Historia Abierta
Portada de Te Iba a Estafar
  • 20 capítulos
  • 105 lecturas
  • Completada

+13

21

~5 min de lectura

Capítulo 11 · ~5 min

Sancocho de domingo

—A mi jefa —le había contestado Ignacio el viernes, en el zaguán—. Y al sistema, que es lo mismo que contárselo a cuarenta personas.

—¿Y tu jefa a quién se lo cuenta?

—A nadie. Lleva once años en la empresa y es la que más casos ha cerrado en la Costa.

—El tío también lleva años sin que lo cierren. No te ofendas, pero eso no me dice nada.

—Me dice a mí. Busca en otra parte, que con ella no vas a encontrar nada.

Melissa se acordó de esa frase el domingo a la una, sentada a la mesa de Manga. Cuarenta personas con clave, y una de ellas le avisaba al tío. No sabía cuál, y él no quería buscar donde ella le había dicho.

La casa de Manga tenía dos pisos, rejas blancas y un patio con una mata de plátano que la tía cuidaba como a un hijo. El tío la había comprado en 2021, de contado. Melissa nunca se había preguntado de dónde había salido esa plata, y ahora no podía dejar de preguntárselo.

El sancocho de gallina llegó a la mesa en una olla de aluminio. La tía Nayibe sirvió primero al tío, después a Dairo y al final a ella. Era la misma orden de toda la vida.

—Este domingo estás muy callada —dijo el tío—. ¿Te cayó mal el bogotano?

—Me cae bien. Por eso es fácil, tío. Al que te cae mal no le crees nada.

—¿Y cuándo te deja entrar al cuarto?

—El miércoles me invita a cenar al hotel. Ahí veo el computador.

—Eso. Despacio, que tienes hasta el viernes y no hay que asustarlo antes.

Dairo levantó la cabeza del plato. Miró al tío y después la miró a ella, con la cuchara a medio camino.

—¿Qué computador? ¿De qué hablan ustedes dos?

—Del negocio de tu hermana —dijo el tío—. Tú come, que estás flaco.

Dairo bajó la cuchara y no preguntó más. Melissa vio cómo se le apagaba la cara, igual que cuando era niño y lo mandaban a acostarse antes que a los grandes. Él no sabía nada del computador ni del trato, y ella prefería que siguiera así.

Después del almuerzo pensó en subir al segundo piso, al cuarto donde el tío tenía su escritorio. Dijo que iba al baño. El tío se levantó al mismo tiempo, con el periódico en la mano, y se sentó en la sala, justo al pie de la escalera.

***

En la cocina, la tía lavaba la olla con una esponja de alambre. Tenía el delantal amarillo de siempre y los brazos mojados hasta los codos. Le pidió a Melissa que secara los platos, y Melissa entendió que no era por los platos.

La tía cerró la llave del agua y miró hacia la puerta. Desde la sala se oía el televisor con el partido del Junior.

—Tú no viniste a almorzar —dijo en voz baja—. Viniste a buscar algo arriba.

—Vine a verte, tía. Hace un mes que no venía, y tú siempre me reclamas.

—No me mientas, mi niña, que te enseñé a lavarte los dientes. Toma.

Sacó del bolsillo del delantal un papel doblado en cuatro. Era un extracto de Servicios Marrugo S.A.S., con el nombre de ella como representante legal. Melissa lo desdobló en el mesón. Se parecía a los cierres de caja que ella cuadraba cada noche en el Hotel Arenas.

—¿Qué es esto, tía? Aquí está tu nombre.

—Mi nombre está en todo, y yo firmo sin leer. Esta vez leí. Mira esta línea: doscientos millones que entran de Rentas Caribe, y tres días después salen.

—Salen al tío, a la cuenta de Grúas Cassiani.

—Tres días. La plata de tu hermano volvió a tu tío en tres días. No hay deuda, mi niña, nunca hubo.

Melissa tuvo que apoyarse en el mesón. Lo vio entero, en orden. La aplicación de inversiones, el amigo de Dairo que le juró el ocho por ciento, la carpeta, los treinta días: todo había sido del tío. Le había quitado la plata a Dairo para que Dairo le debiera la vida.

***

La tía le contó lo demás en dos minutos, con la llave del agua otra vez abierta para tapar la voz. Ella firmaba los papeles de Servicios Marrugo sin leerlos desde hacía años. Hacía seis semanas había leído uno.

No había dormido desde entonces. No se lo había dicho a nadie. Tenía cincuenta y siete años, una casa en Manga y un esposo que la quería. Acababa de entregarle a su sobrina lo que podía meterlo preso.

Melissa dobló el extracto y se lo guardó en el brasier. Le dio un beso a la tía en la frente mojada y volvió a la sala con los platos limpios. El tío no levantó los ojos del periódico. Dijo que el Junior iba perdiendo y que el sancocho había quedado bueno, como todos los domingos.

En el bus de vuelta, Dairo se durmió con la cabeza contra la ventana. Ella lo miró todo el camino.

Dairo tenía veintitrés años y dormía igual que a los cuatro, con la boca abierta y las manos entre las rodillas. El extracto le raspaba la piel cada vez que el bus frenaba. Tenía que contárselo, y no podía, porque Dairo no sabía mentirle al tío ni con la cara.

Sacó el celular y buscó el número que había guardado el viernes con otro nombre. Iba a llamar a Ignacio. A Dairo, todavía no.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 5:28

Siguiente lectura