Capítulo 19 · ~5 min
La verdad se impone
La sirena de una patrulla llenó el pasillo. Daniela se agachó junto a Gael y buscó su pulso. La piel de él estaba fría y sudada. La sangre seguía manchando la venda improvisada. Gael la miró de reojo, apenas consciente.
Bruno forcejeó y gritó insultos cuando los policías lo arrastraron fuera de la sala. Uno de ellos le apretó el brazo con fuerza para que avanzara. Bruno lanzó una mirada de odio a Daniela. No dijo nada más. Sus botas hicieron ruido sobre los restos de vidrios y papeles.
Doña Inés no peleó. El policía le puso las esposas y ella levantó el mentón, mirando a Gael sin titubear. Su voz sonó firme, aunque baja:
—Esto no termina aquí, hijo. No lo olvides.
Gael no le respondió. Solo la miró con la mandíbula apretada. Daniela se concentró en limpiar la sangre con gasas, evitando los ojos de Inés. El ambiente se sentía más helado, cargado de algo tenso en el aire. Un policía revisó los cajones y sacó carpetas, buscando pruebas. Otro revisó el celular de Daniela con guantes.
Tomás apareció en la puerta, pálido y sudado, el arma baja. Caminó hacia el policía más cercano. Dejó caer la pistola y levantó ambas manos.
—Me entrego. Tengo información —dijo, mirando directo al agente.
El policía esposó a Tomás. Lo condujo hacia la salida, sin brusquedad. Tomás no la miró. Sus hombros caídos y el paso lento mostraban cansancio. Al salir, por un segundo pareció despedirse de Daniela, pero no dijo nada. Ella sintió un vacío, un hueco imposible de llenar. Quiso llamarlo, pero las palabras no salieron.
Los agentes sacaron a Bruno y a Inés. Afuera, las luces de las patrullas pintaban la calle de azul y rojo. Daniela recogió vendas y botiquín, limpiando la mesa con manos temblorosas. Se paró junto a la ventana. Todo parecía más frío ahora. La casa, que antes la asfixiaba, estaba vacía y sin sentido.
Gael seguía en el suelo, la espalda contra la pared. No se quejaba. Miraba fijo el suelo, los labios apretados. Daniela se acercó para cambiar la venda. Gael la dejó hacer, el brazo rígido y los dedos manchados de sangre.
La puerta se abrió de golpe. Rocío entró derrapando, la cara marcada por el llanto y la ropa sucia. Corrió hacia Daniela y la abrazó tan fuerte que casi la tiró.
—¡Dani! Pensé que no salías viva. Te juro que pensé que te perdía.
Daniela abrazó a Rocío. Sintió el temblor de su amiga. Rocío se apartó rápido, mirando el desastre: Gael herido, la sangre, el desorden en la sala.
—¿Qué pasó? ¿Ya se acabó todo?
Daniela negó despacio. La voz apenas le salió:
—No sé. Tomás se entregó. Inés y Bruno están arrestados. Pero esto no termina, Rocío. No todavía.
Rocío se secó la cara con la manga y miró a Gael. Desconfianza pura, nada de simpatía. Él la miró un segundo, sin emoción. Daniela se agachó otra vez junto a Gael y le revisó la herida.
—¿Necesitas hospital? —preguntó en voz baja, sin soltarle el brazo.
—No puedo ir. Si salgo, no llego ni a urgencias —gruñó Gael, la voz áspera.
Rocío no se movía del marco de la puerta. Observaba a Daniela con miedo.
—¿Por qué lo ayudas? —susurró, sin acercarse.
Daniela no respondió. Cambiaba la venda con manos firmes. Evitó la mirada de Rocío, centrada en la herida de Gael. Por un momento solo se escuchaba la respiración rápida de los tres.
Gael rompió el silencio:
—Dani, ya hiciste suficiente. Tienes que irte. No te quedes aquí.
Daniela negó. Le temblaban los labios, pero apretó los dientes.
—No pienso dejarte solo —logró decir.
Gael se incorporó un poco, mordiéndose el dolor. Miró a Rocío, después a Daniela.
—No insistas. Si te quedas, no puedo protegerte. Ya no tengo control de nada. Hazme caso. Sal mientras puedes.
Rocío le tocó el hombro a Daniela, suave pero firme.
—Vamos, Dani. Ya no hay nada para nosotras aquí. Nos van a buscar a todos. No seas terca.
Daniela miró por la ventana. Vio a Tomás subiendo a la patrulla, esposado. Luego volvió a ver a Gael. Él parecía más solo y derrotado que nunca. Afuera, una ambulancia se alejaba despacio.
—¿Vas a quedarte? —preguntó Rocío apretando la mano de Daniela.
Daniela dudó. No podía moverse. La decisión pesaba en sus hombros. Sentía ganas de gritar, pero no salía ningún sonido.
Gael bajó la mirada y se llevó la mano al costado. La venda se humedecía más, pero no se quejaba. Cuando Daniela lo miró, él habló casi en susurro:
—Hazme caso. Si te quedas, solo te arrastro conmigo. No quiero eso para ti. Ya no.
Un policía entró. Uniforme arrugado, radio colgando del cinturón.
—Tienen que salir. Esta casa queda asegurada —ordenó, señalando la puerta.
Rocío tiró del brazo de Daniela. Ella se soltó con cuidado. Miró a Gael una última vez. No encontraba palabras.
Gael sostuvo su mirada. Los ojos ya no pedían ayuda, solo firmeza.
—Por favor, Dani. Vete.
Daniela cruzó la puerta. El golpe de la hoja resonó en el pasillo. Afuera, el aire olía a humo y a algo nuevo. La noche seguía esperando, llena de promesas que nadie podía nombrar.