Historia Abierta
Portada de Te Iba a Estafar
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Capítulo 8 · ~5 min

Doble juego

Apenas colgó, Ignacio dijo una mala palabra en voz baja y se metió al baño. Cuando oyó la ducha, Melissa salió de detrás de la cortina. Cruzó la habitación en seis pasos, abrió la puerta y la cerró sin ruido. La tarjeta se la dejó en el piso, junto al marco, como si se le hubiera caído a él.

En el taxi de vuelta a Bocagrande no pensó en nada durante diez minutos. Después pensó en todo al mismo tiempo. Dairo era la puerta, y el bogotano quería asustarlo bien.

Lo primero que le salió fue lo de siempre: correr donde el tío, contarle, dejar que él arreglara las cosas. Lo segundo fue Rubiela. Lo tercero fue decirle la verdad a Dairo esa misma noche.

Ninguna de las tres le gustó. El tío iba a querer sacar al bogotano de Cartagena, y el tío no sacaba a nadie con buenas palabras. Rubiela le iba a decir «te lo dije» con los ojos. Y Dairo, si se asustaba, iba a hacer una tontería.

Así que decidió lo que mejor sabía hacer. Iba a estafar al investigador. Mañana cobraba los doscientos en la notaría, los sacaba en efectivo antes de que el banco pudiera seguirlos y le pagaba al tío. Dairo quedaba libre de la deuda, y el bogotano se quedaba con una sobrina muy simpática y una carpeta sin nada adentro.

No se lo iba a contar a nadie. Ni a Rubiela.

A las cuatro, Rubiela la llamó al celular. Melissa estaba otra vez en la recepción del hotel, con una sonrisa para cada huésped.

—¿Cómo te fue con el policía, mi reina?

—No es policía, Rubi. Es un heredero que pregunta mucho, y ya.

—Eso no lo dijiste el lunes.

—El lunes estaba cansada. Hoy lo llamé y me habló de unos tíos de Bogotá que lo tienen loco. Mañana firma.

—¿Y a mí no me necesitas en la notaría? Yo me pongo la peluca otra vez, si hace falta firmar algo de la dueña.

—La dueña no tiene que ir. La promesa la firmo yo como apoderada, con el poder que hicimos.

—Entonces voy contigo, aunque sea de testigo. Me siento atrás calladita.

—No. Esto lo hago sola, Rubi. Tú ya hiciste bastante con la videollamada.

Rubiela se quedó callada. Llevaba catorce años con la familia y sabía cuándo la dejaban por fuera. Después dijo que bueno y colgó, sin despedirse.

***

A las cinco y media él la invitó a ver el atardecer en la muralla. Lo dijo por mensaje, con una carita de sol, y Melissa le contestó que sí con otra. Era lo que haría una mujer que no sabía nada.

Subieron por la rampa del baluarte de Santa Catalina. Abajo, en la avenida, los carros iban hacia Bocagrande con las luces prendidas, y el mar tenía el color de las latas viejas. Ignacio llevaba la camisa limpia y el pelo todavía mojado.

—Mañana ya es mañana —dijo él—. ¿Está nerviosa, o en Cartagena nadie se pone nervioso por plata?

—Un poco. Es la venta más grande que he hecho, y la dueña me llama cada hora desde Miami a preguntar si ya.

—Yo también estoy nervioso. Nunca había comprado nada tan viejo.

—Tan viejo como yo, no. Yo todavía no tengo comején en la raíz.

—Usted es nueva comparada con la casa. Usted es de mil novecientos noventa y ocho.

—¿Cómo sabe mi año?

—Porque me lo dijo el lunes, en la plaza de la Trinidad. Usted no se acuerda de todo lo que dice cuando está contenta.

Ella sí se acordaba, y no se lo había dicho. Lo dejó pasar. Él se acercó un poco, con la cara a la altura de la suya, y por un segundo nadie dijo nada. Melissa sintió el olor del jabón del hotel y se acordó de la cortina, del altavoz, de la voz de la mujer.

Se echó para atrás y miró el mar. Él tardó en reaccionar. Después metió la mano en el bolsillo, sacó la libreta y escribió algo sin que ella pudiera verlo.

—¿Qué escribe?

—La hora del atardecer. Para acordarme de que la vi con usted.

—Eso se lo dice a todas las vendedoras.

—Solo a las que me sacan el año de nacimiento sin que yo se lo pida.

—Usted fue el que me lo sacó a mí, señor Puello. No se confunda.

—Entonces estamos empatados. Mañana a las diez desempatamos en la notaría.

***

En la habitación doce, a las nueve de la noche, Ignacio volvió a leer lo que había escrito en la muralla. Debajo de la hora decía «6:04 p. m. Está distinta». Lo había escrito con la letra más pequeña que tenía.

No sabía qué le pasaba a ella, ni desde qué hora de ese jueves. El lunes ella se había reído con él en la calle del Guerrero, y ese día, en la muralla, se había reído para él. Conocía la diferencia porque la había visto en cien testigos.

***

En el apartamento del Pie de la Popa, Melissa no dormía. Dairo roncaba en el cuarto de al lado, con la puerta abierta, como cuando era niño y le daba miedo la oscuridad. Ella repasaba la notaría paso por paso: la firma, la transferencia, el cajero, el tío.

A las once en punto vibró el celular sobre la mesa de noche. Era un mensaje del tío Ezequiel, y él nunca escribía mensajes.

«Mañana a las siete en el taller. Sola.»

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