Historia Abierta
Portada de Te Iba a Estafar
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Capítulo 20 · ~5 min

Ya no te estafo

El tío cumplió su palabra, porque siempre la cumplía. El lunes en la noche, desde la URI, le contó a un fiscal de turno que la cabeza de todo era su sobrina. Dijo que Melissa había estafado turistas durante años en una casa de San Diego. Era verdad. Por eso dolía.

El martes a las nueve, Melissa y Dairo se sentaron juntos frente a Villadiego, en el tercer piso de la Fiscalía 23. Ignacio esperaba afuera, en el pasillo, con un tinto que se le enfrió en la mano. Melissa llevaba la blusa blanca de las notarías. Era la única que tenía planchada.

—Su tío dice que usted manda en Casa Balcones —dijo Villadiego—. ¿Es cierto?

—Es cierto. Yo inventé los negocios y Rubiela me ayudó. Le doy los nombres, las fechas y lo que cobré.

—¿Sabe que eso la mete a usted en el expediente?

—Lo sé. Pero si miento hoy, mi hermano se sienta solo otra vez. Ya lo hice demasiadas veces.

—Entonces empiece por el principio. Despacio, que yo escribo a mano.

Habló dos horas y media, sin una frase de vendedora. Contó la deuda falsa, las fotos, la caja fuerte y la grabadora. Contó también lo suyo, turista por turista. Dairo contó los catorce reclamos, uno por uno, con las placas de los carros. Al mediodía, Villadiego cerró el cuaderno y se quitó las gafas.

—Voy a pedir el principio de oportunidad para su hermano. Lo suyo lo vemos aparte, con un preacuerdo.

—¿Y el tío?

—El tío y la señora Barboza van a juicio. Con esa grabación, no les va a alcanzar el abogado.

***

El juez aceptó el principio de oportunidad seis semanas después. Dairo salió de la audiencia con el pelo recién cortado y una camisa prestada. Consiguió trabajo en un taller de Turbaco, lejos de las grúas. Los domingos llamaba a su hermana, y cada vez le preguntaba algo antes de que ella pudiera arreglarle la vida.

Melissa firmó el preacuerdo en diciembre. Tenía que devolver lo que pudiera y presentarse cada mes ante un juez durante tres años. Rubiela firmó el mismo papel, con su letra redonda, y salió diciendo que nunca había firmado nada tan barato.

La tía Nayibe declaró contra su marido un jueves. Ese mismo día vendió la casa de Manga y se fue a vivir con Rubiela a Casa Balcones. Las dos empezaron a vender almuerzos en el patio, debajo del mango. Rubiela cobraba y Nayibe cocinaba, y nadie tenía que mentir sobre el precio.

A Ignacio lo llamaron de Bogotá en diciembre. Lo habían investigado y no encontraron nada. Le devolvieron el carné, con la misma foto de hace ocho años, y le ofrecieron otra vez el ascenso. Él dijo que no.

Pidió quedarse en Cartagena, en un puesto más bajo y con un sueldo más corto. Su jefe nuevo no entendió la razón, y él tampoco se la explicó.

Antes de Navidad tomó un bus a Barranquilla. Bajó en Rebolo y caminó tres cuadras hasta una casa de rejas verdes. Orlando Puello estaba sentado en la terraza, más flaco y con el pelo blanco. Tenía la misma manera de cruzar las piernas que tenía Ignacio.

—Te tardaste catorce años —dijo Orlando.

—Me tardé lo que me tardé. ¿Me vas a hacer pasar o no?

—Pasa. Hay jugo de corozo.

—Hay una mujer en Cartagena. Le debía la verdad a ella, y ahora te la debo a ti.

—A mí no me debes nada, Ignacio. A ella sí, si es buena.

—Papá, yo también quemé una cosa. Un caso. Por cumplir.

—Entonces ya sabes que uno quema cosas por las razones equivocadas. Siéntate, mijo.

Hablaron hasta las seis. Ignacio no sacó la libreta en toda la tarde. En el bus de regreso la abrió por última vez y escribió una sola línea: «Rebolo. Volver en enero».

***

Tres meses después del martes en la Fiscalía, la azotea de Casa Balcones olía a corozo y a pescado frito. Abajo, en el patio, Rubiela y Nayibe peleaban por la sal.

La muralla se veía naranja con el sol de las cinco. Desde abajo se oía a Rubiela pedir que nadie contara lo de la peluca, y a Nayibe contarlo todo.

Doña Gladys Herazo había llegado de Miami esa mañana. No tenía peluca rubia ni collar de perlas. Tenía el pelo corto y gris, sandalias de cuero y un acento de Sincelejo que no se le había quitado en cuarenta años.

—Así que usted es el que casi me compra la casa —le dijo a Ignacio.

—Casi, señora. Le pregunté a usted por la escalera, pero no era usted.

—Ya me contó Rubiela. Dice que le salí muy bien en la pantalla. Que yo era más bonita en Miami.

—Era más rubia, señora. Bonita es igual.

Doña Gladys se rió y bajó al patio a probar el pescado. Melissa e Ignacio se quedaron solos en la baranda. Ella tenía los zapatos en la mano y los pies descalzos sobre el cemento caliente.

—Me falta decirte una cosa —dijo Melissa—. Desde el primer día te la debo.

—Dímela.

—Te iba a estafar, Ignacio. Doscientos millones, en esta misma casa, con una dueña de mentira. —Se acercó hasta que le tocó el hombro con el suyo—. Ya no te estafo.

Él no contestó con palabras. Le tomó la mano libre y se la apretó una vez, fuerte, como se cierra un trato. Después bajaron juntos al patio, porque doña Gladys pedía más limón y alguien tenía que ir por él.

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