Historia Abierta
Portada de Te Iba a Estafar
  • 20 capítulos
  • 105 lecturas
  • Completada

+13

21

~5 min de lectura

Capítulo 14 · ~5 min

Orden de arriba

—La señora es tu jefa —dijo Melissa a las ocho de la mañana, por teléfono—. Yo te oí hablar con ella desde el balcón. Señora Barboza.

Ignacio estaba sentado en la cama de la habitación 12, con las treinta y ocho fotos abiertas en el computador de verdad. No había dormido. Había mirado la foto veintiuno tantas veces que ya la veía con los ojos cerrados.

—En la oficina de Cartagena le dicen señora a cuatro mujeres. A la secretaria, a la abogada, a la analista y a ella.

—Pero solo una sabía lo del sábado 6.

—No sé a quién se lo contó ella. Lo pasa al sistema el mismo día, siempre.

—Prométeme que no subes nada hasta que hablemos con Villadiego.

—Te lo prometí el viernes. Sigue en pie.

—Dilo otra vez. Quiero oírtelo.

—No subo nada. El lunes vamos juntos a la Fiscalía.

Melissa colgó. Ignacio se quedó con el celular en la mano, mirando la pantalla negra. Afuera, en la calle de la Factoría, alguien barría la acera con una escoba de palma.

En la pared, al lado del espejo, había un cuadro de la Torre del Reloj que había visto todas las mañanas desde que llegó. Ese sábado le pareció torcido. Lo enderezó con un dedo y volvió a sentarse. Tenía siete horas hasta las tres, y nada que hacer con ellas más que pensar.

A las dos de la tarde mandó las fotos al correo personal de Villadiego. El fiscal no contestó. Los sábados no contestaba a nadie, y menos a alguien de una aseguradora.

A las dos y media, Ignacio abrió el sistema de Seguros Atlántico. Era una pantalla azul con el logo de la empresa y una lista de casos. El suyo se llamaba «Red Cassiani», en letras grises, con la fecha de cierre en rojo.

Pensó en Bogotá, en el ascenso y en la fecha en rojo. Pensó en ocho años de reportes a tiempo y cuarenta y un casos cerrados sin una queja. Pensó en su papá sacándolo cargado de la ferretería, y en que él se había jurado no ser nunca un hombre que hace trampa.

Romper una promesa también era trampa. Lo supo, y aun así lo hizo. A las tres y diez subió las treinta y ocho fotos. En el reporte escribió una sola línea: «Libro de cuentas de la red, obtenido por fuente».

Se dijo que el sistema tenía cuarenta personas con clave y que la señora de la foto veintiuno podía ser cualquiera de ellas.

Se dijo que su jefa lo había traído a Cartagena, le había dado el caso y le había diseñado el papel. Las dos cosas eran ciertas, y ninguna lo tranquilizó. Cerró el computador y se quedó sentado en la cama hasta que se hizo de noche.

***

A las seis de la tarde, Melissa freía plátano en la cocina del apartamento. Dairo había llegado del taller con el overol sucio y estaba en la ducha.

Iban a comer juntos esa noche, después de una semana de horarios cruzados. Había plátano con queso y huevo, lo único que a él le gustaba de verdad.

El celular sonó encima del mesón. Era el tío, y el tío nunca llamaba los sábados a esa hora, porque a esa hora veía el noticiero.

—A las tres y diez tu bogotano subió treinta y ocho fotos al sistema de su empresa. Treinta y ocho, mija. Las mismas que tú tomaste ayer en mi oficina.

—Tío, yo no tomé ninguna foto. Yo fui a llevarte el computador.

—A las cinco la caja estaba vacía. No hay libro, no hay plata, no hay nada que buscar.

—¿Cómo sabes la hora?

—Porque a mí me cuentan todo lo que pasa en esa empresa. Te lo dije el viernes en el taller y no me creíste.

—Él no es policía, tío. Es de la aseguradora, nada más.

—Para mí es lo mismo, uniforme o corbata. Dile a tu policía que perdió, y tú piensa muy bien de qué lado vas a dormir esta noche.

El tío colgó. Melissa apagó la estufa. El plátano se quedó en el aceite, oscureciéndose, y el apartamento se llenó de olor a quemado.

Pensó en la oficina de atrás, en la caja abierta y en el cuaderno verde. Ahora estaría en cualquier parte: en una finca, en un carro, en el fondo del mar. Treinta y ocho fotos en el sistema de una empresa que le avisaba al tío. Era como haberle tomado las fotos para él.

Las tres y diez. Ignacio le había dicho a las ocho que no iba a subir nada. Ella le había creído con todo el cuerpo, igual que Dairo le creía a ella. Catorce años engañando gente, y la habían engañado con una promesa por teléfono.

Marcó el número de Ignacio. Él contestó al primer timbre.

—¿Subiste las fotos?

—Melissa, déjame explicarte. No es lo que el tío te dijo.

—¿Las subiste o no?

—A las tres y diez. Tenía que salvar el caso. Si no, Bogotá lo cerraba.

—El tío vació la caja a las cinco y lo supo antes que tú. No hay caso, Ignacio, y no hay nosotros.

Colgó antes de que él contestara. Al darse la vuelta vio a Dairo en la puerta, con el pelo mojado y una toalla en el hombro. Por la cara, supo que había oído todo.

—Me ibas a entregar con tu policía.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 5:31

¿Qué te está pareciendo la novela?

Para calificar la novela y dejar un comentario necesitas una cuenta gratis.

Inicia sesión para calificar la novela

Siguiente lectura