Capítulo 7 · ~5 min
Llave prestada
La tarjeta de la habitación doce pasó la noche debajo de la almohada de Melissa. A las nueve y media del jueves llamó a Ignacio desde el baño del Hotel Arenas. Dejó la puerta cerrada y la llave del agua abierta.
—Señor Puello, buenos días. Le tengo lista la promesa para mañana. ¿Se la llevo al hotel?
—No estoy en el hotel. Estoy en un banco de Bocagrande, con un gerente que habla más que usted.
—¿Hasta qué hora?
—Hasta las once, si Dios quiere. ¿Pasa algo con la casa?
—Nada. Quería saber si usted lleva abogado o si lo hacemos solos, con el notario.
—Solos. Los abogados cobran por hablar, y yo ya tengo al gerente.
—Mañana a las diez, entonces. Le llevo la promesa en limpio y el número de cuenta.
—Mañana a las diez. No se me pierda antes.
Colgó y se miró en el espejo. Tenía puesto el uniforme del hotel, falda azul y blusa blanca, y eso era lo mejor que le podía pasar. Nadie mira a una recepcionista en el pasillo de otro hotel.
Le dijo a su jefe que iba a la farmacia y tomó un taxi hasta Getsemaní. Eran quince minutos. Le quedaba una hora.
***
El Hotel Casa Aljibe tenía un patio con un pozo viejo en el centro y una escalera de piedra que subía a las habitaciones. La recepcionista estaba ocupada con una pareja de alemanes y ni levantó la cabeza. Melissa subió como si llevara años trabajando allí.
La tarjeta funcionó al primer intento. La luz verde de la cerradura le pareció escandalosa.
La habitación doce olía a jabón de hotel y a café frío. La cama estaba tendida con la sábana tirante, como de cuartel, y en el escritorio no había nada. Ella sabía dónde guarda las cosas la gente que no quiere que le encuentren las cosas: abajo, atrás y adentro.
Encontró la caja fuerte del clóset abierta y vacía. Encontró, en cambio, una maleta gris debajo de la cama, con un candado de números que se abría con el año de la casa. Él mismo se lo había dicho: mil ochocientos noventa y uno.
Adentro había una carpeta de cartón azul y un carné con cordón rojo. El carné decía «Seguros Atlántico · Unidad Antifraude», y debajo, con la foto de Ignacio sin gorra, «Ignacio Puello · Investigador». Melissa le tomó una foto con el celular sobre la colcha, por costumbre, antes de pensar para qué.
La carpeta tenía escrito en la tapa «Red Cassiani». Melissa la abrió sobre la cama, con las manos frías.
Estaba la foto del taller del tío, tomada desde la calle. Estaba su propia foto, saliendo del Hotel Arenas, con una nota que no quiso leer. Y estaba Dairo, con el overol del taller, sonriendo a alguien que no salía en la imagen, con un número escrito al lado: catorce.
Melissa se sentó en el borde de la cama. Pensó en la risa del lunes, en la calle del Guerrero, y le dio rabia haberla guardado como algo bueno. Él también había estado trabajando. Él también le había contado lo de la ferretería con la voz de un vendedor.
Alguien tocó la puerta con los nudillos, dos golpes cortos. Melissa se quedó quieta, con la carpeta abierta sobre las piernas.
—Servicio de habitación —dijo una mujer desde el pasillo—. ¿Puedo pasar a cambiar las toallas?
—Más tarde, por favor —contestó Melissa, con acento de turista—. Mi novio está en la ducha.
—Con mucho gusto, señora. Paso al mediodía.
Oyó el carrito alejarse por el pasillo, con una rueda que chillaba. Respiró por la boca, despacio, y se dio cuenta de que tenía la medalla de su mamá apretada en el puño.
Oyó voces en la escalera de piedra, y una de ellas era la de él. Eran las diez y veinte. El banco de Bocagrande había hablado menos de lo esperado.
Metió la carpeta en la maleta, cerró el candado y empujó todo debajo de la cama. No alcanzaba a salir por la puerta. Se metió detrás de la cortina del balcón, que daba al patio del aljibe, y se pegó a la pared.
***
Ignacio entró hablando por teléfono. Dejó la llave nueva en el escritorio, se quitó la camisa sudada y puso el celular en altavoz sobre la cama.
Melissa veía su espalda por la rendija entre la cortina y el marco. Tenía una cicatriz pequeña en el omóplato, y ella pensó, sin querer, que no se la había visto nunca porque nunca había tenido por qué.
—Ya salí del banco —dijo él—. La transferencia queda lista para mañana. Doscientos, marcados, y el banco nos avisa cada vez que se muevan.
—¿Y si ella no le lleva la plata al tío? —preguntó una voz de mujer, seca, de oficina—. Usted me dijo que la sobrina dejó de trabajar con él hace dos años.
Melissa no conocía esa voz. Por la forma de no saludar, era alguien que mandaba y que llevaba días esperando esa llamada.
—Si la mueve, sabemos a dónde. Si no la mueve, la sobrina no me interesa. Me interesa el hermano.
—Explíquese, Puello. Yo no le aprobé un acuerdo con nadie, y el gerente general tampoco.
—Catorce firmas, señora Barboza. El muchacho ha sido testigo en todos los choques. Si le ofrecemos un acuerdo con la Fiscalía, habla.
—El muchacho no va a hablar contra el tío que lo crió. En esa familia nadie habla, por eso duran tanto.
—Va a hablar si lo asustan bien. Dairo es la puerta. Si él firma, cae el tío.