Capítulo 4 · ~5 min
Cita en la avenida
El Spark blanco ya estaba parqueado frente a la panadería cuando Melissa llegó, a las seis y diez. Dairo había salido del apartamento a las cinco, sin despertarla, con el llavero de cinta roja. Ella lo vio por el vidrio de atrás, con la gorra puesta y las dos manos en el timón.
La avenida Pedro de Heredia todavía estaba medio vacía. Pasaban buses con los vidrios abiertos y motos con dos y tres personas encima. Melissa abrió la puerta del copiloto y se sentó sin pedir permiso.
—Bájate, Meli —dijo Dairo—. Esto no es contigo.
—Si chocas, chocamos los dos. Arranca cuando quieras.
—No seas loca. El tío se va a dar cuenta.
—Que se dé cuenta. Que venga y me baje él, a ver si se atreve.
—Tú no lo conoces cuando se pone bravo. Yo sí, porque trabajo con él.
Melissa no contestó. Se quedaron casi tres horas oyendo una emisora de vallenatos. A las siete él compró dos cafés en la panadería y le pasó uno sin mirarla. A las ocho y cuarenta apareció un Renault gris y se parqueó tres puestos más adelante, con las luces de emergencia.
—Es ese —dijo Dairo—. Suéltame la muñeca, Meli, que me vas a hacer chocar mal.
—Entonces no choques. Aquí me quedo, y si me toca el hospital, que el tío me pague la clínica.
A las ocho y cincuenta sonó el celular de Dairo. Él contestó, escuchó sin hablar y se le aflojaron los hombros.
—Listo, tío, ya me voy. —Colgó—. Se cancela, Meli.
El Renault gris apagó las luces y arrancó por la avenida hacia el centro. Melissa se quedó mirando el espacio vacío que dejó. No entendía qué había pasado. Lo único claro era que no había sido por ella, y eso le dio más miedo que el choque.
El tío no cancelaba nada a última hora. Planeaba las cosas con una semana de anticipación y las cumplía aunque lloviera. Si había cambiado de idea a diez minutos, era porque alguien le había dicho algo. Melissa no sabía quién más podía saber de ese choque.
***
Desde la mesa del fondo de un café, al otro lado de la avenida, Ignacio vio salir el Renault gris. Llevaba allí desde las seis menos cuarto, con el celular apoyado contra el servilletero y la cámara encendida.
Había llegado temprano para escoger la mesa con la mejor vista y pedir un tinto que no se tomó. El mesero ya le había preguntado dos veces si iba a comer algo.
Tenía tres horas de video: el Spark, el muchacho, la hermana subiéndose al carro, el Renault con las luces de emergencia. No tenía choque. Sin choque, todo lo demás era una familia tomando café en la Pedro de Heredia un sábado.
Pagó la cuenta y caminó hasta el carro alquilado. Antes de prenderlo llamó a Liliana. Era la segunda vez en tres días que le reportaba algo, y la segunda vez que algo salía mal.
—Se cancelaron —le dijo—. A las ocho y cincuenta, diez minutos antes.
—¿Lo vieron a usted?
—No. Estaba al otro lado de la avenida. Alguien los llamó desde afuera, y no fue el señor del carro gris.
—Pues la que se subió al carro fue la sobrina. A lo mejor ella se olió algo y avisó.
—Ella no sabe quién soy, señora Barboza.
—Eso cree usted. Esa familia lleva veinte años engañando a gente más lista. Usted tiene veinticuatro días, Puello.
—Lo sé. Voy a cambiar de plan. Si no hay choque, que haya plata, y la plata deja rastro.
Colgó antes que ella. En la libreta anotó «8:50, cancelado», y debajo, con letra más pequeña, «quién». Después tachó la palabra, porque no tenía cómo responderla.
***
A las seis de la tarde, en la habitación del Hotel Casa Aljibe, Ignacio abrió la carpeta del caso sobre la cama.
Le quedaban seiscientos millones de presupuesto para su papel de heredero y una autorización para mover hasta doscientos en una transferencia marcada. El banco podía seguir esa plata a donde fuera, cuenta por cuenta, aunque la partieran en veinte pedazos.
En la mesa de noche estaba el folleto del hotel, con una foto del aljibe del patio. Lo había mirado tantas veces en casi dos semanas que ya se sabía de memoria el año de la casa.
Si Melissa vendía la casa de otra persona, la plata iba a salir de sus manos a las del tío. Esa era la única cadena que él podía probar sin choques ni testigos. La odiaba un poco, porque la tenía que usar a ella como el primer eslabón.
Pensó en la escena de la mañana, en la mujer que se sube a un carro para que su hermano no choque. No era el retrato de una estafadora. Tampoco era el de una inocente, y él no se podía dar el lujo de elegir cuál de los dos le gustaba más.
Marcó el número de Melissa. Ella contestó al tercer timbre, con la voz cansada.
—Señor Puello. Pensé que me iba a llamar el lunes.
—Ya revisé lo que tenía que revisar. Le pago la separación.
—¿Revisó el certificado?
—Revisé lo que me importa. La casa me gusta y la dueña me cayó bien.
—A doña Gladys le va a dar gusto saberlo.
—Mándele mis saludos a Miami. Y dígale que no se le olvide el mango.
—¿Cuándo firmamos?
—El viernes, en la notaría. Doscientos millones por transferencia, a la cuenta que usted me diga. Ese mismo día lo dejamos todo listo.
Melissa dijo que sí con la cabeza y colgó sin despedirse. Seis días. Tenía seis días para cobrarle a un hombre que lo revisaba todo dos veces.