Historia Abierta
Portada de Arriendo en Disputa
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Capítulo 2 · ~4 min

Cesión en el escritorio

Empujó la puerta de vidrio con el hombro, porque tenía las manos llenas de masa y no quería tocar la manija. Dentro olía a café frío y a papel nuevo. La campanilla sonó sobre su cabeza, y nadie salió a recibirla.

Rodrigo Ospina estaba detrás del escritorio, con la camisa planchada y un fajo de billetes que contaba con el pulgar. Terminó la cuenta antes de mirarla. Después sonrió con la cortesía de siempre.

El escritorio era de madera oscura, con una calculadora grande y una carpeta azul encima de unos sobres. En la pared colgaba un calendario del banco, lleno de cuadritos con números. Nada estaba fuera de lugar, y eso a Lina le molestó más que un desorden.

—Señorita Ochoa, qué sorpresa tan temprano —dijo él, y guardó el fajo en un sobre—. Mire, siéntese, por favor.

Lina esperó junto a la puerta, con el recibo doblado en la mano. Después se acercó al escritorio y lo dejó con el sello hacia arriba.

—Vengo por este papel. Quiero saber a dónde fue mi plata, y quiero saberlo hoy.

—Su plata se recibió en esta oficina, eso lo tengo claro. Lo que pasó después ya no es asunto mío. Mire, el banco solo ve lo que tiene en el sistema: un atraso de cuatrocientos diez millones desde enero y ningún abono en junio.

En junio Lina había contado los billetes en ese mismo escritorio, uno por uno, mientras Rodrigo miraba la calculadora. Él no le dio las gracias. Solo le entregó el recibo, doblado en tres.

—Yo le pagué a usted, en efectivo, y usted firmó. Ese nombre es suyo.

—Mi firma está ahí, sí. Por eso la voy a revisar con mi contador antes de decir cualquier cosa. —Levantó el recibo hacia la lámpara y lo miró con los ojos entrecerrados.

Lina metió la mano al delantal, sacó un trapo y se secó los dedos uno por uno. La masa todavía le marcaba la uña del pulgar.

—Es mi única prueba.

Lina estiró la mano para tomar el papel, pero Rodrigo ya lo tenía cubierto con la palma. Ella la retiró y la metió en el bolsillo del pantalón.

—Entonces la cuido yo mejor que usted. Así no se le pierde en el delantal —dijo Rodrigo, y puso la mano encima del papel sin soltarlo.

Lina sacó la mano del bolsillo, apoyó los nudillos en el borde del escritorio y no se movió. Afuera pasó un carro con la música a todo volumen, y ella contó hasta cinco antes de hablar. El teléfono sonó dos veces. Rodrigo no lo contestó, pero la luz roja del aparato siguió prendida.

—Hay algo más importante que una plata que no aparece —dijo Rodrigo, inclinándose sobre el escritorio—. El local tiene que quedar libre. Don Felipe quiere vender el lote, y eso no se hace con una arepera en la puerta.

—¿Y usted quiere que yo se lo diga?

—Quiero que usted le hable. Usted tiene la llave del local y la plancha en la mano. Lo único que le falta es entregarlas.

—Él no me escucha. Me pidió la llave, y ni siquiera me miró mientras lo decía. Yo no soy la deudora de todo el edificio.

—Mire, señorita, el lote vale más vacío que lleno de arepas. Y usted sabe cuánto cuesta un local con deudas encima.

Lina repasó la cuenta de memoria, como siempre: arriendo, gas, luz, la plancha que había que reparar. Arriba, su mamá pensaría que su hija había salido a buscar cebolla. Ninguna de esas cuentas le dio una salida.

—Qué buen negocio. Usted se queda con mi recibo y me pide que convenza a Felipe.

—Nadie le quita nada, señorita. Usted pagó, según dice, y a eso le damos tiempo.

Bajo la carpeta azul asomaba una hoja con membrete del banco y un título en mayúsculas: CESIÓN DE CRÉDITO HIPOTECARIO. Lina no entendió todas las palabras, pero sí leyó el nombre que venía abajo, en letras de imprenta: RODRIGO OSPINA. Encima del nombre había una firma apretada, con una F grande. Era la firma de Felipe Vallejo.

Rodrigo no se apuró. Tomó la calculadora, la acercó a la carpeta y empezó a teclear números que Lina no alcanzó a leer.

Rodrigo vio hacia dónde miraba y corrió la carpeta con dos dedos, despacio. Lina abrió la boca y la cerró otra vez.

—Eso es un asunto entre don Felipe y yo. Usted no lo tiene que leer.

Rodrigo abrió el cajón derecho, guardó el recibo entre dos sobres y cerró con llave. Lina salió a la carrera 43 con la cesión en la cabeza, sin poder tocarla.

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