Capítulo 11 · ~4 min
Dinero de la caja
Felipe pasó el dedo por la columna de agosto hasta encontrar la cifra. Ciento cincuenta millones, sin centavos, en una hoja del banco que había llegado esa mañana por correo.
Beatriz tomó la hoja con dos dedos y la acercó a la lámpara.
—Aquí dice pago parcial a intereses de mora. No dice quién lo mandó.
—Lo mandó la inmobiliaria. Eso dice el extracto que me pasó el contador.
Felipe sacó de la carpeta las hojas que había impreso en la papelería de la esquina. Las tenía dobladas en cuatro desde la noche anterior, cuando las leyó en la mesa de la cocina de su papá, con la nevera zumbando.
Lina seguía de pie junto a la puerta. Había vuelto de la oficina de Rodrigo media hora antes, sin recibo, y todavía tenía la bolsa del delantal arrugada en la mano.
—Dame eso —dijo ella, y se acercó a la mesa.
Felipe le pasó la hoja de agosto. Ella la leyó de arriba abajo, con el dedo sobre cada cifra.
—Retiro de caja —dijo Lina—. ¿Caja de quién?
—De la inmobiliaria. Todo lo que entra y sale en efectivo pasa por ahí.
Beatriz sacó de un sobre amarillo la hoja de junio del libro de caja y la puso al lado. Marcaba cada cifra con un círculo de lápiz, despacio, y pasaba la mano por el papel para alisarlo.
Felipe buscó el catorce con el dedo. Entre una compra de cal y un pago de luz había una línea sin nombre.
Felipe sumó la columna de junio dos veces con el lápiz de Beatriz. Las cuentas cuadraban con el libro, pero no con nada que el banco hubiera recibido.
—Ingreso en efectivo, tres millones seiscientos mil. Sin detalle —leyó Beatriz.
Lina soltó la bolsa sobre la silla de visitas.
—Ese es mi pago. Lo conté yo en la mesa de Rodrigo, billete por billete.
—Lo sé, Lina. Pero en la caja no dice su nombre. Dice sin detalle.
—Entonces el sin detalle soy yo.
Felipe no sonrió, aunque la frase le dio ganas. Recordó la oficina de Rodrigo en agosto, la cesión puesta sobre el escritorio y el teléfono vibrando al lado. Firmó sin pensar en la cuenta de nadie.
—¿Tú sabías que existía esa caja? —preguntó Lina.
—Sabía que existía. No sabía a dónde iba cada peso.
—Pero firmaste sin preguntar.
—Firmé lo que me pusieron enfrente.
Felipe pensó en la notaría del viernes y en el sobre del banco que seguía en su maletín. Todavía no sabía qué firmaba, y eso sí lo tenía claro.
Beatriz bajó el lápiz hasta la fecha y la rodeó con un círculo.
—Rodrigo me dijo que el banco ya estaba arreglado —dijo Felipe—. Eso fue en agosto.
—A ver —dijo Beatriz—. El diecinueve de agosto sale la plata de la caja, y ese mismo día el banco recibe ciento cincuenta.
—Entonces el banco se pagó con la caja —dijo Lina.
—Se pagó con la caja de la inmobiliaria. Y esa caja tenía los tres millones de usted desde junio.
Felipe revisó otra vez la carta del banco. Ahí no había ningún pago en junio, ni a nombre de Lina ni de nadie.
Su papá había escrito cada cifra con lápiz en un cuaderno negro. Si el pago salió de esa caja, el dinero de Lina no se había perdido en el papel. Se había ido por el mostrador, igual que todo lo demás.
Felipe pasó la hoja de agosto hasta el borde del retiro. Ahí había una R apretada, al lado de una firma.
—Esa R es la de mi recibo —dijo Lina—. La misma.
—Una R no le basta a un juez —dijo Beatriz—. Pero la fecha sí me sirve.
—Necesito el libro completo, de junio a agosto, con cada entrada. Y el banco tiene que confirmarlo por escrito.
—El contador solo mandó dos meses —dijo Felipe—. El resto está en la oficina, y la llave la tiene Rodrigo.
Lina contó en voz baja que el archivador quedaba en el cuarto de atrás del local y que la llave de la reja la tenía ella, colgada en el hilo rojo. Tocó el bolsillo del delantal, donde seguía doblada la promesa, y no dijo nada de eso.
—No se meta sola en ese archivador, Lina. Si falta un papel, dirán que usted lo movió.
Lina apretó la mandíbula y no contestó.
Felipe sacó del bolsillo la libreta de obra que usaba para medidas y la abrió por la contracarátula. Estaba en blanco.
—Diga la cifra —dijo Beatriz.
—Ciento cincuenta millones. Caja de la inmobiliaria, diecinueve de agosto.
Felipe anotó la cifra con lápiz en la contracarátula y Lina se quedó en silencio con la bolsa del delantal en la mano.