Capítulo 12 · ~5 min
Fiscal Villadiego
A las ocho de la noche del domingo, desde la terraza del edificio, Melissa lo llamó. Le leyó el extracto línea por línea, con la voz baja para que Dairo no la oyera desde la sala. Ignacio no la interrumpió ni una vez. Al final le dijo que se pusiera ropa formal al otro día.
A las nueve de la mañana del lunes estaban en la Fiscalía 23 Seccional, en un tercer piso sin ascensor. La oficina de Villadiego tenía un ventilador de techo, dos sillas de plástico y una mata de sábila en la ventana. El fiscal leyó el extracto dos veces, con un lapicero en la mano, sin marcar nada.
Era flaco y alto, con gafas redondas y una corbata gris que parecía de otro año. Melissa lo leyó como leía a todo el mundo, por las manos y los zapatos. Las manos no le temblaban y el calzado estaba viejo pero limpio. Era un hombre que no se dejaba comprar, y eso la asustó más que un policía.
—Esto me sirve para el tío —dijo—. Para su hermano no me sirve todavía.
—Dairo firmó porque creía que debía doscientos millones —dijo Melissa—. Eso tiene que contar.
—Cuenta, señorita. Pero yo no le puedo prometer nada con un papel.
—¿Qué necesita? —preguntó Ignacio.
—Dos cosas. El libro de cuentas de la red, si existe, y el nombre de la persona que les avisa desde adentro.
—Existe. Mi tío anota todo en un cuaderno grande, desde que yo era niña. Lo guarda en la caja fuerte del taller.
—Entonces tráigame eso y hablamos del principio de oportunidad. La Fiscalía deja de acusar a quien le ayuda a atrapar a los de arriba. No es un regalo, señorita: su hermano paga con la verdad.
Villadiego se levantó y abrió la ventana, aunque afuera hacía más calor que adentro. Dijo que tenía audiencia a las diez. En la puerta le dio la mano a Melissa y le dijo que no se fuera de Cartagena sin avisarle.
Bajaron los tres pisos sin hablar. En la calle, Ignacio compró dos tintos en un carrito y le pasó uno, sin azúcar, como ella lo tomaba.
Melissa pensó que era la primera vez que entraba a una Fiscalía sin miedo a quedarse adentro. Tenía veintiocho años y catorce de mentiras, y acababa de decirle la verdad a un fiscal. Le había costado menos de lo que creía.
***
A las seis de la tarde volvieron a la muralla, al mismo baluarte de Santa Catalina. Había menos turistas que el jueves y más viento. Los vendedores de raspao recogían sus carritos.
Melissa le había contado todo de su familia. Él, en cambio, le había dado una ferretería y nada más. Se lo dijo así, sin rodeos, sentada en el muro con los pies colgando hacia la calle. No le preguntó nada, porque sabía que a él las preguntas lo cerraban. Le dio el dato y esperó.
—Tu papá no tenía una ferretería. O sí la tenía, pero no es eso.
—La tenía. Se llamaba La Llave, en Barranquilla. La quemó él mismo en 2006 para cobrar el seguro.
—¿Cuántos años tenías?
—Catorce. Yo dormía en el cuarto de arriba. Me sacó él, cargado, antes de que llegaran los bomberos.
—¿Y después?
—Cinco años preso. Cuando salió, no le volví a hablar. Desde 2012 no sé si está vivo.
—Por eso te volviste investigador de seguros. Para meter presos a todos los papás que queman cosas.
—Para no ser el hijo de él. No me funcionó.
Melissa no dijo que lo sentía. Le puso la mano encima de la suya, sobre la piedra caliente, y la dejó ahí. Él no la quitó. El sol se metía detrás de Bocagrande y la muralla se volvía naranja.
Fue ella la que se acercó. El beso fue corto y torpe, con el viento metiéndole el pelo a los dos en la cara. Después se quedaron callados, mirando el mar, hasta que encendieron las luces de la avenida.
Ella pensó en Dairo, que a esa hora estaría viendo fútbol en el sofá sin saber nada. Él pensó en su papá, por primera vez en mucho tiempo sin rabia.
***
A las diez de la noche Ignacio estaba solo en la habitación 12, con el ventilador prendido y las persianas cerradas. El computador falso estaba listo encima del escritorio. Llevaba media hora mirándolo sin abrirlo.
Tenía el beso todavía en la boca y el extracto escaneado en el correo. Le había prometido a Melissa que no le contaría nada a su jefa hasta tener el libro. Era la primera promesa de trabajo que hacía sin pedir permiso, y no sabía cuánto le iba a durar.
El celular sonó. En la pantalla decía «Liliana Barboza». Ignacio contestó de pie, con la espalda recta, igual que en las reuniones de los lunes.
—Puello, llevo cuatro días sin un reporte suyo. Cuatro, desde lo del banco.
—Estoy cerca, señora. No quiero subir nada a medias.
—Usted no decide qué es a medias. Bogotá me pregunta todos los días, y yo no tengo qué decirles.
—Le pido una semana más.
—Le doy hasta el sábado. A las tres de la tarde quiero ver en el sistema todo lo que tenga, fotos, nombres, todo.
—¿Y si el sábado no tengo nada?
—El sábado a las tres me sube todo al sistema o le cierro el caso, Puello. Y se devuelve a Bogotá sin ascenso.