Capítulo 18 · ~5 min
Carné devuelto
El viernes a las once de la mañana lo llamó Villadiego. Dijo que a las ocho y dos un abogado había radicado una denuncia de Ezequiel Cassiani contra su sobrino Dairo. Catorce reclamos falsos, con firmas y fechas. Al muchacho lo citaban el martes a las nueve.
—El tío se adelantó —dijo el fiscal—. Ahora el que tiene la carpeta es él, y el que está solo es el muchacho.
—¿Todavía sirve el principio de oportunidad?
—Sirve si el muchacho habla primero, y si tengo a la persona de adentro. ¿La tiene?
—La tengo. Mañana a las nueve se lo confirmo.
—¿Va a hablar con ella antes que conmigo? Eso es un error, Puello.
—Es mi jefa. Le debo la oportunidad de explicarse.
Ignacio no durmió esa noche. Imprimió el registro del sistema, el certificado de la clínica y la foto de la página nueve del libro. Los metió en una carpeta azul, igual a la que le había dado su jefa el día que llegó.
***
El sábado a las nueve, el piso nueve de Seguros Atlántico estaba casi vacío. Liliana Barboza lo esperaba en su oficina, con la puerta de vidrio cerrada y el aire acondicionado muy alto.
Tenía el pelo recogido y una taza de té que no tocó. En la pared había un diploma de 2015 y una foto de una señora mayor, de blusa blanca, sonriendo en una terraza.
Ignacio puso la carpeta encima del escritorio. Ella no la abrió.
—Usted abrió mis fotos a las tres y veintidós, señora. A las cinco, Ezequiel Cassiani vació su caja fuerte.
—Yo abro todo lo que usted sube, Puello. Es mi trabajo.
—La clínica de su mamá la pagó Grúas Cassiani, en julio de 2020. Ciento cuarenta millones.
—¿Y a usted quién le dio permiso para pedir eso?
—Nadie. Por eso se lo traigo a usted primero, antes que a Bogotá.
Liliana sacó un sobre del cajón y lo puso al lado de la carpeta. Adentro había una memoria USB y una carta con el logo de la empresa.
—Ayer el abogado de Ezequiel Cassiani me trajo una copia de su computador. Tiene un caso de motos de 2023 con nombres y cédulas de asegurados. Datos de la empresa, Puello, en manos de los Cassiani.
—Era un computador falso. Lo armé para engañarlo.
—Con datos verdaderos. Queda suspendido desde hoy, mientras Bogotá investiga. Su carné, por favor.
Ignacio lo sacó de la billetera. Lo miró un segundo, con su foto de hace ocho años, y lo puso encima del sobre. Liliana lo guardó en el cajón sin mirarlo.
El ascensor tardó en llegar. Ignacio bajó los nueve pisos con la carpeta azul debajo del brazo. Nadie le había pedido la carpeta. A ella no le importaba lo que hubiera adentro, porque sabía que sin carné ya nadie en la empresa lo iba a oír.
En la calle se sentó en el borde de una jardinera. Pensó en el ascenso, en Bogotá y en ocho años de trabajo limpio. Le dolieron menos de lo que esperaba. Le dolió más acordarse de Melissa, la noche del sábado, colgándole el teléfono.
Se había equivocado dos veces con la misma persona. Le había contado el choque a su jefa antes que al sistema, y había subido las fotos al sistema que ella leía. Las dos veces lo hizo por obedecer. Su papá había quemado una ferretería por plata. Él había quemado el caso por cumplir el reglamento.
***
A las nueve de la noche, la terminal de transportes olía a fritos y a diésel. Melissa estaba sentada en una banca de metal, frente a la puerta doce, con dos morrales en el piso. El bus a Medellín salía a las diez y cuarto.
Tenía los dos pasajes en la mano. Ya estaban arrugados de tanto doblarlos. Le había escrito a Dairo a las seis, a las siete y a las ocho, siempre lo mismo: la hora, la puerta y «te espero».
A las nueve y diez le llamó Rubiela.
—¿Ya llegó el muchacho?
—Todavía no. Va a llegar.
—Ese muchacho no sabe llegar a ninguna parte sin que tú lo lleves. Ya sabes eso.
—Rubi, si me vas a regañar, cuelga.
—Yo nunca te regaño. Yo te digo las cosas con cariño, que es distinto.
—Entonces dímelas con cariño y rápido, que me quedo sin pila.
—Te digo que doña Gladys llamó y preguntó por ti. Le dije que estabas de viaje. No me gustó cómo me sonó.
A las nueve y veinte le vibró el celular. Era Dairo. «No voy, Meli. Me quedo para el martes. No me busques».
Melissa leyó el mensaje dos veces. Después dobló los pasajes una vez más y los metió en el bolsillo del morral de él. Los buses entraban y salían con las luces prendidas, y la gente corría con maletas. Una señora vendía tintos en un termo y le ofreció uno. Melissa dijo que no con la cabeza.
Otra vez lo había hecho todo sola. Había mentido al tío, a Dairo, a Rubiela y a Ignacio, y al final no tenía a nadie en la banca. Quedaban cincuenta minutos para el bus y ninguna razón para subirse.
No lo oyó llegar. Solo sintió que la banca se movía un poco cuando alguien se sentó a su lado. Olía a camisa de lino y a calle. Era Ignacio, sin carné, con una carpeta azul en las rodillas.