Capítulo 17 · ~5 min
Gaveta vacía
Rubiela le dio el recado el lunes a las siete y media, con la bolsa de basura todavía en la mano. Melissa estaba en la cama, con la luz apagada.
—Dice que es por Dairo, que el fiscal te necesita. Y que tiene algo de la señora que te tiene que mostrar.
—¿Eso dijo? ¿Con esas palabras?
—Con esas palabras, mi reina, y con cara de velorio. Ese hombre está más flaco que el viernes de la notaría.
—No me importa cómo está.
—Claro que no. Por eso me preguntas.
—Rubi, no empieces. Ya tengo bastante con lo mío.
—Yo no empiezo nada. Yo boto la basura y me voy a dormir, que mañana viene doña Gladys a llamar desde Miami.
El martes llegó un mensaje de Ignacio, el único que Melissa abrió en toda la semana: «Tengo la prueba de quién es la señora. Necesito verte antes del viernes». No le contestó. Lo leyó once veces y lo guardó en una carpeta del celular que no tenía nombre.
El jueves llamó al tío y le dijo que los paisas de Bocagrande querían ver la casa el lunes. El tío dijo «bueno» y colgó. No preguntó nada más, y eso a Melissa no le gustó.
Esa noche hizo un morral para ella y otro para Dairo. Metió la ropa de diario, las cédulas y los pasajes impresos. Al final metió una foto de los cuatro en la playa de Marbella, la única que tenían de sus papás.
***
El viernes a las cinco de la mañana, el barrio El Bosque todavía estaba oscuro. Melissa abrió el portón del taller con la llave de bronce. Hizo menos ruido del que esperaba. La Negra estaba en el fondo, igual que siempre, con el gancho quieto.
Cruzó el patio sin prender la linterna. Conocía cada llanta y cada charco de aceite desde los doce años. La puerta de la oficina de atrás estaba cerrada, y la llave entró en la cerradura sin esfuerzo.
El archivador gris estaba contra la pared, al lado de la caja fuerte. Tenía cuatro gavetas. La carpeta de Dairo estaba en la segunda, con su nombre escrito en marcador negro; ella la había visto el viernes de las fotos.
Abrió la segunda gaveta. Estaba vacía. Abrió las otras tres, y estaban vacías también.
—Siéntate —dijo el tío desde la oscuridad—. El tinto está caliente.
Prendió la lámpara del escritorio. Estaba sentado en su silla, con la misma camisa de cuadros de trabajo y dos pocillos de tinto delante. Uno era para ella, y ya no echaba humo. Llevaba ahí desde mucho antes de que ella abriera el portón.
—¿Cómo supiste?
—Los paisas no existen, Melissa. Me los inventé el domingo, en el cementerio, para ver si me mentías. Me mentiste el jueves.
—Igual que yo con el bogotano. Una mentira con detalles para ver si la repetía.
—Tú aprendiste eso de mí, en esta misma oficina. Y la carpeta ya no está aquí: a las ocho en punto llega a la Fiscalía.
—Es tu sobrino. Lo criaste tú.
—Por eso lo denuncio yo, con abogado, antes de que lo denuncie tu bogotano. El que denuncia primero escoge el cuento.
Melissa se quedó de pie. Los dos pocillos seguían llenos entre ellos, y ninguno los tocó. Afuera empezaban a cantar los gallos del barrio.
Entendió el cuento sin que él se lo explicara.
En la carpeta, Dairo firmaba solo. El tío aparecía como el dueño engañado por un empleado, y Dairo como el muchacho que se metió en malos pasos. Catorce reclamos con su firma, ninguno con la del tío. Ella había traído la llave para salvarlo, y el tío la había usado para escoger la hora.
***
Llegó al apartamento a las siete y media. Dairo estaba sentado en la sala, vestido, con un morral en el piso. No la miró cuando entró. Tenía los ojos rojos y la cara lavada, y se había puesto la camisa de cuadros de las misas.
Melissa se sentó en el otro extremo del sofá. No le dijo dónde había estado. Él tampoco preguntó. Durante media hora oyeron juntos el ventilador y los buses de la avenida. Era igual que cuando eran niños y esperaban a que el tío llegara del taxi.
A las ocho y dos sonó el celular de Dairo. Era un mensaje con una foto. Él la miró mucho rato, sin moverse, con los codos en las rodillas.
—El tío me denunció —dijo—. Dice que lo hizo por tu culpa.
—Dairo, escúchame. Hay algo del tío que tú no sabes, y te lo tengo que decir con calma.
—Ya sé lo que tengo que saber. Él me crió, y tú te fuiste con el que me iba a meter preso.
—Me fui con el único que te podía sacar. Te iba a sacar primero, a ti, antes que a nadie.
—Siempre me vas a sacar primero, Meli. Y nunca me preguntas si quiero salir.
—Te estoy preguntando ahora. Tengo dos pasajes para mañana en la noche.
—Ahora es tarde. Me voy donde un amigo, y el martes voy solo a la Fiscalía.
Cogió el morral y salió. No tiró la puerta. La cerró despacio, igual que cuando eran niños y se escapaba a jugar fútbol de noche.
Melissa se quedó sola en la sala. A los dos minutos le vibró el celular. Dairo le había reenviado la foto, sin una palabra.
Era un papel con sello de la Fiscalía 23 Seccional, la copia del recibo de radicación. Arriba, en mayúsculas, decía DAIRO CASSIANI JULIO. Abajo estaba la cita: martes, nueve de la mañana.