Capítulo 9 · ~4 min
Tinto después de cerrar
Lina contó la caja dos veces y le dio lo mismo: cuarenta y un mil pesos para una demanda de siete millones doscientos mil.
Cerró el cajón con la cadera. La plancha seguía encendida, con dos arepas de queso que nadie quiso. Felipe Vallejo estaba sentado en la mesa del fondo, con la gorra de Yeison puesta y la visera hacia atrás. Tenía el tinto al lado y no lo había probado.
—Se le va a enfriar —dijo Lina—. Ya cerré y no le caliento otro.
—Así me sirve —respondió él, con la mano puesta sobre el sobre del banco.
Lina se sentó al otro lado de la mesa y dejó la promesa doblada entre los dos vasos. No la soltó del todo. El olor a maíz quemado se le había pegado a la blusa.
—¿Eso es lo que pide el banco?
—Cuatrocientos diez millones. Ya lo sabe.
—Lo sé. Lo que no sé es por qué lo tiene en el maletín.
—Porque ahí lo dejé.
Felipe abrió el sobre solo lo justo para mostrar la cifra y lo cerró con dos dedos.
—Necesito que no firme el viernes. Beatriz quiere llevar el cuaderno al banco con la cuenta de junio.
—El banco me pide la firma el viernes 25. Usted lo sabe.
—Dese cuarenta y ocho horas. Solo eso.
Felipe apartó el vaso y la miró por primera vez desde que ella cerró la reja.
—¿Y qué cambia en dos días?
—Que el banco diga por escrito que no recibió nada en junio. Eso cambia todo.
—¿Y si el banco dice que sí recibió?
—Entonces sabemos quién miente.
Él se quedó callado un segundo, revisando una cuenta que ya tenía hecha. Arriba, en el segundo piso, su mamá tenía la radio puesta y ya había firmado el sobre que llegó a las siete. Lina pensó en el cable de la luz que cruzaba el techo del cuarto de atrás y en lo que costaba cada foco.
—Y tutéame, Felipe. Desde chiquitos nos hablamos como vecinos, no como notarios.
—Está bien, Lina. Dos días.
—Dos días. Y cuando el banco conteste, me enseñas la firma antes que a nadie.
—Te enseño lo que tengo.
Afuera, los faros de una camioneta gris cruzaron el vidrio y se detuvieron frente a la reja. Alguien golpeó el hierro con los nudillos, dos veces, sin apuro.
Lina abrió la reja a medias, lo justo para que pasara un hombre con sombrero.
Rodrigo Ospina entró con el sombrero en una mano y un fajo de billetes en la otra. Contaba los billetes con el pulgar mientras caminaba. Miró la gorra de Felipe y no dijo nada.
La gorra era de Yeison, que la había dejado en la acera al salir cargando sillas. Lina pensó en él. Yeison llegaba a las cinco y media a pelar el maíz, y mañana a las seis no habría luz para la plancha.
—Mire qué casualidad, Felipe. Lo estaba buscando desde las cinco.
—Aquí estoy.
—Mire, el banco necesita su firma mañana antes de las nueve. Nada de demoras.
—Dos días. Después firmo lo que haga falta.
Rodrigo miró a Lina, después la promesa doblada entre los vasos, y sonrió sin enseñar los dientes. Guardó el fajo en el bolsillo de la chaqueta.
—Mire, doña Lina, esto no tiene que ver con usted.
—Tengo las llaves del local, don Rodrigo. Algo tiene que ver.
—Las llaves no firman nada. Mire: mañana a las seis cortan la luz del local. Es orden de la administración.
—¿Qué administración? Usted ya no administra nada.
—Administro lo que me deben, que es bastante.
—El recibo de junio sigue en su cajón, ¿no?
—Mire que los recibos se pierden, doña Lina. Hasta los que uno guarda bien.
—¿Quién firmó esa orden?
Rodrigo dejó la carpeta azul sobre la mesa, cerca del sobre del banco, y no la abrió.
—Lo firmó quien tenía que firmarlo.
Felipe no contestó. Sacó el celular del bolsillo, miró la pantalla y lo volvió a guardar sin marcar nada.
—Yo no firmé nada de la luz.
—Usted no hace falta para eso, Felipe. Ya está hecho.
Lina no le dio la mano a nadie. Miró la hoja que sobresalía de la carpeta y no alcanzó a leer el membrete. Pensó en la plancha, en las arepas del día siguiente y en el recibo de junio que seguía en el cajón de Rodrigo.
—Pasado mañana no hay más prórroga. Lo pensé bien antes de venir.
Rodrigo tomó la carpeta azul, se acomodó el sombrero y salió. Los faros de la camioneta se perdieron calle arriba.
Felipe se quedó con el tinto frío en la mesa.
Lina apagó la plancha.