes. El sudor le corría por la frente y le ardía la herida. Miró a Daniela. Ella no pestañeó.
—Bruno, si la matas, nadie va a poder salvarte después. Todos verán lo que eres —dijo Gael, jugando su última carta.
Bruno bufó, sin bajar el arma.
—Ya nadie va a salvarme. Pero tú tampoco vas a salir bien librado.
Gael se lanzó hacia la camilla. El movimiento fue torpe, casi ridículo. Bruno disparó. El disparo retumbó en la habitación. Gael sintió el golpe en el brazo, pero no soltó la pistola. Con la otra mano, apuntó y disparó una vez.
La bala pasó rozando el hombro de Bruno, que gritó y soltó el arma. Daniela corrió y la recogió, temblando, pero no dudó en apuntar de inmediato a Bruno, que ahora retrocedía, furioso y adolorido.
—¡No te acerques! —gritó Daniela—. ¡Te juro que disparo!
Bruno se detuvo, jadeando. Miró a Gael con un odio que parecía ácido.
—Esto no se queda así, Montenegro. Si yo caigo, tú te vas conmigo.
Gael, medio arrodillado, sintió la sangre caliente correrle por el brazo. No podía levantarse del todo, pero se obligó a mirarlo a los ojos.
—Ya perdiste, Bruno —dijo, apenas en un hilo de voz—. Sal de mi casa antes de que pierdas algo más.
Bruno escupió al suelo y salió de la habitación, rengueando. Daniela bajó el arma lentamente, temblando aún más fuerte. Se agachó junto a Gael, que respiraba con dificultad.
—Estás sangrando mucho. Déjame ver —dijo ella, ya en modo enfermera, aunque la voz le temblaba.
Gael se dejó hacer. Daniela rompió la manga de la camisa y revisó la herida. El disparo había sido limpio, pero la sangre no dejaba de salir.
—Voy a necesitar vendas y algo para detener la hemorragia. No te muevas, ¿sí?
Gael asintió. Miró sus manos, manchadas de sangre, y luego a Daniela, que rebuscaba en el botiquín. El dolor empezaba a nublarle la vista, pero no quería cerrar los ojos.
Daniela volvió con gasas y cinta adhesiva. Trabajó rápido, casi sin parpadear. Gael intentó bromear, pero solo consiguió una mueca de dolor.
—No necesitas ser héroe —murmuró ella, limpiando la herida—. Nadie te lo va a agradecer aquí.
Gael sonrió apenas.
—No era por mí. Era por ti.
Daniela detuvo las manos por un segundo. Lo miró directo, sin decir nada. Luego siguió trabajando, apretando las vendas con fuerza.
Un golpe sonó afuera. Gael se tensó, pero Daniela solo negó con la cabeza.
—Debemos salir de aquí. Bruno no se va a rendir.
Gael quiso levantarse, pero las piernas no le respondieron. Daniela lo sujetó por la espalda y lo ayudó a ponerse de pie. Avanzaron lento hacia la puerta, dejando atrás el charco de sangre y la pistola caída.
—¿Crees que puedas caminar hasta la cocina? —preguntó Daniela, sin soltarlo.
—Si es contigo, sí —respondió Gael, con una sonrisa débil.
Daniela no respondió, pero lo sostuvo más fuerte.
Al cruzar el pasillo, Gael sintió un mareo intenso. El dolor ya era una sombra lejana, pero la cabeza le daba vueltas. Daniela lo detuvo justo antes de que se desplomara.
—No te atrevas a desmayarte ahora, Montenegro. Me haces esto y te mato yo misma —dijo ella, por primera vez sonriendo en toda la noche.
Pero la oscuridad empezó a cerrarle los ojos. Lo último que vio fue el rostro de Daniela, borroso pero decidido, y el ruido lejano de pasos que se acercaban otra vez por el pasillo.