Historia Abierta
Portada de Si él muere, tú mueres
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Capítulo 18 · ~5 min

La jugada final de Doña Inés

Doña Inés entró al cuarto sosteniendo el bolso con ambas manos, el rostro impecable, los labios apretados. Caminó sin prisa, ignorando la sangre en el piso y el olor a alcohol que flotaba entre las paredes. Los dos policías la seguían, atentos, midiendo cada paso de Daniela y Gael. En el aire pesaba ese silencio incómodo antes del desastre, pero Inés no titubeó. Al contrario, sus tacones sonaron secos en el mosaico.

—Deténganlos a ambos —ordenó, sin siquiera mirar a los presentes, como si diera instrucciones a empleados comunes.

Uno de los policías fue derecho a Gael, que apenas se mantenía en pie, el vendaje improvisado ya manchado de rojo. Daniela, con la bata salpicada y el cabello revuelto, dio medio paso al frente, la mandíbula tensa.

—Él está grave. Si no lo atienden, se va a morir aquí mismo —dijo, sin despegar los ojos de Inés.

—Ese ya no es mi problema —respondió Inés, la voz tan fría que el policía dudó—. Usted también va a pagar, señorita Paredes. Nadie queda libre de culpa.

El agente esposó a Gael, torpe, jalando el brazo herido sin cuidado. Gael gruñó, pero no peleó. El otro policía tomó a Daniela por el antebrazo, la presión firme, como si dudara de su fuerza. Inés se acercó a su hijo, bajó la voz lo justo para que solo él la oyera.

—Nunca imaginé verte así. Arrastrado por traicionar tu propio apellido. Por dejar que extraños entren a destruir lo que construímos —siseó, la mirada dura.

—Tú solo sabes culpar y mentir —escupió Gael, conteniendo un temblor—. Fue tu idea. Bruno solo hace lo que tú le ordenas.

Inés mantuvo la expresión imperturbable. Se giró hacia los agentes, ahora con una voz más fuerte.

—Registren la casa. Hay armas en el sótano y drogas escondidas. Bruno puede confirmar todo. Mi hijo y la señorita Paredes manipularon pruebas desde la supuesta muerte de Tomás. Yo solo he intentado proteger a esta familia.

El policía que sujetaba a Daniela la miró, luego bajó la voz.

—¿Está segura, señora? Esto no aparece en ningún informe.

—Ahora sí. Busquen y no pierdan tiempo —cortó Inés. Su tono era de alguien acostumbrado a mandar—. La familia Montenegro merece justicia, aunque duela.

Gael cerró los ojos un instante, el sudor bajándole por la sien. Daniela le sostuvo la mirada a Inés, sin parpadear. Inés no aflojó.

—Mi hijo se alió con enemigos, planeó la muerte de Tomás y esa mujer lo ayudó a ocultarlo. Revisen sus teléfonos. Seguro hay mensajes y llamadas sospechosas.

El agente revisó la mochila de Daniela, encontró el celular y lo levantó, esperando la señal de Inés. Ella asintió con un movimiento seco y se aproximó, la sonrisa apenas dibujada.

—Revíselo todo. Ahí debe estar la verdad —dijo, apretando los labios para no mostrar ansiedad.

Daniela intentó girar el cuerpo, pero el policía la sostuvo más fuerte. Su compañero comenzó a revisar el teléfono, deslizando el dedo por la pantalla. Inés se colocó justo a su lado, los ojos fijos en la pequeña luz del aparato.

Durante segundos, solo se escucharon los toques rápidos sobre el vidrio. El aire se sentía denso, mezclando el aroma a desinfectante y sudor. Inés cruzó los brazos, esperando el golpe final, la mirada fija en el móvil.

—Aquí hay mensajes de voz y varios videos —anunció el policía, bajando el volumen de su voz.

—Ponga uno. Quiero oírlo —ordenó Inés, la paciencia agotándose.

El policía activó el altavoz. Una voz distorsionada llenó la habitación, rápida, cortada, difícil de identificar. Inés frunció el ceño, apretando el bolso con ambas manos.

—Eso no sirve. Busque los mensajes de Gael. Seguro planeaban algo juntos —exigió, la voz más aguda.

Daniela levantó la barbilla.

—Revise la carpeta que dice ‘pruebas’ —indicó, mirando directo al policía—. Ahí está lo que buscan.

El agente obedeció y abrió la carpeta. Había videos, capturas de pantalla, audios. Inés sintió un hormigueo en los dedos. No dejó que se notara. El policía eligió un video y lo puso en pantalla completa.

En la imagen, Bruno, borracho, hablaba fuera de cuadro. Su voz arrastrada y la cara sudada, los ojos rojos.

—…la jefa dijo que no dejáramos testigos. Si Gael se mete, lo desaparecemos igual que a Tomás…

Inés estiró la mano hacia el teléfono, pero el policía lo apartó de inmediato.

—¡Eso es mentira! —gritó, perdiendo toda compostura—. Ese video está editado. No pueden usarlo. No saben cuándo ni dónde fue grabado.

Daniela soltó una carcajada seca.

—Ahí está. Usted y Bruno organizaron todo. Mi hermano no está muerto, y Gael tampoco es el culpable de nada.

La mirada de Inés se llenó de rabia. El control ya no era suyo. Las manos le temblaban más, pero no retrocedió.

—Eso no es prueba suficiente. Nadie te va a creer —musitó, la voz ronca, casi apagada.

El policía guardó el celular en una bolsa transparente, con movimientos lentos. Miró a su compañero, luego a Inés y a Daniela. La autoridad de la señora Montenegro ya no era absoluta.

—Esto lo revisará el fiscal. Nadie se va hasta que él llegue —dijo el agente, marcando distancia con la señora de la casa.

Inés giró la cabeza, buscando apoyo. Ninguno de los policías la miró. Daniela, con las esposas puestas, enderezó la espalda. Ahora era ella quien no bajaba la vista.

—Esto no ha terminado —susurró Inés, con la furia contenida en cada palabra.

Daniela se quedó callada. Solo le sostuvo la mirada. Por el pasillo, el sonido de sirenas se acercaba y voces desconocidas llenaban la casa. Inés sintió el control escurrirse de sus manos, lento e inevitable. Su jugada final se desmoronaba. Y Daniela tenía la prueba definitiva.

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