Capítulo 13 · ~5 min
Caja fuerte
El martes, en el carro y con el motor apagado, Ignacio le contó lo de su jefa. Hasta el sábado a las tres. Si no subía nada, Bogotá cerraba el caso y Villadiego se quedaba sin el principal testigo de la red.
—Entonces el viernes saco el libro —dijo Melissa—. Tú lo subes el sábado, después de llevarlo a la Fiscalía.
—A la Fiscalía primero. Al sistema, lo menos que pueda.
—Lo menos que puedas sigue siendo algo.
—Ya sé. Por eso necesito que tú tengas una copia.
—¿Y si el tío me pilla en la oficina?
—Sales. Dejas todo y sales por la puerta del patio. Ningún libro vale más que tú.
—Eso lo dices porque no conoces al tío.
El viernes a las seis de la tarde, Melissa entró al taller con el computador falso en un morral. Olía a grasa vieja y a llanta caliente. Los mecánicos ya se habían ido y el portón estaba medio cerrado. La Negra seguía en el fondo, con el gancho colgando, igual que el viernes de la semana anterior.
El tío la esperaba en el patio, con Jhon, el técnico del taller. Era un muchacho de gafas que arreglaba los GPS de las grúas y no hablaba con nadie. Jhon tenía un computador propio y una caja de cables encima de una llanta.
—¿Te costó mucho? —preguntó el tío.
—Le dije que quería ver una película en su cuarto. Se metió a bañar, se demoró veinte minutos y me lo llevé.
—¿Y cuándo se da cuenta?
—Mañana, cuando vaya a trabajar. Para entonces ya se lo devolví, si Jhon se apura. Le dejé el cargador en el escritorio para que no lo eche de menos.
—Jhon se demora lo que se tenga que demorar. Siéntate, que hay tinto.
—¿Y si tiene clave?
—Todos tienen clave. Jhon tiene paciencia.
—Voy al baño primero, tío, que vengo con el estómago revuelto.
El tío la miró, y después miró el computador. Pesaba más el computador. Le hizo una seña con la mano y se agachó al lado de Jhon, que ya estaba conectando cables.
***
El baño quedaba al fondo, al lado de la oficina de atrás. Melissa pasó de largo. La puerta de la oficina no tenía seguro, porque nadie en el taller se atrevía a abrirla.
La caja fuerte estaba debajo del escritorio, empotrada en el piso. Era negra, de botones, con una pantalla verde. Melissa probó primero la fecha de cumpleaños del tío, y la pantalla dijo error. Probó la boda del tío con Nayibe, y otra vez error.
Le quedaba un intento antes del bloqueo. Pensó en 2007, el año que el tío nunca nombraba en voz alta. Pensó en sus papás. Marcó uno, siete, cero, tres, ocho, siete: el diecisiete de marzo de 1987, el día que se casaron Wilfrido y Yolanda.
La caja sonó y se abrió. Adentro había fajos de billetes, dos escrituras y un cuaderno grande de tapa verde. Melissa lo reconoció de niña. Lo había visto mil veces abierto en el escritorio, y el tío siempre lo cerraba cuando ella entraba.
Le tomó fotos página por página, con el celular en silencio y el flash apagado. Las manos le sudaban. Contaba las fotos moviendo los labios, sin voz, para no perder la cuenta. Afuera se oía a Jhon teclear y al tío toser. Llegó a treinta y ocho cuando oyó pasos en el pasillo.
***
Cerró la caja y se agachó detrás del escritorio. Alguien empujó la puerta. No era el tío. Era Dairo, con el overol abierto y una gaseosa en la mano.
—¿Meli? ¿Qué haces aquí?
—Buscaba los papeles del carro. El Spark tiene el seguro vencido y el tío me dijo que estaban aquí.
—Están en la gaveta de arriba, en una carpeta azul. Yo los saqué la semana pasada para renovar el seguro, pero el tío no me dio la plata.
—Tú siempre sabes dónde está todo.
—Porque nadie más ordena en este taller. ¿Le aviso al tío que ya los encontraste?
—No. Me va a regañar por meterme en su oficina.
—Te regaña a ti y me regaña a mí, por no cuidarte.
—Entonces no le digas nada, y quedamos los dos limpios.
Dairo se rio y le pasó la carpeta azul. Le creyó todo, sin preguntar nada más. Melissa salió con la carpeta en la mano y la sonrisa puesta.
Afuera, Jhon desconectó los cables y le dijo al tío que ya estaba. El tío le devolvió el computador sin mirarla.
Ella se fue en el último bus, con el morral en las piernas, y no pensó en el libro. Pensó en la cara de Dairo, que le había creído sin dudar, porque nunca le había hecho falta dudar de ella.
Esa noche, en el apartamento, revisó las fotos en el baño con la puerta cerrada.
Dairo dormía en la sala con el televisor prendido. Ella pasó las fotos una por una y las mandó a Ignacio en un correo sin asunto, desde una cuenta nueva.
Después se sentó en el piso frío y las volvió a mirar despacio, con el brillo de la pantalla al mínimo. Había fechas, placas, nombres de testigos y sumas al lado de cada nombre. El de Dairo aparecía catorce veces.
En la foto veintiuno se detuvo. Era una línea de hacía dos semanas, con la letra apretada del tío: «Sábado 6 · cancelar · aviso de la señora».