Historia Abierta
Portada de Te Iba a Estafar
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Capítulo 10 · ~5 min

Cara a cara

La puerta de la azotea estaba abierta y sostenida con un ladrillo. Ignacio subió los veintidós escalones de la casa y después los nueve de la escalera de caracol, contándolos sin querer. Arriba, el sol de la una le pegó en la cara como una cachetada.

Melissa estaba sentada en el muro bajo, de espaldas a la muralla. Llevaba jeans y una camiseta blanca, y no tenía la voz de vendedora puesta. Tampoco tenía la medalla.

Tenía el celular en la mano con la foto del carné en la pantalla, y lo giró hacia él para que la viera bien. Él no necesitaba verla. La había mirado cuarenta veces desde la notaría, sentado en el carro alquilado con el aire apagado.

—¿Desde cuándo sabes? —preguntó él, sin saludar.

—Desde ayer a las diez y veinte, investigador Puello. Me escondí detrás de su cortina mientras usted hablaba con su jefa en altavoz. Tiene una cicatriz en la espalda.

—Entraste a mi cuarto. Eso es un delito.

—Usted entró a mi vida con una herencia falsa. Eso qué es.

—Es mi trabajo. Te usé para llegar a tu hermano, y no me voy a disculpar por eso.

—Y yo lo iba a estafar. Doscientos millones, en efectivo, antes de que su banco moviera un dedo. Estamos empatados.

—No estamos empatados. Yo no le quité la plata a nadie.

—Todavía. Y deje de tutearme, que no somos amigos.

Ignacio no dejó de tutearla. Se quedó de pie, con las manos en los bolsillos y la camisa pegada a la espalda por el sudor. Una hora después, sin darse cuenta, ella también lo tuteaba a él.

Se miraron sin hablar, cada uno esperando al otro. Abajo, en la calle de los Tumbamuertos, pasó un carretillero gritando aguacates. Ninguno de los dos se rio.

Melissa había ensayado esa conversación desde las ocho de la mañana, en la buseta, en el baño del hotel, en la escalera. En ninguna versión él se quedaba callado. En todas gritaba, amenazaba con la Fiscalía o se iba. Que se quedara ahí, quieto, mirándola, la desarmaba más que un grito.

***

Ella habló primero, y lo hizo sin mentir, que era lo más difícil que había hecho en años. Le contó la deuda de Dairo, la aplicación de inversiones, la carpeta de las catorce firmas. Le contó la llamada del tío a las ocho y cincuenta del sábado.

Le contó también lo de esa mañana en el taller. El tío sabía quién era él desde antes de que llegara a Cartagena. El tío se lo había mandado a ella.

—Eso no puede ser —dijo él—. Mi papel lo armó mi jefa aquí en Cartagena. Nadie más lo conocía.

—Pues alguien más lo conocía. El tío tiene a alguien adentro, y ese alguien sabía lo de tu cuenta marcada.

—Hay cuarenta personas con clave en esa oficina.

—Entonces no le cuentes nada a ninguna de las cuarenta. Ni a tu jefa.

—Mi jefa es la que me autoriza todo. Sin ella no hay caso.

—Sin ella hay un caso que el tío no ve venir. Con ella, el tío se lo sabe antes que tú.

—¿Y qué quieres a cambio?

—Que saques a Dairo. Que lo lleves con un fiscal que no sea amigo de nadie, y que el muchacho cuente lo que sabe sin ir preso.

Ignacio caminó hasta el borde de la azotea. Desde allí se veían la cúpula de San Pedro Claver y los techos de teja de San Diego. Se quedó mirándolos mientras pensaba, porque mirarla a ella no le ayudaba a pensar.

Conocía a un fiscal. Fermín Villadiego, de delitos contra el patrimonio, con quien había cerrado un caso de motos robadas en Barranquilla en 2023. Era un hombre aburrido, y eso, en un fiscal, era una virtud. No contestaba el teléfono a nadie de Seguros Atlántico desde hacía dos años, por una pelea que Ignacio nunca entendió del todo.

Después hicieron el trato en cinco minutos, como dos personas que llevan años cerrando negocios. Él llevaba a Dairo con Villadiego. Ella le conseguía pruebas de adentro del taller. Él armaba un computador falso, con un caso falso, para que el tío lo copiara el viernes 19 y se quedara tranquilo. Y él no le contaba nada a su jefa.

Eso último le costó más que lo demás. Ignacio llevaba ocho años reportando cada llamada, cada hora y cada nombre, y ese protocolo era lo único que nunca le había fallado. Ahora una estafadora le pedía que lo rompiera, y tenía razón.

El computador falso lo iba a armar él mismo esa noche. Un caso viejo de motos, unos correos inventados y una carpeta con el nombre de otra familia. El técnico del tío iba a copiar cuarenta gigas de nada.

***

Bajaron juntos por la escalera de caracol. En el patio, Rubiela barría hojas del mango y no levantó la cabeza, aunque había oído todo desde la cocina.

—Don Ignacio, ¿se va a quedar a almorzar? —preguntó Rubiela sin dejar de barrer—. Hay arroz con coco, y no tiene micrófonos.

—Otro día, doña Rubiela. Hoy ya comí bastante, gracias, y todo me cayó pesado.

En el zaguán, Melissa se detuvo frente a la cámara vieja que supuestamente no servía. Ignacio esperó a que abriera el portón, pero ella no lo abrió.

—Tengo una pregunta más.

—Dila.

—El sábado no hubo choque porque tú llamaste a alguien. ¿A quién llamaste?

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