Historia Abierta
Portada de Arriendo en Disputa
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Capítulo 7 · ~5 min

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Lina pasó el dedo por la columna de junio y se detuvo en el cuadro vacío. Tenía el delantal puesto todavía, y el papel de la promesa seguía doblado en el bolsillo.

—Catorce de junio, diez de la mañana —dijo sin levantar la vista—. Ahí debía salir mi pago.

Beatriz Quintero se inclinó sobre el escritorio con el lápiz en la mano. Tenía las gafas en la punta de la nariz y una pila de carpetas con etiquetas escritas a lápiz.

—A ver —dijo—. Déjeme leer la fila completa antes de creer que no está.

La lámpara calentaba la mesa y olía a café frío. Beatriz leyó en voz baja. Marcó con lápiz el arriendo de 1.200.000 pesos, después la fecha y por último el cuadro en blanco.

—¿Y julio? —preguntó Lina.

—Julio sí tiene cifra —respondió Beatriz—. Y al lado, las mismas dos letras de siempre: R.O.

Lina hizo la cuenta de memoria. Seis meses daban 7.200.000 pesos, y si el pago de junio existía, le quedaban 3.600.000 por pagar.

Pasó la mano por la fila de julio y después subió hasta el año anterior. Las iniciales se repetían en cada cobro, año tras año.

El 14 de junio, Rodrigo contó los billetes con el pulgar, escribió el recibo con sello morado y lo guardó en su cajón. Lina había contado el dinero dos veces sobre el mostrador de la oficina, y él no le dio las gracias ni levantó la vista.

—Yo no le pido que me crea, Beatriz. Le pido que busque.

—Eso hago. Pero busco con lápiz, no con fe.

—Las mismas que firmó en mi recibo —dijo Lina.

—Año tras año en esa columna, Lina. Solo junio sale en blanco, y eso no lo arregla ninguna palabra.

—O sea que Rodrigo cobraba en efectivo y lo dejaba escrito con sus iniciales.

—Eso lo dice usted. Lo que tengo es un cuaderno que no dice nada de junio, y un cuaderno no habla de sí mismo.

—Por eso necesito el recibo. Está en su cajón, entre dos sobres.

—¿Tenía número?

—Número cuatro, con el sello morado de la inmobiliaria. Lo firmó él, con su R.

Beatriz hizo un círculo alrededor del cuadro vacío y luego una raya hacia la derecha. Pasó las hojas hacia atrás, despacio, hasta llegar al final del cuaderno. Algunas tenían manchas de café y cuentas del agua de 2019.

La última hoja estaba escrita con la letra apretada de don Gonzalo, más firme que en el resto del libro. Debajo de una cuenta de la luz había cuatro renglones, sin fecha.

Beatriz leyó primero en silencio. Después puso el dedo sobre el primer renglón, para que Lina pudiera seguir la letra.

Decía: El crédito no se paga desde enero y yo no se lo dije a mi hijo. Lo engañé hasta el final porque no supe cómo decirlo. Si Felipe vende, que no sea a R.O.

Beatriz se quitó las gafas, las limpió con la punta de la blusa y volvió a ponérselas. Lina se quedó con la mano en el borde de la mesa.

Lina conocía esa letra de niña. Cuando era chiquita, don Gonzalo le dejaba las vueltas en la mano y le decía que contara bien.

—Lea la última línea otra vez —pidió Lina.

—Si Felipe vende, que no sea a R.O. —leyó Beatriz, separando cada palabra.

—Él firmó con R.O. el 11 de septiembre —dijo Lina—. Está en la promesa, con la fecha y todo.

—Una R no prueba nada, Lina. Lo que dice esta hoja es que su papá temía que el hijo vendiera. Y temía que vendiera a alguien que ya le debía.

Lina sacó la promesa del bolsillo del delantal y la desdobló sobre el escritorio, al lado del cuaderno. La firma del comprador quedó bajo la lámpara, con la R antes del apellido.

Beatriz tomó la hoja, la comparó con la letra de la nota y no dijo nada durante un rato. Después pasó el lápiz por la R, sin marcarla.

—Entonces el cuaderno no sirve de nada. Solo me sirve si junio aparece en otro papel.

—Sirve para una cosa: junio está en blanco y julio tiene R.O. Eso se puede contar delante de un juez, con el recibo al lado.

—El recibo está en el cajón de él, entre dos sobres, y él no lo va a sacar por las buenas.

—Por eso el banco tiene que decir por escrito que no recibió nada en junio. Sin ese papel, todo lo demás es de palabra.

Lina pensó en Felipe en la acera, con los lentes doblados en la mano. Él había traído ese cuaderno al local varias veces y nunca había mencionado la última hoja.

Beatriz anotó la fecha en una libreta, catorce de junio, y debajo escribió banco, por escrito. Subrayó dos veces y le pasó la libreta a Lina para que la leyera.

Lina no tenía sello ni recibo a la mano. Tenía una demanda guardada en la carpeta de los recibos, arriba, y una promesa de compraventa en el bolsillo.

Beatriz cerró el cuaderno con las dos manos y lo guardó en el cajón de abajo del escritorio. Le dio dos vueltas a la llave y se la metió en el bolsillo de la blusa.

Lina recogió la promesa, la dobló en tres partes y la guardó en el bolsillo del delantal. Después se sentó en la silla de visitas y puso la mano en el pecho, sobre el papel.

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