Capítulo 20 · ~5 min
Salvar al enemigo
Daniela apoyó la cabeza contra el casillero, cerrando los ojos un momento. El olor a desinfectante picaba igual que siempre, pero ahora tenía otro peso. El hospital bullía detrás de la puerta: pasos apurados, voces al teléfono, camillas rodando. Ella sólo quería respirar sin pensar en disparos ni amenazas.
El uniforme le quedaba demasiado flojo. Había bajado de peso en esa semana, aunque nadie se lo había dicho. Abrió su casillero y sacó una botella de agua. Las manos le temblaban, pero logró dar un trago largo. Se sentó en la banca, hundida, con la vista perdida en la pared despintada.
Un par de enfermeros pasó discutiendo sobre turnos. Daniela apenas los notó. Buscó en el bolsillo su celular, pero seguía sin batería. No tenía a quién llamar. No quería a nadie ahora. Cerró los ojos y se frotó la cara, sintiendo las ojeras bajo los dedos.
El golpeteo en la puerta la sobresaltó. No contestó. Otra vez, más fuerte. Giró la cabeza, molesta. La puerta se abrió apenas y apareció Gael, sin el brillo de siempre, con la ropa sencilla de alguien que ya no manda. El cabestrillo le cruzaba el pecho y la barba crecida le daba aspecto de recién salido de una mala noche.
—¿Molesto? —dijo, voz baja, casi ronca. Se quedó en el marco, esperando.
Daniela lo miró de arriba abajo. Gael sin traje, sin guardaespaldas, sin órdenes. Solo un hombre cansado.
—Pasa. Ya qué —respondió, sin moverse.
Él entró despacio, cerró la puerta y se apoyó contra el escritorio. Miraba el suelo, girando una moneda entre los dedos libres. Se notaba incómodo, pero no retrocedió ni buscó palabras bonitas.
—Vine… porque quería hablarte antes de que todo cambie.
Daniela soltó un suspiro y se cruzó de brazos.
—¿Vienes a pedirme perdón? ¿O a decirme que todo fue un error?
Gael negó con la cabeza.
—No. Sólo quería darte esto —dijo, y sacó una libreta doblada del bolsillo—. Es de Tomás. Bruno la escondía. Hay cosas que te van a servir.
Daniela tomó la libreta sin abrirla. La sostuvo un buen rato, mirando la tapa manchada de tinta.
—¿Por qué ahora?
—Porque no me queda nada que esconder. Ni a ti ni a nadie.
Se hizo un silencio corto. Daniela dejó la libreta sobre sus rodillas.
Gael giró la moneda en la mesa, la vio rodar y caer. La atrapó con la mano izquierda.
—Me entregué, Daniela. Ya declaré todo. Si salgo, será porque me lo gané. Si no, lo acepto. Lo único que me importa es que sepas que nunca quise que te usaran. Ni a Tomás. Lo de Bruno fue… otra cosa. Yo sólo intenté arreglar el desastre cuando supe la verdad.
Daniela lo miró a los ojos. No buscó lástima, ni respuestas. Sólo lo observó, esperando algo más.
—¿Y eso qué cambia? —preguntó ella, bajando la voz.
—No sé si cambia algo. Pero tenía que decírtelo —dijo Gael, y se sentó en la silla frente a ella, con el brazo herido apoyado en la pierna. No la tocó ni se acercó más—. Lo que pasó no tiene arreglo. Pero tampoco quiero seguir con esta guerra. Ni contigo, ni con nadie.
Daniela apretó la libreta. La tentación de lanzársela era fuerte, pero no lo hizo. Se levantó, dio dos pasos por el cuarto y volvió a sentarse.
—Yo tampoco quiero más odio. Pero no sé si puedo confiar. Me cuesta, Gael. Me pesa. Ya no sé qué es justo y qué no.
Gael bajó la mirada. Se notaba agotado.
—No te pido que confíes ahora. Solo que no cierres la puerta. Si alguna vez… quieres hablar, aquí estaré. Sin armas. Sin mentiras. Solo yo.
Daniela guardó la libreta en el bolsillo. Se frotó la frente con las dos manos. El silencio se llenó con los ruidos del hospital, gente corriendo afuera, un altavoz con nombres y números de sala.
—¿Y ahora qué vas a hacer? Si sales libre, digo.
Gael levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos, pero la voz firme.
—No tengo plan. Ya no. Pero si tú quieres, podemos intentarlo. Desde cero. No te prometo nada más que la verdad.
Daniela lo miró un rato largo. Las palabras pesaban, pero no había dramatismo. Solo dos personas cansadas.
—No sé si puedo, Gael. Pero tampoco quiero seguir huyendo. Si hay un modo… podemos probar. Sin prometer nada.
Gael asintió. No sonrió, pero los hombros se le relajaron un poco. Se levantó de la silla, recogió su chaqueta del respaldo y la colgó en el brazo bueno.
—Eso me basta.
El altavoz llamó a Daniela para una urgencia. Ella miró la puerta, luego a Gael.
—Ahora tengo que trabajar. La vida sigue, ¿sabes?
—Sí. Cuídate, Daniela.
Gael salió sin mirar atrás. Cerró la puerta con suavidad. Daniela se quedó un momento más, respirando hondo, la libreta en el bolsillo y la cabeza llena de ideas nuevas. Se miró las manos, firmes por primera vez en días.
Salió al pasillo. El hospital seguía con su ritmo de carreras y voces. Daniela apretó el paso, lista para lo que viniera. No tenía certezas, pero sí una forma de seguir adelante. Y, al menos por hoy, le alcanzaba.