Historia Abierta
Portada de Te Iba a Estafar
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Capítulo 5 · ~5 min

Paseo por Getsemaní

Faltaban cuatro días para la notaría, y el bogotano quería conocer el barrio antes de firmar. Lo dijo así el domingo por teléfono, sin explicar más. El tío, cuando Melissa le contó, solo dijo que el viernes estaba bien y que el paseo se lo cobrara caro.

A las nueve de la mañana del lunes lo esperó en la Torre del Reloj. Él llegó a pie, con una gorra de los Caimanes de Barranquilla y la camisa de lino arremangada. Parecía menos heredero y más turista, y eso a ella le gustó más de lo que convenía.

En el camino había preparado tres cosas para decir de cada calle. Era lo que hacía con los clientes: darles historia, porque la gente no compra paredes, compra lo que imagina que pasó adentro. Con Ignacio no había usado ninguna todavía.

Caminaron por la calle de la Media Luna hacia Getsemaní. Las paredes estaban pintadas de colores fuertes y de los balcones colgaban flores que nadie regaba. Un señor vendía raspao de tamarindo en una carreta y Ignacio compró dos sin preguntar el precio.

—Usted sabe mucho de casas viejas —dijo él—. ¿Dónde aprendió?

—Con mi papá. Él vendía seguros, y los fines de semana me llevaba a ver casas que nunca iba a poder comprar.

Melissa giró la medalla entre los dedos mientras lo decía. Su papá había sido mecánico, igual que Dairo, y nunca había vendido nada en su vida.

—Seguros de qué.

—De vida, sobre todo. Decía que era el único negocio donde el cliente nunca reclama en persona.

—Qué cosa tan triste para decirle a una niña tan chiquita.

—Era su chiste. Se reía solo, y mi mamá le decía que era el peor vendedor de Cartagena. ¿Y el suyo era de casas?

—Tenía una ferretería en Barranquilla. La plata de la familia era de mi abuela. Mi papá tenía tornillos y mal genio.

Melissa se rio de verdad, con la boca llena de raspao, y tuvo que taparse con la mano. Él también se rio. Fue un segundo nada más, en la esquina de la calle del Guerrero, pero ella supo que no lo iba a olvidar.

Después siguieron por la calle de la Sierpe sin hablar mucho. Él miraba las puertas, las placas con los años y los números pintados a mano. Ella lo miraba a él y se repetía que era trabajo, que el viernes había doscientos millones y que Dairo tenía veintidós días.

***

En la plaza de la Trinidad había niños jugando fútbol con una pelota de plástico. Se sentaron en las escalinatas de la iglesia, a la sombra, con los vasos vacíos en la mano. Un muchacho tocaba tambores frente a un grupo de turistas que no le daban nada.

Ignacio la miraba más de lo que miraba la plaza. Melissa lo notó y decidió no notarlo, que era un truco viejo de vendedora.

—¿Cuánto gana usted si yo compro la casa? —preguntó él.

—Eso es entre la dueña y yo.

—Lo pregunto porque quiero saber si le estoy haciendo un favor.

—Me está haciendo un favor. Con eso le basta, señor Puello, y yo le agradezco que no regatee.

—¿Y con qué más vive? No me diga que con esto, que este año no ha vendido nada.

—¿Cómo sabe que no he vendido nada?

—Porque me trata como si yo fuera el único cliente que ha tenido desde diciembre.

—O porque usted me cae bien. Eso también pasa, aunque en Bogotá no lo crean.

Melissa sintió que la habían agarrado en una mentira que ni siquiera había dicho. Se acomodó el pelo detrás de la oreja, despacio, para ganar dos segundos.

Ella le contestó con una mentira rápida sobre una casa en Bocagrande y un alemán que se arrepintió. Él la escuchó entera sin interrumpir, como quien escucha una canción que ya conoce.

A las seis la dejó en la puerta de Casa Balcones. Se fue caminando hacia la muralla con la gorra en la mano, sin voltear ni una vez.

***

Rubiela estaba en la cocina, con la radio prendida y una olla de arroz con coco en el fogón. No se volteó cuando Melissa entró. Tenía esa forma de mover la cuchara que usaba cuando ya había decidido regañarla.

Melissa se sentó en el taburete de siempre, el que tenía una pata más corta. Allí habían planeado durante diez años casas, clientes y precios, y allí se habían repartido la plata. Rubiela siempre se quedaba con menos de lo justo y nunca lo reclamaba.

Le contó todo, menos la risa. Le contó la ferretería, la abuela, los raspaos y la pregunta de la plaza.

—¿Y le dijiste cuánto ganas en el hotel?

—No le dije nada. Le inventé lo del alemán.

—Ay, mi reina. Llevo catorce años viéndote trabajar. Nunca te ha preguntado eso un cliente.

—Será que este es distinto. Es de Bogotá, y allá todo el mundo pregunta lo que no le importa.

—Los de Bogotá preguntan por la humedad y por el parqueadero. No por la plata del que vende.

—Rubi, el viernes paga en la notaría. Ya está, no me lo dañes.

—Yo no te daño nada. Lo que daña es no ver.

Rubiela apagó el fogón y se volteó con la cuchara en la mano. Tenía arroz pegado en el delantal y la cara seria de las malas noticias.

—Los herederos no preguntan cuánto gana uno. Los policías sí.

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