Historia Abierta
Portada de Te Iba a Estafar
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Capítulo 9 · ~5 min

Taller de grúas

A las siete menos cinco, el portón del taller estaba abierto a medias. Melissa entró agachada, por debajo de la lata, como había entrado mil veces desde niña. Olía a aceite quemado y a café de greca.

La Negra, la grúa vieja, estaba parqueada en el fondo con el gancho colgando. No había mecánicos todavía. La luz de la oficina de atrás estaba prendida.

El tío la esperaba sentado detrás del escritorio de metal, con dos pocillos servidos. Llevaba la camisa de cuadros del taller, abotonada hasta el cuello. Le señaló la silla con la cabeza.

—Siéntate, mija. Tómate el café, que hoy vas a necesitar.

—Me dijiste sola. Aquí estoy sola.

—Ya sé. Por eso te quiero. Eres la única de esta casa que hace caso.

—Si es por la notaría, ya está todo listo. A las diez firma y paga.

—No vas a ir a la notaría.

Ezequiel abrió la gaveta del escritorio y sacó una foto impresa. Era Ignacio, sin gorra, con el carné de cordón rojo en el pecho. Melissa la reconoció enseguida: era la misma foto del carné que ella había tenido en la mano el día anterior.

—Ignacio Puello, de la Unidad Antifraude de Seguros Atlántico. Lo sé desde antes de que llegara. El amigo del hotel que te habló del bogotano era yo.

—¿Tú me lo mandaste?

—Te lo mandé para tenerlo cerca y saber qué busca. Tengo a alguien adentro de esa empresa. La cuenta de la notaría está marcada.

Melissa no tocó el café. Pensó en la avenida del sábado, en la llamada de las ocho y cincuenta. El tío no había cancelado el choque por ella. Lo había cancelado porque alguien de adentro le avisó.

Pero había algo más. Durante nueve días ella había creído que estaba engañando a alguien, y la engañada era ella. El tío la había usado de carnada, como se usa una sardina.

***

Ezequiel se levantó y fue hasta la caja fuerte, en la esquina. No la abrió. Puso la mano encima, como quien toca un animal que conoce.

Después volvió a sentarse y le explicó el trato nuevo con la paciencia de siempre. El bogotano tenía un computador con todo el caso. Ella iba a seguir con él, a ganarse su confianza, a entrar otra vez a su cuarto. Antes del viernes 19 le traía el computador por una hora, y el técnico del taller lo copiaba entero.

—Y la deuda de tu hermano se borra ese mismo día —dijo—. Los doscientos. Todo.

—¿Y para qué quieres el computador, si ya tienes a alguien adentro?

—Porque lo de adentro me cuenta lo que le reportan. El computador me dice lo que él no ha reportado todavía.

—¿Y si me pilla?

—No te va a pillar. Tú eres mejor que él. Te enseñé yo.

—¿Y si no quiero?

—Entonces Dairo tiene dieciocho días y una carpeta con catorce firmas. Tú decides, que ya estás grande.

—Ya decidí. Lo hago.

Lo dijo con la voz de vendedora, amable y sin un temblor. Era la primera mentira que le decía al tío sabiendo exactamente lo que hacía. Él le dio una palmada en el hombro y la acompañó hasta el portón.

En la calle llamó a Rubiela antes de llegar a la esquina. Le contó todo en cuatro minutos: el carné, la carpeta, el balcón, el tío. Rubiela no dijo «te lo dije». Solo preguntó qué necesitaba, y Melissa se lo dijo.

Necesitaba que alguien llevara un sobre a la notaría, porque ella no podía aparecer allá. El tío seguro tenía a alguien mirando la puerta. Y necesitaba la azotea de Casa Balcones a la una, con Rubiela en la cocina, porque lo que tenía que decir era solo para él.

***

A las diez y quince, en la notaría de la avenida Venezuela, Ignacio miró el reloj por cuarta vez. La sala de espera tenía sillas plásticas, un ventilador de techo y un señor dormido con un sobre de manila sobre las piernas. El notario lo había llamado ya dos veces.

La transferencia estaba lista en el celular. Faltaba un botón. Faltaba ella, que desde el miércoles de la casa nunca había llegado tarde a ninguna parte.

En cambio, por la puerta de vidrio entró la empleada de Casa Balcones, con un vestido de flores y un bolso de mercado. La reconoció enseguida. La voz, cuando le habló, la reconoció después.

—¿Don Ignacio? Buenos días. Le manda esto la señorita Melissa.

—Usted es la de la casa. ¿Y también la señora de Miami?

—Yo soy la de Miami, la de San Diego y la de donde haga falta. Tome, don Ignacio, que tengo el arroz en el fogón.

—¿Dónde está ella? La estoy esperando desde las diez.

—Ahí dice, don Ignacio. Y le manda a decir que no traiga la plata, que esa plata no la quiere nadie.

—¿Y usted sabe lo que hay adentro?

—Yo sé lo que hay en todas partes. Que le vaya bien.

Rubiela salió sin esperar respuesta, con el bolso de mercado colgado del brazo. El señor dormido se despertó y la vio irse por la avenida hacia el centro, sin afán. Ignacio abrió el sobre allí mismo, de pie, debajo del ventilador.

Adentro había una foto de su propio carné, tomada con un celular sobre la colcha de su cama del Casa Aljibe. Detrás, con letra redonda de vendedora, decía: «Azotea. Una de la tarde».

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