Capítulo 2 · ~5 min
Plazo del tío
Ignacio todavía tenía la carpeta abierta sobre las piernas cuando marcó el número de Liliana Barboza. La foto de Melissa lo miraba desde la página, seria, con el moño del uniforme del hotel. Cerró la carpeta antes de que su jefa contestara, como si ella pudiera verla por el teléfono.
—Puello, lo llamé dos veces —dijo Liliana—. ¿Cómo le fue con la sobrina?
—Me pidió mil cuatrocientos y doscientos de separación para el viernes. Le dije que sí.
—¿Sin regatear? Eso la va a poner nerviosa. Lo que sepa me lo cuenta a mí antes de subirlo al sistema, que en esta oficina hay cuarenta personas con clave.
Ignacio miró la calle por el parabrisas. Un vendedor empujaba un carrito de raspados y una pareja de turistas se tomaba fotos frente a un balcón lleno de buganvilias. Todo era demasiado bonito para lo que él venía a buscar.
—Hay algo más —dijo—. El mecánico que Cassiani echó del taller me dio un dato. El sábado en la mañana hay un choque arreglado en la avenida Pedro de Heredia.
—¿Quién maneja?
—No sabe. Pero el reclamo va a llegar a su oficina el lunes.
—Déjeme eso a mí. Si mandamos policía y no pasa nada, se nos quema el papel de heredero.
Colgó antes de que él pudiera responder. Ignacio anotó en la libreta la hora de la llamada, 10:41, y la palabra sábado subrayada dos veces. Era el protocolo: todo se reportaba, todo quedaba escrito.
La carpeta tenía catorce reclamos en tres años con el mismo testigo: Dairo Cassiani, veintitrés años, mecánico. Choques en avenidas sin cámaras, robos de carros que aparecían desarmados y grúas de Cassiani que siempre llegaban primero. Seguros Atlántico había pagado tres mil doscientos millones antes de que alguien en Bogotá se preguntara por qué.
El muchacho era la puerta. La hermana era el camino para llegar a él, según Liliana. Por eso él llevaba diez días en Cartagena con camisas de lino que no eran suyas.
Prendió el carro y salió hacia Getsemaní. En el semáforo de la avenida Santander notó que todavía tenía en la nariz el olor de la casa. Olía a madera vieja y a mango maduro, y eso no se podía apuntar en ninguna parte.
***
El taller de su tío olía a aceite quemado y a café recalentado. A las siete de la noche ya no había clientes en el patio de El Bosque. Solo quedaban dos grúas parqueadas y el radio encendido en una emisora de vallenatos.
Melissa encontró a Dairo acostado debajo de un taxi, con las piernas afuera. Le pateó suave una de las botas, como cuando eran niños y ella lo despertaba para ir al colegio.
—Sal de ahí. Necesito hablar contigo antes de subir.
—Meli, si vienes a regañarme, ya me regañó él.
—No vengo a regañarte. Vengo a saber cuánto te dijo que faltaba.
Dairo salió rodando en la tabla y se sentó. Tenía grasa en el antebrazo y los ojos cansados de alguien que no dormía desde hacía semanas. Se limpió las manos en el overol aunque ya no le servía de nada.
—Doscientos —dijo—. Los mismos de hace seis semanas. Él dice que no cobra intereses porque soy de la casa.
—Qué generoso.
—No le hables así. Él nos crio.
—Por eso mismo le hablo así. Quédate aquí y no subas.
Dairo no discutió. Hacía seis semanas había metido en una aplicación de inversiones la plata que el tío le dio para guardar. Un amigo le juró que pagaba el ocho por ciento al mes. La aplicación se llamaba Rentas Caribe y desapareció un martes, con los doscientos millones adentro.
Desde entonces el tío tenía una carpeta con las catorce firmas de Dairo en el archivador gris de la oficina. Si la plata no volvía en treinta días, la carpeta iba para la Fiscalía. Melissa había hecho la cuenta esa mañana en el baño del hotel: faltaban veintisiete.
Melissa subió la escalera de lata hasta la oficina. Cada escalón sonaba como una campana mal afinada, y abajo Dairo volvió a meterse debajo del taxi sin decir más.
Ezequiel estaba detrás del escritorio, con las gafas de leer en la punta de la nariz y una pila de facturas de repuestos. Sonrió al verla. Era la sonrisa de abuelo que les ponía a los clientes cuando les cobraba de más.
—Llegó la que no quería volver al negocio —dijo—. Siéntate. ¿Cómo te fue con el bogotano?
—Bien. Le gustó la casa.
—Eso ya lo sé. Te pregunté cómo te fue.
Ella se sentó en la silla de plástico. Tenía dos opciones: contarle que Ignacio Puello había aceptado sin regatear y que algo no le cuadraba, o decirle lo que él quería oír. Escogió la segunda antes de pensarlo, como había hecho toda la vida, y la voz de vendedora le salió sola.
—El viernes me paga los doscientos —dijo—. Ya firmamos la promesa. Tiene afán porque quiere abrir el hostal en diciembre.
—¿Firmaron? —Ezequiel levantó las cejas—. Rápido el muchacho.
—Entonces el viernes Dairo queda libre y tú vuelves a tu hotel.
—Ese es el trato, tío. Y el sábado no lo metas en nada.
Ezequiel se quitó las gafas y las dejó sobre las facturas con mucho cuidado. Afuera, el radio cambió de canción y Dairo empezó a silbar el coro, desafinado. Melissa pensó que había dicho «ya firmamos» con la misma facilidad con que antes decía «la casa es mía». Esa voz no se le había ido en dos años; solo estaba dormida.
—Te creo lo del viernes, mija. Yo siempre te creo. Pero ya hablé con tu hermano: si el viernes no paga, el sábado maneja Dairo.