Capítulo 16 · ~5 min
Huellas en el sistema
El lunes a las siete, Melissa escondió la llave del taller dentro de una media, en el fondo del clóset. Después compró por internet dos pasajes a Medellín para la noche del sábado. No le dijo nada a nadie. Dairo había vuelto el domingo tarde y dormía en la sala, de espaldas a su puerta.
***
A las ocho, Ignacio la llamó por cuarta vez. Sonó hasta el buzón. Le escribió que necesitaba hablar con ella de trabajo, no de ellos, y el mensaje se quedó con un solo chulo gris.
Abrió el computador encima de la cama de la habitación 12. Cada archivo del sistema de Seguros Atlántico guardaba un registro: quién lo abrió, a qué hora y desde qué equipo.
Lo sabía porque él mismo había usado esos registros en sus primeros casos. Nunca se le había ocurrido usarlos contra su propia oficina. Era como revisarle los bolsillos a la familia.
Buscó el archivo de las treinta y ocho fotos. Lo había subido a las tres y diez del sábado. La primera persona que lo abrió fue el usuario lbarboza, a las tres y veintidós. Nadie más lo abrió ese día.
Después buscó en las fotos el año 2020. En la página nueve había una línea con la letra del tío: «clínica · 140 · señora».
Ignacio se acordó de una conversación vieja en un ascensor. Su jefa le había contado que su mamá murió en una clínica de Bocagrande y la dejó endeudada. Lo dijo en el piso nueve, el día que él llegó a Cartagena, con los ojos en los números del ascensor. Él no le había preguntado nada.
A las diez estaba en la oficina de Villadiego. El fiscal miró la pantalla del registro con las gafas en la punta de la nariz.
—Esto no es prueba —dijo—. Esto es una sospecha con hora.
—Es la hora en que la abrió, doce minutos después de que la subí. A las cinco ya estaba vacía la caja del taller.
—Eso se lo dijo la señorita Cassiani. Que lo diga ella, aquí, con su firma. ¿Dónde está?
—No me contesta desde el sábado. Le prometí algo y no lo cumplí.
—Entonces búsquela. Sin ella no tengo quién diga de dónde salieron esas fotos.
—¿Y si no quiere volver a verme? Tiene sus razones, fiscal.
—Eso no es asunto de la Fiscalía, Puello. Arréglelo como pueda, pero arréglelo antes del viernes.
Ignacio salió a la calle con el calor de las once encima. Se sentó en un banco del parque y sacó la libreta negra. Escribió «clínica, 2020, Bocagrande». Debajo escribió el nombre de su jefa y lo tachó. Después lo volvió a escribir.
Se acordó de su jefa en la reunión de bienvenida, sirviéndole tinto ella misma. Le había dicho que confiaba en él porque era de los que no se saltaban un paso. Ahora entendía por qué le gustaba eso.
***
Llamó a la clínica desde el carro. Dijo su nombre completo y su cargo, y pidió hablar con cartera. Era la primera vez en ocho años que usaba el carné para algo que no estaba en el reporte.
—Le habla Ignacio Puello, de la Unidad Antifraude de Seguros Atlántico. Necesito confirmar un pago de 2020.
—¿A nombre de quién, señor?
—De la paciente Ofelia Barboza. Una cuenta de unos ciento cuarenta millones.
—Un momento, por favor.
La música de espera duró cuatro minutos. Ignacio contó los carros que pasaban por la avenida para no pensar. Pasaron treinta y uno, casi todos taxis.
—Aquí la tengo. Cancelada en tres transferencias, en julio de 2020.
—¿Desde qué cuenta?
—Grúas Cassiani S.A.S. ¿Le mando el certificado al correo?
—Mándelo al correo personal, no al de la empresa. Le dicto la dirección.
***
A las siete de la noche llegó al edificio del Pie de la Popa. Le timbró a Melissa desde la portería tres veces. Nadie contestó. Al rato bajó Rubiela, con una bolsa de basura en una mano y las llaves en la otra. Tenía puesta una bata de flores y unas chancletas de Melissa que le quedaban grandes.
—Don Ignacio, ella no quiere bajar. Y yo tampoco quería, pero alguien tenía que botar la basura.
—Dígale que es por Dairo. Que el fiscal la necesita antes del viernes, y que yo no vengo a pedirle perdón, todavía.
—Se lo digo. Pero esa niña cuando se encierra no oye ni a la Virgen, y está encerrada desde ayer, comiendo galletas.
—Dígale también que tenía razón con lo de mi jefa.
—Eso sí le va a gustar oírlo. Ella dice que usted es terco, pero no bruto.
—¿Y usted qué dice?
—Que se vaya a dormir, don Ignacio, que tiene cara de velorio.
Rubiela botó la bolsa y volvió a subir. Ignacio caminó hasta el carro despacio, por la calle empinada, entre motos parqueadas y perros dormidos en la acera. Iba repasando las fechas en la cabeza, una por una, como repasaba los casos antes de un juicio.
El choque del sábado 6 lo había sabido el miércoles 3, por Yeison. Su jefa le había pedido que se lo contara a ella antes que al sistema, y él obedeció. El reporte entró al sistema el lunes 8, cuando el choque ya se había cancelado. Lo subió lbarboza.
El aviso salió a las ocho y cincuenta del sábado. A esa hora, lo del choque solo se lo había contado a una persona.