Capítulo 6 · ~5 min
Promesa en el archivador
—Ya le dije que la contabilidad está en el archivador, no en la nevera —dijo Felipe Vallejo desde la reja.
Lina cerró la nevera con la cadera. Eran las siete de la mañana y el local todavía olía a maíz frío.
—Estoy buscando —respondió—. Usted quiere el papel rápido, pero el papel no aparece solo.
Felipe entró sin pedir permiso y se quedó en la puerta del cuarto de atrás. El archivador era un mueble gris de cuatro cajones que había llegado con don Gonzalo, y nadie más lo abría.
—Mi papá guardaba ahí lo del edificio —dijo él—. Lo de los arriendos lo tenía en el cuaderno.
—Pues el cuaderno no tiene junio.
Lina tiró del primer cajón. Chirrió, y adentro había carpetas de colores desteñidos, recibos de la luz y un contrato de 2016 con la firma de don Gonzalo y el nombre de su madre. Revisó el segundo cajón con la misma paciencia con la que contaba el cambio de los clientes.
En el tercero apareció una carpeta verde marcada CONTABILIDAD, con una letra apretada que no era la de don Gonzalo. Al fondo, debajo de unas escrituras, había un papel doblado en tres partes con un sello de notaría.
Lo desdobló despacio. Arriba decía PROMESA DE COMPRAVENTA, y más abajo: lote de la calle 38 sur, 620.000.000 de pesos. Lina leyó la fecha dos veces: 11 de septiembre.
—Señor Vallejo —dijo, sin subir la voz—. Venga a leer esto.
Felipe se acercó, sacó los lentes del bolsillo de la camisa y se los puso. Leyó en silencio. Lina vio que se le marcaba la mandíbula en la segunda hoja, la de las condiciones.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, aunque ya lo sabía.
—Una promesa de venta.
—Eso ya lo leí. Pregunto la fecha.
Felipe se quitó los lentes y los dobló despacio.
—Once de septiembre. Firmé en la notaría del centro.
—Y ese mismo mes yo le ofrecí cuotas en la acera, y usted me dio plazo hasta el 9 de octubre.
Lina sostuvo la promesa con las dos manos, igual que había sostenido el recibo de junio. Afuera pasó una moto con el escape roto. Cláusula cuarta, en letra pequeña: el local debía entregarse desocupado y sin ocupantes. Lina leyó la palabra ocupantes dos veces. Ella era la ocupante, con delantal y liga roja en el pelo.
—Dice aquí: condicionada a local desocupado. Eso es lo que quiere el señor Ospina.
—Eso es lo que pide el comprador. Yo firmé.
—Seiscientos veinte millones —leyó Lina—. Por un lote con una arepera encima.
—Por un lote con un banco encima —respondió él.
Lina hizo la cuenta de memoria, como hacía con las vueltas del día: seiscientos veinte menos cuatrocientos diez daba doscientos diez millones. Con esa diferencia, Felipe podía pagar el banco sin tocarla. No lo había hecho.
—Yo le pregunté en la acera si pensaba vender. Usted no contestó.
—Usted preguntó por la plata, no por el lote.
—Porque la plata la pagué.
Felipe miró la fecha por encima del hombro de Lina, como si el papel pudiera cambiar de día. Después bajó la vista a la firma del comprador y se detuvo en la letra R antes del apellido Ospina. Lina ya conocía esa letra del recibo de junio, la del sello morado y el cajón cerrado con llave.
—Antes de darme plazo en la acera, usted ya había firmado —dijo Lina—. Eso fue lo que hizo usted.
—Usted no me preguntó por el once de septiembre.
—Porque no sabía que existía.
Felipe cogió el cuaderno negro del mostrador. Tenía la mandíbula cerrada y el dedo en la tapa, igual que el día anterior. Sobre la plancha apagada ya no estaba la carpeta azul. Rodrigo se la había llevado la tarde anterior.
—Me voy a Bogotá hoy. Tengo una obra que no espera, y el cuaderno tiene que llegar a Beatriz antes de la cita con el banco.
—Y la promesa se queda conmigo.
—Es mi firma.
—Y es mi local.
Lina cogió la llave del mostrador, la colgó del hilo rojo y cerró la reja con candado. Felipe la miró hacer eso sin decir nada.
Lina dobló el papel en tres partes, como lo había encontrado, y lo metió en la bolsa del delantal. Cerró el archivador con el pie.
Caminaron dos cuadras hasta el parque sin hablar. Lina caminó con la mano en el bolsillo del delantal todo el trayecto, sin soltar el papel. En el consultorio de Beatriz la reja estaba a medio abrir, y el escritorio tenía una pila de carpetas con etiquetas en lápiz y un vaso de agua a medio tomar. Felipe no se sentó. Dejó el cuaderno sobre el escritorio, debajo de la lámpara, y lo cerró con dos dedos, despacio.
Lina tocó el bolsillo del delantal, donde el papel seguía doblado. Once de septiembre.
—Cuando vuelva de Bogotá le explico lo de la firma —dijo él, con la mano en la reja.
—Lo explica ahora, señor Vallejo.
—Ahora no.
Felipe se fue por la calle hacia el terminal sin mirar atrás, y Lina se quedó en la puerta con la fecha en el bolsillo.