Historia Abierta
Portada de Arriendo en Disputa
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Capítulo 5 · ~4 min

Trato en la plancha

Lina pensaba en la plancha, que se quemaba si nadie la vigilaba, y en la demanda guardada en el segundo piso. Los días hábiles se iban rápido cuando había un juez de por medio.

Arriba, su madre seguía junto a la ventana sin saber nada de la cesión. Lina no quería que bajara a preguntar por el papel.

Felipe Vallejo llegó a las tres y cuarto con el cuaderno negro de su padre bajo el brazo. Se quedó en la reja hasta que Lina le hizo una seña con la espátula.

—Recibí la demanda —dijo él—. Usted sabe lo que eso significa.

—Sé lo que significa —respondió Lina, y dio vuelta una arepa de queso—. Por eso le pido que la suspenda.

Felipe dejó el cuaderno sobre el mostrador, encima del trapo de la otra tarde. Lina había bajado una copia de la demanda en la carpeta, y él la tomó sin pedir permiso. Se puso los lentes y leyó la primera hoja dos veces.

—Usted no me puede pedir eso —dijo él, sin levantar la vista—. El banco no espera a que usted encuentre plata.

—No le pido que espere al banco. Le pido un mes para reunir lo del arriendo, y que mientras tanto no nos saque del local.

Lina apagó la plancha y se secó las manos en el delantal. Afuera, un camión de gas bajó la cuesta con el motor en neutro.

—Un mes —repitió él—. ¿Con qué plata, si usted dice que ya pagó?

—Con la que me falta. Y con el recibo de junio, que el señor Ospina tiene guardado en su cajón.

Desde que su papá se fue, Lina contaba cada peso antes de gastarlo. Ese hábito no se lo quitaba nadie, ni siquiera un juez.

Felipe abrió el cuaderno en la página de junio y la dejó abierta. Desde el mostrador, Lina vio la fila en blanco al lado del nombre de su local.

—Ya lo revisé —dijo él—. Junio está en blanco. Eso no lo arreglo con un mes ni con buena voluntad.

—Yo no le pido buena voluntad. Le pido que el banco vea mis cuentas antes de quitarme el local.

—¿Y qué gana usted con suspenderla? ¿Solo ganar tiempo?

—Gano que el local siga abierto. Y que usted no firme con nadie de apuro.

Felipe cerró el cuaderno, y la tapa negra hizo un sonido seco sobre el vidrio. Lina pensó que ese sonido era lo único en que él no discutía.

—Beatriz Quintero ya pidió la cita con el banco para mirar una reestructuración —dijo ella.

—¿Una reestructuración? Eso lo decide el banco, no usted ni la abogada.

—Por eso le pido el mes. Si el banco la acepta, la demanda queda suspendida hasta la audiencia de noviembre.

Felipe se quedó mirando la tapa del cuaderno, con el dedo sobre el borde. Después sacó del bolsillo una libreta pequeña, la misma donde había escrito su apellido la primera vez.

—Un mes —dijo, y escribió—. Si el banco no firma, el local sale del edificio y no hay más conversación.

—Lo firmo cuando lo haya leído dos veces.

Lina no soltó la llave del local, que llevaba colgada del dedo con un hilo rojo. La dejó sobre el mostrador, cerca de la libreta, pero no se la ofreció.

Afuera se oyó el motor de una camioneta gris. Frenó junto al andén, y Lina reconoció el carro antes de ver al hombre que bajaba.

Rodrigo Ospina entró con una carpeta azul bajo el brazo y un fajo de billetes en la otra mano. Se quitó el sombrero en la puerta, como un hombre que conoce cada rincón de la cuadra.

—Buenas tardes, señorita Ochoa. Veo que ya hablaron de los números —dijo, y miró primero a Felipe y después el cuaderno abierto.

Rodrigo comenzó a contar los billetes con el pulgar, uno por uno, sin apuro. Dejó la carpeta azul sobre la plancha apagada, al lado de la llave.

—Yo venía a dejarle una copia, don Felipe —dijo Rodrigo, y abrió la carpeta sin mirar a Lina—. Hay cosas que conviene leer a tiempo.

Lina alcanzó a ver el membrete de la primera hoja, pero Rodrigo la giró hacia su pecho antes de que pudiera leer una línea.

—Felipe ya firmó conmigo, señorita, ¿no le dijo?

Felipe se quitó los lentes despacio. Los dobló y los guardó en el bolsillo de la camisa, sin mirar a Rodrigo ni a Lina.

Rodrigo seguía contando billetes con el pulgar, sin apuro. Lina se sacó la liga roja de la muñeca y se la puso en el pelo, con el nudo apretado.

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