Capítulo 19 · ~5 min
Trampa en San Diego
—Rubiela me dijo dónde estabas —dijo Ignacio—. Me dijo también que si te hacía llorar, me tiraba de la muralla.
Melissa no lloró. Se quedó mirando la carpeta azul que él tenía en las rodillas. Él la abrió sin que ella se lo pidiera. Adentro estaban el registro de las tres y veintidós, el certificado de la clínica y la página nueve.
—Es ella —dijo Melissa—. La señora es tu jefa.
—Me quitó el carné esta mañana, delante de todo el piso. Ya no soy nada en la empresa.
—Entonces estamos iguales. Yo tampoco soy nada en la mía.
—Tu hermano no vino.
—No. Prefiere sentarse solo el martes. Dice que yo siempre lo saco primero y nunca le pregunto.
—Tiene razón en eso. Pero solo no se tiene que sentar.
—Cuéntame todo. Lo que falta.
Y ella le contó todo, por primera vez en su vida sin guardarse una parte.
Los años de negocios con Rubiela. La voz de vendedora. La llave del tío, la gaveta vacía, los paisas que no existían. Al final le pidió ayuda, en voz alta, con esa palabra. El bus a Medellín salió a las diez y cuarto sin ellos.
El domingo pasaron dos cosas que no planearon.
La tía Nayibe sacó el libro de la caja de herramientas de La Negra, donde el tío lo escondía.
Se lo llevó a Rubiela envuelto en un delantal. Dairo, después de hablar dos horas con la tía en la cocina de Manga, llamó él mismo a Villadiego. Esa tarde supo lo de la deuda. Esa noche le escribió a Melissa una sola palabra: «Voy».
Melissa pasó la noche del domingo en Casa Balcones, ensayando con Rubiela cada frase del lunes. Rubiela hacía de tío. Lo hacía tan bien que a las once las dos tuvieron que parar para reírse.
***
El lunes a las cuatro de la tarde, Casa Balcones estaba más fresca que nunca. Rubiela había trapeado el patio y prendido la cámara del zaguán, que llevaba años apagada. La luz roja se veía desde la puerta.
A dos cuadras, en una camioneta blanca sin letreros, Ignacio esperaba con Villadiego y cuatro agentes. Tenía unos audífonos prestados y no podía quedarse quieto. La grabadora que oían no estaba en el zaguán. La llevaba Dairo en el bolsillo del jean, porque el tío nunca revisaba a su sobrino.
El plan era sencillo. Melissa le había mandado decir al tío que tenía el libro y que lo vendía. Doscientos millones y la denuncia retirada. Con una condición: la señora tenía que venir, porque su nombre también estaba en esas páginas.
El tío llegó puntual, con la guayabera blanca. Detrás venía Liliana Barboza, de gafas oscuras, y detrás de los dos, Dairo. Dairo no la miró. Se paró al lado del tío, con las manos en los bolsillos del jean.
El domingo, por orden de Villadiego, Dairo le había pedido perdón al tío. El tío le creyó, porque necesitaba un testigo de su lado.
El tío no saludó. Revisó a Melissa de arriba abajo con las manos, como revisaba los carros que le llegaban al taller. Le sacó el celular del bolsillo y se lo guardó. Después miró la luz roja del zaguán, arrancó el cable de la cámara y lo tiró al piso.
—Ahora sí, mija. Muestra el libro.
—¿Y la plata, tío? Doscientos millones, como quedamos.
—La plata la ves cuando yo vea las páginas. Así se hacen los negocios, tú lo sabes mejor que nadie.
Melissa puso el cuaderno verde encima de la mesa del patio. Liliana se quitó las gafas para verlo. Pasó las páginas despacio, con la punta de una uña, hasta la página nueve.
—Esto se quema hoy mismo —dijo Liliana—. No me interesa lo demás. Lo demás es problema de Ezequiel.
—Antes de que lo quemen, quiero entender una cosa. Dairo firmó catorce reclamos y el martes se sienta solo. Alguien en la aseguradora se los aprobó.
—Tu hermano firmó como testigo, y yo aprobé los catorce. Así es este negocio. Por eso tu tío no se preocupa por él.
—Cállese, Liliana —dijo el tío—. Usted habla demasiado.
En la camioneta, esa era la frase que esperaban. Villadiego dijo «ya» sin subir la voz.
Dairo sacó la mano derecha del bolsillo. Tenía una grabadora pequeña, negra, con la luz verde prendida. La puso encima del libro, al lado de la uña de Liliana. El tío miró la grabadora sin entenderla.
Desde el zaguán entraron cuatro hombres con chalecos del CTI. Detrás de ellos venía Villadiego, con el lapicero en el bolsillo de la camisa, y detrás de Villadiego, Ignacio. Nadie corrió. Nadie gritó. Liliana se sentó en una silla del patio y se puso otra vez las gafas.
Al tío lo esposaron con las manos delante. No se resistió. Miró a Dairo un rato largo, y después miró a Melissa.
—¿Desde cuándo lo sabe tu hermano?
—Desde ayer. La tía le contó lo de la deuda, tío. Toda.
—Esa deuda era para cuidarlos.
—Usted nos cuidó para cobrarnos. Eso no es cuidar.
—Tú eras la mejor que yo tenía. Mejor que Dairo, mejor que yo a tu edad.
—Por eso me fui a vivir lejos de usted. Para no ser mejor que usted en lo mismo.
Ella esperaba rabia. Encontró otra cosa, algo parecido al orgullo, y eso le dolió más. El tío había enseñado a sus sobrinos a leer a la gente, y los sobrinos lo habían leído a él. Cuando los agentes se lo llevaban, se dio la vuelta en la puerta del zaguán, al lado del cable arrancado.
—El martes tu hermano igual se sienta frente al fiscal. Y yo también voy a hablar.