Capítulo 6 · ~5 min
Cena de prueba
Rubiela tenía razón, y por eso Melissa no durmió el lunes ni el martes. Un policía no se espanta con preguntas. Se espanta con mentiras que no cuadran, porque ya sabe la verdad y la mentira le estorba.
Así que el miércoles preparó una mentira con detalles, como las de antes. La escribió en una servilleta del hotel para no equivocarse. Su hermano se llamaba Andrés y estudiaba ingeniería civil en Medellín. Vivía en el barrio Laureles y era alérgico al maní. Un heredero no iba a decir nada. Alguien que tuviera una carpeta, sí.
El restaurante estaba en un segundo piso de la calle del Pozo, con mesas de madera en un balcón. Abajo pasaban turistas con sombreros vueltiaos y vendedores de gafas. Ignacio llegó a las ocho en punto y le corrió la silla, cosa que en Cartagena ya casi nadie hacía.
Pidieron arroz con camarones y una limonada de coco para cada uno. Ella esperó a que llegara la comida para empezar, porque la gente con la boca ocupada escucha mejor.
—Usted me preguntó el lunes por mi familia —dijo—. Le debo una respuesta. Tengo un hermano menor.
—¿Menor cuánto?
—Cinco años. Se llama Andrés y estudia ingeniería civil en Medellín. Vive en Laureles, con unos primos.
—Medellín le debe sentar bien a un costeño. Allá uno se ordena.
—Él es ordenado de nacimiento. Es alérgico al maní, y eso lo volvió desconfiado con la comida de todo el mundo.
—Mi papá era alérgico a la penicilina. Se enteró en un hospital de Soledad, casi se muere.
—¿Y usted? ¿Alérgico a algo?
—A los bancos. Me da urticaria firmar.
Ella se rio, porque era un buen chiste, y él no dijo nada del hermano. No preguntó la universidad ni el semestre ni por qué ella nunca lo había nombrado. Era exactamente lo que habría hecho un hombre que solo quería comprar una casa.
Melissa se sintió aliviada y un poco tonta. Se había preparado para una pelea y él le hablaba de penicilina.
***
Después del arroz pidieron un postre para compartir, un enyucado con queso que llegó caliente. La calle de abajo se había llenado de música de una tienda de esquina. Ignacio ya hablaba de la casa en primera persona.
Contó que quería quitar las rejas de las ventanas del primer piso y poner unas de madera. Contó que iba a dejar la fuente seca así, porque le gustaba seca. Ella lo escuchaba y pensaba en el viernes, en la notaría, en la plata que iba a pasar por sus manos sin quedarse.
—Y el cuarto de arriba sería para visitas —dijo él—. Para usted, si un día se aburre de Bocagrande.
—Yo no me aburro de Bocagrande. Es lo único que tengo cerca del mar.
—Pues se aburre usted de mí, que es más fácil. Le dejo la llave de la azotea.
—No me la deje. Yo me sé abrir esa puerta sin llave.
—Para su hermano, entonces, cuando venga de vacaciones.
—Andrés no viene mucho. Dice que aquí hace demasiado calor para pensar.
—Tiene razón. Dígale a Dairo que Medellín es frío, pero que la gente es buena.
Melissa tenía la cuchara en la mano y no la bajó. Siguió masticando el enyucado como si nada. Eso se lo había enseñado el tío a los doce años: lo primero que se mueve cuando te descubren es la cara.
Ella nunca había dicho Dairo. Ni el miércoles de la casa ni el lunes de los raspaos ni esa noche. Había dicho «hermano» y había dicho «Andrés», y él acababa de decir el nombre verdadero sin darse cuenta.
—Se llama Andrés —dijo ella, con la voz más tranquila que pudo.
—Perdón. Andrés. Estoy hablando con mucha gente esta semana por lo de la plata, y se me cruzan los nombres.
—Debe ser difícil manejar una herencia.
—No tanto como manejar a la familia que viene con ella. Tengo tías que me llaman a las seis de la mañana a preguntar si ya firmé.
—¿Y ya firmó?
—El viernes. Con usted, en la notaría de la avenida Venezuela, a las diez.
—Ahí estaré. Con la promesa y con el número de cuenta.
—Y con Andrés, si quiere. Me gustaría conocerlo antes de quitarle la casa a su hermana.
Él pidió la cuenta y pagó en efectivo. Melissa no respondió a lo último. Sacó de la cartera la servilleta del hotel, la dobló en cuatro y la volvió a guardar, con la mentira escrita hacia adentro. Ya no le servía para nada.
Ella pensó en quién podía haberle dicho el nombre de Dairo, y la lista no era larga. Ninguna de esas personas tenía una razón buena.
***
En la escalera del restaurante él le ofreció el brazo, porque los escalones eran altos y estaban mojados. Abajo, en la calle, se despidieron con un abrazo corto, de esos que se dan los que todavía no saben qué son. Ella le puso la mano en el bolsillo de la chaqueta y él no lo sintió.
Era el truco más viejo que tenía. Lo había aprendido a los trece, en la plaza de los Coches, con una billetera de cuero de un señor de Bucaramanga.
Lo vio irse por la calle del Pozo hacia el hotel. Después abrió la mano bajo la luz de un poste. Tenía una tarjeta blanca con un aljibe dibujado en azul y un número escrito en marcador: 12.