Historia Abierta
Portada de Arriendo en Disputa
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Capítulo 4 · ~4 min

Demanda con sello

El sobre tenía el sello de un juzgado y el nombre de Nubia Ochoa escrito a mano en una esquina. Lina lo encontró sobre el mostrador, junto a la caja de los cambios, donde su madre lo había dejado a las siete de la mañana.

Un hombre con chaleco azul lo trajo a la reja, pidió una firma y se fue sin entrar al local. Nubia firmó la planilla sin leerla, como firmaba todo lo que llegaba con sello.

—Bueno, bueno —dijo Nubia desde la silla del mostrador—. Ábrelo tú, mija, que yo ya no veo las letras chiquitas.

Lina rompió el borde con el pulgar. Adentro había cuatro hojas con el sello del juzgado de Envigado y, arriba, una frase en mayúsculas: DEMANDA DE RESTITUCIÓN DE INMUEBLE.

Leyó el encabezado dos veces, como leía las cuentas de la luz antes de pagarlas. El demandante era Rodrigo Ospina, que ahora cobraba la deuda del edificio. El demandado era Nubia Ochoa, inquilina del local de la calle 38 sur.

Lina pasó a la tercera página. Ahí estaba el arriendo sin pagar, los seis meses, los 7.200.000 pesos, y un párrafo que pedía entregar el local en diez días hábiles.

Lina hizo la cuenta de memoria. Seis meses de 1.200.000 daban 7.200.000, la misma cifra que Felipe Vallejo había dicho en el local.

—¿Qué dice, mija? —preguntó Nubia, con las manos cruzadas sobre el delantal.

—Que nos quieren sacar. Tenemos diez días hábiles para contestar. Si no contestamos, el juez ordena desalojar el local.

Nubia se puso de pie despacio y se agarró del borde del mostrador.

—Bueno, bueno —repitió, sin mirar a su hija—. Nosotras siempre pagamos. ¿O no?

Lina dio vuelta a la última hoja. Al pie estaba la cesión del crédito, con la firma de Felipe Vallejo y el sello de la inmobiliaria. Era la misma hoja que había visto bajo la carpeta azul.

—Pagué en junio, mamá. —Lina lo dijo sin levantar la voz, y no miró la hoja.

—¿Y entonces por qué mandan una demanda? ¿Y el recibo?

—Lo tiene el señor Ospina. Es un enredo con el papel. Ya lo arreglo yo.

Nubia miró la carpeta, después la cara de su hija, y no insistió. Subieron los dos por la escalera angosta, con las hojas apretadas contra el pecho de Lina y su madre agarrada del pasamanos.

En el segundo piso el aire olía a cebolla y a la sábana que se secaba junto a la ventana. Lina abrió el armario, sacó la carpeta de los recibos de la luz y se sentó en la cama al lado de su madre.

—Tú siempre arreglas todo sola —dijo Nubia, y se quedó mirando la ventana.

Lina no respondió. El recibo de junio no estaba en la carpeta. Lo tenía Rodrigo Ospina, bajo llave, y ella no podía pedirlo por teléfono.

Puso la demanda sobre las rodillas y leyó la cesión. Decía que Rodrigo Ospina asumía la deuda del crédito de 410 millones y todos los derechos sobre el inmueble.

Lina miró el reloj de la cocina, que se veía desde la escalera. Eran las ocho y veinte. Desde las siete, el sobre había estado en el mostrador y nadie más lo había tocado.

Marcó el número de Beatriz con el pulgar. Contestó al tercer timbre.

—Consultorio, Beatriz Quintero. Dígame.

—Beatriz, soy Lina. Me llegó una demanda de restitución del local. Dice diez días hábiles para contestar.

—A ver. Léame el número del radicado y quién firma abajo.

Lina leyó el número despacio, con el dedo sobre cada cifra. Del otro lado se oyó papel pasando, y después un silencio corto.

—Firma Rodrigo Ospina como cesionario —dijo Beatriz—. Y la cesión la firmó Felipe Vallejo. ¿Ya vio esa hoja?

—La vi ayer, debajo de la carpeta azul. Tiene la firma de él.

—Yo ya tengo la copia de la cesión sobre la mesa. La pedí en el registro desde que usted me contó lo de la carpeta. No la voy a soltar hasta leer cada renglón.

Lina cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos.

—Voy después del mediodía. Mi mamá no sabe todo esto, y no quiero que se entere por el papel.

—Venga con la demanda original, no con la fotocopia. Y no me diga que es un enredo, porque ya lo leí.

—Bueno —dijo Lina, y colgó antes de que Beatriz preguntara algo más.

Nubia seguía junto a la ventana, con la sábana medio seca entre los dedos. Lina guardó la demanda en la carpeta de los recibos, en el segundo piso, junto a su madre, y no dijo nada del sobre de las siete.

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