Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
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Capítulo 17 · ~5 min

Salvando al enemigo

Daniela jaló a Gael por el pasillo, sosteniéndolo firme para que no se desplomara. El brazo de él sangraba, dejando manchas en el piso, y cada paso era un esfuerzo para los dos.

—Dame la pistola —pidió Gael. Su voz salía ronca, los labios apretados y la frente brillante de sudor.

Daniela negó rápido. Sujetaba el arma con ambas manos, sin soltarla ni un segundo.

—No. Ni loco te la doy. Apenas puedes caminar.

Gael intentó apartarla, pero se tambaleó y tuvo que apoyarse en la pared. Daniela lo sostuvo del hombro bueno y lo arrastró hasta el primer cuarto que encontró. Cerró la puerta y puso el seguro con manos temblorosas.

Sin perder tiempo, recorrió la habitación buscando algo útil. Abrió el clóset, tiró ropa al suelo, hasta que encontró una sábana limpia. La rasgó por la mitad y presionó la tela sobre la herida de Gael.

—Aprieta esto —ordenó—. No te vayas a desmayar aquí, ¿eh?

Él obedeció, aunque le costaba mantener los ojos abiertos. Daniela corrió al buró, abrió el botiquín y sacó vendas, tijeras y una ampolleta pequeña. Inyectó el analgésico con rapidez, sin darle tiempo a protestar, y cortó la manga del suéter de Gael con la tijera.

—¿Me vas a dejar en huesos? —bromeó Gael, apenas audible. Intentó sonreír, pero le tembló la boca.

—Con que sigas respirando, me basta. Ya tengo suficiente con que me quieran matar a mí también —dijo Daniela, limpiando la sangre con gasas.

El aire en el cuarto era tenso. Gael miraba a Daniela con el ceño fruncido. Ella evitaba sus ojos, concentrada en sacar la bala. La encontró cerca del músculo, la atrapó con unas pinzas y la dejó caer en un vaso de cristal. El sonido seco rompió la tensión por un segundo. Luego desinfectó la herida y la vendó apretado, con varias vueltas de tela.

Gael soltó un suspiro largo y se desplomó en la cama. Daniela se sentó a su lado, sin dejar la pistola lejos.

—¿Por qué sigues aquí? —preguntó Gael, con voz baja. Parecía más cansado que herido—. Pudiste correr cuando Bruno se fue.

Daniela tardó en responder. Miró el arma en sus manos y después el rostro pálido de Gael.

—Porque si tú mueres, yo muero —contestó, seca—. Y porque no soy igual a ellos. No abandono a la gente así.

Gael apartó la vista y se llevó la mano al vendaje. Cerró los ojos, como si pesara todo lo que le acababan de decir.

—No tienes idea de lo que viene ahora. Esto no termina aquí. Mi madre no va a soltar el control tan fácil.

—¿Doña Inés? —preguntó Daniela, la mandíbula tensa.

Gael asintió, abriendo los ojos despacio.

—Ella va a culparme de todo. Si te encuentran aquí, te matan. Y Rocío tampoco sale viva.

El nombre de Rocío le apretó el pecho a Daniela. Se levantó de golpe y empezó a hurgar en los cajones.

—¿Qué haces? —Gael intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a quedarse sentado.

—Necesito mi celular. Alguien tiene que venir. O llamar a la policía, no sé.

Rebuscó entre papeles, encontró el teléfono y apretó el botón. Nada. Batería muerta. Soltó el aparato sobre la cama con rabia.

—Estamos atrapados —dijo Gael, con una sonrisa amarga—. Por lo menos tienes compañía.

Daniela le lanzó una mirada de rabia y miedo. Escuchó entonces pasos en el pasillo. Voces que subían por la escalera.

Se acercó a la puerta, intentando escuchar mejor. Gael la agarró del brazo bueno.

—No salgas. Si te ven, esto se acabó.

Daniela dudó. Se pegó a la pared, sintiendo las manos húmedas de sudor. Alguien golpeó la puerta fuerte.

—¡Montenegro! ¡Sabemos que estás ahí! ¡Abre ya! —Era la voz de una mujer, dura, sin temblor.

Gael y Daniela se miraron. Daniela tragó saliva y susurró:

—Es ella. Doña Inés.

La tensión en el aire creció, casi se podía sentir en la piel. Gael se sentó más derecho en la cama, apretando los dientes.

—No hagas locuras —le pidió—. Si quieren entrar, lo van a hacer.

Daniela miró la ventana. Afuera la lluvia golpeaba el cristal y las luces de autos extraños iluminaban la calle. Pensó en escapar, pero el salto era alto y el piso estaba mojado. No tenía salida.

El golpe en la puerta se repitió, más fuerte. Después, el sonido de llaves y el seguro girando. Daniela levantó la pistola, pero Gael le puso la mano encima, bajándole el arma.

—No dispares. Si disparas, nos matan a los dos —dijo, bajito.

Daniela temblaba. Siguió apretando la pistola, pero ya no tenía la misma fuerza. La puerta se abrió con violencia. Doña Inés entró, seguida de dos policías armados. Llevaba un abrigo negro y tenía los ojos encendidos de rabia. Señaló a Gael directo, sin dudar.

—¡Ahí está! Él es el responsable. Deténganlo. Y a la mujer también.

Los policías entraron rápido. Daniela retrocedió hasta chocar con la pared. Uno de los policías levantó su arma y apuntó al pecho de Daniela.

Gael la miró, con el rostro pálido y resignado. Murmuró, casi sin voz:

—Confía en mí.

Daniela no alcanzó a moverse. El policía no bajó la pistola y la escena quedó congelada por un instante, con la amenaza de Doña Inés flotando en el aire, lista para caer sobre los dos.

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