Capítulo 8 · ~5 min
Reproche en la acera
La promesa de compraventa salió del bolsillo del delantal doblada en tres partes. Lina la desdobló contra la reja del local y la alisó con la palma, despacio.
Felipe Vallejo la vio desde la otra acera. Acababa de bajar del bus de Bogotá con el maletín al hombro y la camisa pegada a la espalda.
Cruzó sin mirar el semáforo y se paró frente a ella. El candado de la reja seguía puesto, y detrás del vidrio se veía la plancha apagada.
En el maletín llevaba un sobre del banco con la cifra de 410 millones y la fecha del 30 de noviembre subrayada dos veces. No lo sacó todavía.
—Cancele esta promesa antes de firmar nada —dijo Lina—. Hoy, no el viernes.
—La firma la puse el 11 de septiembre —respondió Felipe—. No la hice ayer para molestarla.
—No me molesta la fecha. Me molesta que no me lo dijera.
—Doña Beatriz ya tiene el cuaderno. ¿Qué más quiere de mí?
—Que lo lea entero. Hasta la última hoja.
Felipe no contestó. Miró el papel, después la calle, donde una moto esperaba con el motor encendido.
—Esa venta la dejó armada mi papá con Rodrigo. Yo solo puse mi firma en lo que él dejó hecho.
—¿Su papá? Mire esto antes de hablar de él.
Lina sacó el teléfono del bolsillo de la blusa. Antes de que Beatriz cerrara el cuaderno, le había pedido una foto de la última hoja.
Acercó la pantalla a la reja para que Felipe leyera sin tocarla. Reconoció la letra apretada de su padre antes de llegar a la primera palabra.
La pantalla temblaba un poco en la mano de ella. Lina no lo disimuló.
La última línea decía: si Felipe vende, que no sea a R.O. Felipe la leyó dos veces y no dijo nada.
Pasó un bus con la música alta y la reja vibró un poco.
—Esa letra es de mi papá —dijo al fin, con la voz más baja.
—Entonces sabe lo que pidió. Y usted firmó con R.O. el 11 de septiembre.
Felipe se pasó la mano por la nuca. Sus dedos quedaron húmedos del calor del bus.
—Lo del crédito lo sé desde marzo —dijo—. El día del entierro lo supe.
—¿Desde marzo? —Lina bajó el teléfono—. ¿Y no me lo dijo cuando le pedí el cuaderno?
—Usted no me preguntó por el crédito. Me preguntó por junio.
Felipe abrió el maletín, sacó el sobre del banco y lo dejó abierto sobre la tapa, para que ella viera la cifra. No se lo dio.
—Cuatrocientos diez millones —dijo él—. Ese es el número que me pide el banco.
—Y usted me discute por siete millones. Eso también lo sabe.
—Porque en junio yo pagué. Lo demás es de su papá y de su firma.
La liga roja se le había aflojado en el pelo. Lina la ajustó con dos vueltas, sin mirarse en el vidrio de la reja.
Una señora pasó con una bolsa de pan y miró la reja un segundo. Felipe esperó a que se fuera.
—Mi papá no tenía cómo pagar sin vender, Lina. Yo lo sabía y firmé igual.
Lina repitió cada palabra despacio, como si contara las vueltas.
—Lo sabía y firmó con R.O.
—Lo firmé porque el banco iba a rematar el edificio. Por eso la venta sale el 25 de octubre.
—¿Y la cláusula cuarta? Dice que el local tiene que quedar vacío.
—Y yo no tengo el recibo a mano. Lo tiene Rodrigo en su cajón, entre dos sobres.
—Entonces usted no tiene nada firmado, y yo sí.
Felipe miró el papel doblado en la mano de ella. Sabía de memoria esa cláusula, y no se la iba a explicar en la acera.
Felipe se quitó los lentes y los limpió con la camisa. Sin ellos, la calle se veía borrosa y el papel en la mano de Lina más pequeño. Se los volvió a poner.
—Cancele —insistió Lina—. Llame a Rodrigo y dígale que no firma.
Lina dio un paso hacia la reja y el candado sonó contra el hierro.
Felipe pensó en las cuatro llamadas perdidas de Rodrigo que tenía en el celular. Ninguna la devolvió.
—El viernes 25 firmo en la notaría, con usted o sin usted.
Lina ladeó la cabeza y lo miró como a un cliente que pide fiado.
—Entonces firme. Pero no diga que lo dejó hecho mi papá.
Felipe no respondió. Miró la plancha apagada, la reja y el cartel de arepas pintado a mano sobre la puerta.
Junto al borde de la acera había una gorra azul con la visera hacia abajo. Era la gorra de Yeison Mesa, que la había dejado allí al salir cargando sillas.
Felipe la levantó, la sacudió contra la pierna y se la puso con la visera hacia atrás, como la usaba el muchacho cuando el día salía mal.
Lina dobló la promesa otra vez, la sostuvo en la mano derecha y se fue calle abajo sin despedirse.