Capítulo 10 · ~5 min
Páginas arrancadas
—Sin luz no abro, Beatriz, pero el cuaderno sí lo necesito hoy.
Beatriz no levantó la vista de la hoja. Tenía el lápiz en la mano y un círculo alrededor de una cifra de julio.
—Cuénteme qué pasó con el tiempo que le dio Felipe, y después hablamos del cuaderno.
Lina dejó la bolsa de maíz sobre la silla de visitas y se quedó de pie. La blusa todavía olía a humo de la plancha.
—Pasó que cortaron la luz a las seis, como dijo Rodrigo, y Felipe no contestó ni una llamada.
Beatriz dejó el lápiz sobre la hoja. Afuera pasó un bus con el motor ronco y los vidrios del consultorio vibraron.
—Por eso el cuaderno se queda conmigo, Lina. El banco me dio cita a las diez.
—¿Y con qué llevo yo la prueba de junio? El recibo lo tiene Rodrigo en el cajón.
Beatriz no contestó enseguida. Abrió el cajón de abajo con la llave que tenía en el bolsillo de la blusa, sacó el cuaderno negro y lo dejó sobre el escritorio, con la mano encima.
—Démelo y lo llevo yo al banco. Usted ya tiene bastante con sus papeles.
—No. Lo que se lleva al banco va con la cuenta escrita, no en la cabeza de nadie. A ver, mire esta columna.
Lina se acercó y miró la columna de junio. La casilla del pago seguía en blanco, con la letra de don Gonzalo.
—Ese blanco lo pagué yo, en la oficina de Rodrigo, con plata en la mano.
—Y yo le creo. Pero el banco no me cree a mí ni a usted. Por eso la cita.
Beatriz escribió la hora en la libreta: diez, banco, por escrito. La carta del banco todavía no llegaba. La había pedido por teléfono y por correo, y cada vez le contestaban lo mismo: que la estaban revisando.
Lina miró el reloj de pared, que marcaba las nueve y diez.
Tocaron la puerta de vidrio con la punta de un anillo, sin prisa.
Rodrigo Ospina entró sin esperar respuesta, con el sombrero en una mano y una carpeta azul bajo el brazo. Contaba unos billetes con el pulgar mientras cerraba la puerta.
—Buenos días, doctora. Mire que la encontré temprano, como me dijeron. Vengo a recoger lo que es de la administración.
—Aquí no hay nada de la administración, señor Ospina. Hay un cuaderno que escribió don Gonzalo, y está en mi cajón.
—Mire, doctora, cuatro años llevé yo esa caja. Cada peso de arriendo pasó por mis manos. Ese cuaderno es mío tanto como de él.
—A ver. Déjeme leer el papel que trae en la carpeta.
Rodrigo sacó una hoja y la puso sobre el escritorio, con la firma hacia arriba. Beatriz la leyó con el lápiz, sin tocarla, y encontró el nombre del banco y la palabra anexos.
Pensó en la firma de Felipe, puesta tan rápido que no alcanzó a leer la hoja de atrás.
—Esta cesión tiene una firma de Felipe Vallejo. Dice anexos, pero no dice cuáles.
—Anexos los que estaban en la oficina donde yo mandaba, doctora. Y esa oficina ya no es de él.
—Usted no mandaba nada cuando le pagué en junio.
Rodrigo no miró a Lina. Miró el cuaderno sobre el escritorio y después la mano de Beatriz encima.
—Señorita Ochoa, hable cuando le toque. Esto es entre abogados y papeles.
—Y la luz la cortó quien tenía la orden, no yo. Eso lo sabe todo el barrio.
Rodrigo sonrió sin enseñar los dientes y se pasó el pulgar por el borde de los billetes del bolsillo.
—No se lleva nada hoy. El cuaderno no sale de este cajón sin orden de un juez.
Beatriz se puso de pie, para que la altura le diera fuerza a la voz, y puso la mano sobre el cuaderno.
—Un juez lo va a tener en la mano de todos modos, doctora. Yo solo vengo a adelantar la fila.
—Pida lo que quiera, don Rodrigo. El cuaderno sigue donde está hasta que el banco lo mire.
Rodrigo se inclinó sobre el escritorio y agarró la esquina del cuaderno. Beatriz no soltó. El papel crujió entre los dos.
Cuando Rodrigo tiró, Beatriz perdió el cuaderno y la última hoja se rasgó por el medio, con un sonido seco. Él se quedó con el cuaderno y la mitad de arriba, donde estaba la nota. Beatriz se quedó con la de abajo, la de la cuenta de luz.
Le temblaban los dedos. Beatriz guardó el lápiz en el bolsillo sin mirarlo, para que nadie lo viera.
Lina dio un paso hacia el escritorio con las manos todavía blancas de harina.
—Iré, don Rodrigo. Con recibo o sin recibo.
—Venga a buscarlas a mi oficina, señorita Ochoa, si se atreve.
Rodrigo se acomodó el sombrero y salió con el cuaderno bajo el brazo. La puerta de vidrio quedó temblando detrás de él, y por el cristal se vio la silueta del sombrero hasta la esquina.
Beatriz miró la mitad de papel que le quedaba, con la cuenta de la luz escrita a lápiz. La dobló en tres, la metió en la carpeta gris y guardó la carpeta en el cajón con llave.