Historia Abierta
Portada de Te Iba a Estafar
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Capítulo 3 · ~5 min

La dueña de Miami

A las cuatro de la tarde del viernes, doña Gladys Herazo tenía peluca rubia, collar de perlas y acento de Miami. Estaba sentada en el cuarto de arriba, frente a una cortina blanca.

Abajo, en la sala, Melissa giró la pantalla del computador hacia Ignacio y rezó para que Rubiela no se riera.

Si Ignacio pagaba hoy, Dairo no se subía mañana a ningún carro. Si no pagaba, el tío iba a cumplir su palabra, porque siempre la cumplía. Melissa no había dormido pensando en eso.

—Buenas tardes, señora Herazo —dijo Ignacio—. Gracias por recibirme desde tan lejos.

—Ay, joven, aquí en Miami no hay nada que hacer un viernes —dijo Rubiela, con una voz que no era la suya—. ¿Le gustó mi casita?

—Mucho. Tengo una sola duda. ¿Cuántos escalones tiene la escalera?

Melissa sintió el frío en la nuca. Rubiela abrió la boca, la cerró y miró a un lado de la cámara, hacia donde no había nadie.

—Veintidós —dijo al fin—. Me los contó mi papá cuando yo era niña y me caía en el séptimo.

—¿Y el mango del patio? Tiene comején en la raíz.

—Pues fumíguelo, que ahora va a ser suyo. Yo ya estoy muy vieja para pelear con un mango.

—Señora Herazo, tiene usted razón. Que le vaya bien en Miami.

Ignacio cerró la videollamada antes que ellas. Melissa oyó arriba un golpe seco, quizá Rubiela quitándose la peluca, quizá cayéndose de la silla. Le dio risa de los nervios y la convirtió en tos.

***

Él no se movió del sofá de mimbre. Sobre la mesa de centro estaba la promesa de compraventa, lista para firmar. Ignacio la miró sin tocarla.

—Antes de pagar necesito el certificado de tradición y libertad —dijo—. El papel que dice quién es el dueño y si la casa debe algo.

—Lo tengo aquí. Lo saqué el martes.

Melissa le pasó la hoja con el sello de la Oficina de Registro. La había hecho imprimir en un local del barrio Bazurto, igual a las de verdad hasta en el papel. Ignacio la leyó despacio, renglón por renglón, con el dedo detenido encima de cada número.

—El folio está bien —dijo—. Pero el lunes lo voy a pedir yo mismo en la página del registro. Cuesta veinte mil pesos y me deja tranquilo.

—El lunes viene el señor de Medellín, señor Puello.

—Entonces que el señor de Medellín también lo pida. Si los dos estamos tranquilos, gana usted.

—No me gusta perder clientes por veinte mil pesos.

—A mí no me gusta pagar doscientos millones por un papel que imprimí sin ver. El lunes le confirmo.

Se puso de pie, le dio la mano y salió. El portón tardó un siglo en cerrarse detrás de él.

Melissa se quedó sentada con la promesa en las rodillas, sin firmas. Había mentido el miércoles para ganar dos días y los dos días se le habían acabado. Rubiela bajó la escalera con la peluca en la mano y no dijo ningún chiste. Ni uno.

En la ventana, Melissa vio a Ignacio cruzar la calle sin afán. Caminaba como un hombre que tenía todo el fin de semana libre y ninguna casa que perder. Ella se había equivocado con sus zapatos: no eran de un heredero que cuida la plata de la familia, eran de alguien que camina mucho.

Le había faltado una sola cosa para cerrar el negocio. Era la única que no se podía fingir: que el cliente tuviera ganas de que lo engañaran. Este no tenía ninguna. Este venía a revisar.

***

A las nueve de la noche, el apartamento del Pie de la Popa olía a arroz quemado. Dairo estaba sentado en el piso de la sala, con la espalda contra el sofá y el celular en la mano. No se levantó cuando ella entró, y eso en él era una mala señal, porque siempre se levantaba a pedirle comida.

Melissa dejó la cartera en la mesa y se quedó de pie. Por la ventana se veía el cerro de La Popa con el convento iluminado arriba.

—No pagó —dijo él—. Ya sé. El tío me llamó a las seis.

—Pagar no. Pidió un papel. El lunes paga.

—El tío dice que el lunes es tarde. Que mañana manejo yo y con eso abono cuarenta.

—No vas a manejar nada. Tú no sabes chocar un carro sin que se te note.

—Llevo tres años firmando choques, Meli. Sé más que tú.

—Firmar no es manejar. ¿Quién va en el otro carro?

—Un amigo del tío. Es en la Pedro de Heredia, a las nueve, frente al centro comercial. Él frena, yo le doy por detrás y la grúa llega en cinco minutos.

Lo dijo como quien explica un turno de trabajo. Melissa lo recordó de cuatro años, en el entierro de sus papás, agarrado de la falda de la tía Nayibe y preguntando cuándo volvían. Ahora tenía veintitrés y hablaba de chocar carros como de cambiar aceite.

Melissa se sentó en el brazo del sofá. Pensó en llamar al tío y en pedirle los doscientos a Ignacio esa misma noche. Pensó en meter a Dairo en un bus para Barranquilla.

Ninguna de esas cosas servía, y lo sabía. Entonces decidió algo que no le iba a contar a nadie: mañana a las seis iba a estar en la avenida.

Dairo abrió la mano para mostrarle lo que tenía. Era un llavero con una cinta roja y la llave de un Spark blanco, el carro de mañana.

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