Historia Abierta
Portada de Arriendo en Disputa
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Capítulo 3 · ~5 min

Cuaderno negro

A las tres de la tarde la plancha de la esquina ya estaba fría y el local olía a maíz y a cebolla rebanada. Felipe puso el cuaderno negro sobre el mostrador sin abrirlo. Lina estaba del otro lado, con el delantal limpio y la llave del local colgada del dedo.

—Usted me pidió que lo revisara, y aquí lo tiene. No le prometo que sirva de algo, porque mi papá no escribía pensando en nadie más que en él.

—Yo no le pido promesas, don Felipe. Le pido que abra ese cuaderno y busque junio. Un pago en efectivo, a mi nombre, de tres millones seiscientos mil. Lo pagué el catorce de junio, a las diez de la mañana, y el recibo con el sello morado lo tiene Rodrigo, bajo llave.

Felipe pasó la mano por la tapa. La esquina estaba gastada y tenía una mancha de café seco. En la primera página estaba la letra de su padre, cifras con lápiz, sin un solo tachón.

Felipe pasó las hojas despacio. Cada mes tenía una fila por inquilino, con el arriendo a la izquierda y, al lado de algunas cifras, una sigla pequeña: R.O. La sigla aparecía año tras año, siempre con la misma letra apretada.

—¿Quién es R.O.? —preguntó Felipe, sin levantar la vista.

—Rodrigo Ospina. Él recibía la plata en su oficina, en la carrera 43, como ya sabe. Y el recibo lo firmó él, no yo.

—Mi papá le encargó los cobros hace años. Eso es lo normal en una inmobiliaria, y no tiene nada de raro.

Felipe llegó a junio. La fila de Arepas Amparo estaba ahí, con el arriendo de 1.200.000 escrito con lápiz y la columna del cobro en blanco. En julio, en cambio, aparecía la cifra y la sigla, como en todos los meses.

—Aquí no está. Mire bien, porque yo pagué en esa oficina, con mis manos, y lo conté delante de él. Dos veces, porque él no confiaba en mi conteo.

Felipe miró la fila de junio dos veces. Después puso el dedo sobre la hoja, como le enseñaron en la obra para no perder la línea. No lo quitó.

—Entonces mi papá no lo anotó, o el dinero nunca entró a su caja. Y no sé cuál de las dos cosas es peor.

Lina no contestó enseguida. Se apoyó con las dos manos en el mostrador, cerca del cuaderno, y Felipe vio la masa seca en sus nudillos. Afuera alguien gritaba el precio de los aguacates y nadie le respondía.

Lina miró el delantal, donde ya no tenía ningún papel, y apretó la boca. Felipe se quitó los lentes, los limpió con el borde de la camisa y volvió a ponérselos. Era lo que hacía cuando una cuenta no le cuadraba. Esta vez no le sirvió de nada.

—Usted firmó algo con Rodrigo. Me lo dijo él esta mañana por teléfono, y dice que tiene su firma encima.

—Firmé la cesión del crédito. Es lo que pide el banco cuando alguien asume la deuda de un edificio, y el banco no pregunta nada más.

—¿Y el local? ¿Ya lo metió en ese papel?

—Hablé con él sobre el lote, y ya. No me pida que le cuente más de lo que me toca.

—Usted no habla con nadie, don Felipe. Usted firma y después se va.

—Entonces hablemos de plata. El 9 de octubre sigue en pie. Si ese día no aparecen 7.200.000, firmo con Rodrigo en la notaría, y ya no me vuelve a ver en esta esquina.

Felipe dejó el cuaderno abierto sobre el mostrador, en la página de junio, y caminó hacia la puerta de vidrio.

Lina cerró el cuaderno con la palma de la mano antes de salir.

Felipe no empujó la puerta. Se quedó con la mano en el vidrio frío y miró la calle, donde un motociclista esperaba con el casco en la mano y una caja de pollo amarrada al asiento.

Detrás de él, el ventilador movía la cortina de la cocina. Lina no había salido todavía. La oyó pasar un trapo sobre el mostrador, despacio, sin mirar la hoja que acababa de cerrar.

—Don Felipe —dijo ella, sin levantar la voz—. ¿Gonzalo le contó alguna vez por qué cobraba en efectivo?

—Gonzalo no me contaba nada —respondió él, y se giró hacia ella—. Yo venía a firmar y me iba.

Lina dejó el trapo sobre el cuaderno, justo encima de las iniciales R.O. No lo quitó.

—Entonces léalo usted. Esta noche, en su casa, con el lápiz en la mano. Todo lo que no cuadre me lo trae el jueves.

—El jueves tengo una reunión con el banco —dijo Felipe. Era verdad, y aun así sonó a excusa.

—Entonces el viernes. El viernes sé dónde voy a estar yo. ¿Y usted?

Felipe no contestó. Miró el cuaderno cerrado, la tapa negra con la esquina gastada, y pensó en el lote, en la cerca y en el banco que no esperaba a nadie.

Asintió una vez, tomó el cuaderno de debajo del trapo y dejó que la puerta se cerrara sola detrás de él.

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